En la biblioteca vive el Mono de la Tinta. Se esconde entre mis libros y acecha mis tinteros. Cuando cree que no lo veo, olisquea mis lapiceras. Se trepa a una pila de libros y, por sobre mi hombro, trata de adivinar qué escribo. Escucho su respiración acompasada, anhelante, mientras lee. Lo sospecho en puntas de pie, haciendo equilibrio, pero, cuando me doy vuelta, siempre desaparece.

Dos cosas le gustan sobremanera: La tinta y las historias.

El otro día, al caer el sol, me acerqué silenciosamente. Me escondí en las sombras, detrás de las cortinas. La noche avanzaba lenta como el río espeso de mis sueños.

Entonces, cuando ya casi se me cerraban los párpados, lo vi: se acercó canturreando una cancioncita pegadiza y destapó todos los tinteros en un bailecito alegre. Después, sentado sobre sus patas sacó una historia del tintero con sus dedos largos.

“Había una vez…”. Y la tinta, sangre del cuento, se deshizo en gotas negras sobre el piso, desmigajándose en mil historias de dragones, de caballeros, de batallas, y en la historia de un mono que bebe tinta, una tinta negra y brillante, como los ojos negros del Mono de la Tinta

Gabi Casalins, septiembre de 2013

sábado, 20 de junio de 2020

“Un final para empezar a escribir: El hombrecito verde y su pájaro” por Adrián Ferrero

Adrián Ferrero nos reseña esta obra ya clásica de Laura Devetach: ¡A Disfrutarla!




“Un final para empezar a escribir: El hombrecito verde y su pájaro
por Adrián Ferrero
                  
    
El hombrecito verde y su pájaro de la autora argentina Laura Devetach (Santa Fe, 1936) es un libro originariamente publicado en 1987 y ciertamente llamó mi atención su vigencia pese al tiempo histórico que ha transcurrido desde su primera fecha de edición. En una sociedad globalizada que precisamente aspira a uniformar puntos de vista, formas de concebir el mundo, comportamientos, de aceptar (o no) al prójimo considerándolo (o no) un semejante. Un mundo que tiende a discriminar, a perseguir y a combatir al distinto. Un mundo que tiende a ratificar de modo permanente modos de pensar y modos de actuar, sueños, aspiraciones, ensoñaciones nostálgicas, este libro viene a decir cosas necesarias. Y a ser disidente respecto de todas esas aspiraciones. En la cultura contemporánea historias como esta nos hacen reflexionar acerca de algunos de estos temas pero también hacen experimentar a los niños a partir de la experiencia lectora una perspectiva intelectual y emocional por la que tal vez estén atravesando u otros lo estén haciendo y ellos sean testigos sin saber cómo descifrarlo. Ello puede abrir insospechados caminos para la revisión de comportamientos o concepciones del mundo. Lo considero un libro ideal para discutir en las aulas en este momento.  

  
     Pero empecemos por el comienzo, como por toda buena historia. Claro que algunos buenos libros empiezan por el final y prosiguen por el principio. O comienzan por el medio y pasan al comienzo, como las de William Faulkner o como buena parte de la novela moderna. Sin embargo, nosotros estamos en Argentina. Un país cuya riquísima literatura ha seguido un curso completamente distinto. Un curso que conviene conocer a fondo, porque también esconde en sus raíces grandes sorpresas. Solo hace falta ponerse a escarbar,  tener olfato y meter la nariz en las bibliotecas con ímpetu curioso. En ocasiones ni eso. Solo parar la oreja.
     En una introducción paratextual, Laura Devetach narra historias superpuestas de su infancia en su pueblo natal de Reconquista, Provincia de Santa Fe, Argentina. En efecto, allí refiere cómo la disfrazaban de diablo siendo muy pequeña para la festividad de los carnavales. Y que cierta vez ganó un muñeco muy anhelado por ella, pero por esa época (explica), concretamente a las chicas de los años ’40, cada vez que querían cargar una muñeca de porcelana “aparecería en la oreja el ‘cuidado-que-se-rompe”. Este es el principio del señalamiento de un mandato. Y el de un desacuerdo con ese mandato. Esto es: la mirada de alguien que toma distancia de algo que considera injusto. Agrega también que en su pueblo no había televisores. De allí que fuera tan frecuente (y tan entretenido), “Eso de contar cuentos, leer historias, comentar sucedidos, era cómodo y divertido. Una podía tener mundos secretos, misteriosos, fantásticos y completamente usables” (p. 7). Y cierra estas palabras preliminares diciendo que “Por eso hoy invento historias y las pongo en libros como éste. Para que los chicos se metan adentro, salgan, suban y bajen. Los cuentos se vuelven más irrompibles cuando más se leen” (p. 8). Esta mirada sobre los cuentos como si tuvieran peso, forma, como si fueran manipulables, como si fueran un espacio dentro del cual desplazarse, resuena en la mente infantil con el brillo de que efectivamente una historia “es” algo y que no solo “cuenta” algo. Devetach habla de los cuentos como si se tratara de juguetes. Como si el lenguaje fuera fuente de entretenimiento inteligente pero también tuviera el peso de las cosas, no la volubilidad del viento.
     Esta “Carta a los chicos” establece un pacto. En primer lugar informa de un cambio generacional a partir del cual los pone al tanto de cómo el tiempo histórico cambia las costumbres y cambia también las relaciones que se establecen entre la literatura y los contextos de producción. Entre el tiempo histórico y los discursos. Por otro lado, al hablar en primera persona, en condición de autora por fuera del relato propiamente ficcional, el tono testimonial de tintes autobiográficos confiere poder persuasivo y un principio de veracidad que avala lo que se está contando. Desde el principio del juego la autora trabaja con la noción profunda de la literatura en su doble faz: desde la de quien escribe dirigiéndose a la de quien la leerá, adelantándose a esa situación comunicativa que a continuación tendrá lugar. Esto es, mediante una operación reversible, muestra el costado de la creación y el de la recepción de la literatura. La presente antesala de la historia, reviste una intervención de autora que francamente no me parece en modo alguno inofensiva en virtud del contenido que a continuación referirá. También aclara, hacia el final de este paratexto, que nadie se muere por no leer durante un año un cuento. Y de que nadie “se vuelve diablo por leer un libro de la forma que tenga ganas”. Traza una divisoria de aguas entre lectura y obligatoriedad. Y por lo tanto promueve lo permisivo y el deseo. Este “leer un libro de la forma que tenga ganas” puede ser interpretado en dos sentidos. Como leer en la posición física que así se lo desee. O bien los tiempos o la secuencia en que se quiera. Y que también, en un sentido distinto, la interpretación que una persona haga de ese libro corre completamente por su cuenta. En la medida en que estimula esta clase de lectura, lo hace también con el sentido no unívoco de la literatura o de otros discursos estéticos. De otras conductas incluso. Los recorridos múltiples por ella. Los itinerarios plurales a través de sus fronteras y la ilimitada libertad que propone el libro y el universo del arte. Este atributo se acentúa en virtud de la polisemia del discurso literario, dado que es el que facilita que una operación de estas características tenga lugar.
   
  El presente cuento consta de 10 partes o capítulos sin numerar, sin contar la “Carta a los chicos”. Pero si bien no están numerados, sí están titulados creativamente. Laura Devetach hace literatura incluso en esas zonas en las que aparentemente un libro jamás podría resultar innovador.
     Un narrador en tercera persona del singular de naturaleza omnisciente nos va poniendo al tanto de todo lo que sucede (o sucederá) en este cuento en donde el código icónico o visual resulta tan sustantivo como el propiamente verbal. De hecho se produce tal imbricación entre ambos, que uno es motor recíprocamente del otro. El título mismo del libro ya nos introduce sugestivamente en el juego de un imposible semántico. Un hombrecito que es verde. La propuesta de entrada resulta también provocadora. E invita a desentrañar su significado.
     El narrador en tercera persona será crucial, porque en un momento del cuento, durante el cual el protagonista está soñando, resulta primordial lo que acontece en su, digamos, inconsciente. Todo lo que tiene lugar dentro de él y que cuando despierte lo hará percibir el mundo con una perspectiva completamente novedosa.
     El cuento narra la historia de un hombrecito verde, que vive en una casa verde, en un país verde. Todo en ese país es verde. No solo las cosas verdes por naturaleza, como los yuyos o la yerba para el mate. Sino la pava, la mesa, las ventanas, el piso de la casa, su pájaro que también canta canciones verdes. ¿Qué cómo son las canciones verdes? Nuevamente aquí Laura Devetach mediante una operación subversiva atribuye a un discurso fónico un atributo visual. Y lo que irá sucediendo a medida que avanza la trama, es que ese mundo lleno de certezas que es el del hombrecito verde, luego de que haya soñado una variedad de colores, de brillos dorados y resplandecientes ya no verá el de antes. O no lo verá del mismo modo. Una grieta se abre de pronto en su pensamiento, en su sensibilidad, en su manera de concebir el mundo, empezando por la manera de captar su fisonomía. Y eso porque su pájaro, primero que nadie, había sentido “una alegría color naranja. Y cantó y su canto fue de otro color”. Nótese cómo Laura Devetach pone en juego todos los sentidos: el visual, el auditivo así como antes había jugado en las “Palabras a los chicos” con ese contrapunto entre pasado y presente, infancia y adultez, creación y recepción ahora su literatura despliega ampliamente todos los recursos a los que puede acudir la literatura en todo su magnífico esplendor.
     De un país y un hombre con una casa completamente verdes la historia progresará hacia otros plagados de colores, en el que tanto los pájaros, como las comunidades de personas venidas de otros países traerán objetos de distintos colores a la casa del hombrecito. Esto sin embargo suscitará algunas paradojas y contratiempos ¿cómo usar una yerba que no es verde? La propiedad inherente, esencial de la yerba es suplantada. Otro escándalo lógico. Es un verdadero mundo del revés. Ese orden establecido. Ese estado de cosas estipulado de una manera estable pronto da un giro y se llena de variantes. Pero me parece que para eso están un poco las historias. Para desordenar lo demasiado lo prolijo. Para poner en cuestión la credulidad. Para sembrar de incertidumbre a esas mentes que parecieran estar demasiado seguras de todo. O para improvisar. Para que ocurran cosas imprevisibles en la vida de las personas que tienen su futuro todo rigurosamente planeado. Para poner a prueba lo que se nos presentan como verdades. Esto mismo es lo que le sucedió al hombrecito verde, que vivía en un país también habitado por otros hombrecitos y mujeres verdes. Y que tenía un pájaro verde que un día cantó un color distinto.
     Pero en el país verde cuando todo parecía condenado a ese aburrimiento zonzo que a uno le hace dar bostezos porque asiste siempre a los mismos paisajes de la misma gente que hace las mismas cosas durante todos los días, algo da un vuelco. De pronto irrumpe una pincelada de color. Y un arco iris viene a iluminar la monotonía. Dudar resulta sumamente saludable, aunque incomode. Porque nos permite pensar que nuestras vidas, nuestras decisiones o nuestro futuro pueden ser radicalmente distintos de lo que la sociedad espera de nosotros. O cuya herencia nos pesa como un lastre del que ni siquiera estamos con deseos de continuar. La gran pregunta sería ¿por qué las certezas no pueden un día tambalearse? ¿Por qué una grieta no puede abrir la roca de la seguridad?
     Y Laura Devetach metaforiza esa crisis en la que entra el sujeto traduciéndola en la uniformidad de un color que lentamente comienza también a disolverse. O a combinarse con otros.
    
Todo comienza, como dije, por un pájaro, sigue por los sueños (función vital que suele darnos muchas claves), a continuación por el amor entre dos aves que arman sus nidos con lanas de colores. Prosigue con la hembra que pone tres pequeños huevos violeta. Los huevos son la señal de que un futuro renovador está a punto de irrumpir, de forma completamente intempestiva en el mundo verde. O en el mundo a secas. Y esos huevos color violeta darán a luz tres pichones heterodoxos. Porque “Un día tres chispas de distintos colores empezaron a saltar del nido, correteando por entre las ramas del limonero”.
     Así como se han resquebrajado los huevos de los pájaros se han resquebrajado las convicciones y las expectativas más firmes del hombrecito verde (como vemos un hombrecito que ni siquiera tiene nombre).
     El pueblo también comienza a revisar este común denominar de todos ellos de ser verdes. Y descubren que una tiza coloro rosa puede pintar un pizarrón verde. Y que eso puede ser hermoso. Y que en un telar se puede tejer con lanas multicolores.
     El pueblo es como todo pueblo. Un lugar lleno de habladurías y de chismes. De secretos y de mentiras. De misterios y de supersticiones. Pero también está cansado de ser tan verde como hasta ese momento lo fue el hombrecito. Y comienza a ser de otros colores. Se produce una suerte primero de propagación del fenómeno. Y luego de rebelión en contra de ese atributo que los vuelve a todos idénticos sin otorgarles una identidad que les confiera singularidad.
     Laura Devetach también juega en su relato con la poesía de Federico García Lorca: el célebre “verde que te quiero verde”. Con algunas composiciones folklóricas y con el tango. Con frases hechas y refranes. De modo que entre intertextos, tanto literarios como de la cultura popular, de otras fuentes, entre diálogos que ponen en coloquio el sonido, la música de los pájaros, la música de los bandoneones o la voz de los paisanos, el libro se termina por convertir en un complejo mosaico tonal, no solo cromático, como adelanté. Una delicada composición de cámara. Como un sutil bordado. Y esa polifonía le otorga una infinita riqueza de matices que nos permite recorrerlo desde todos los planos creativos según los cuales ha sido concebido. A partir de su arquitectura compositiva formal pero también de sus contenidos profundamente originales.
     Entre esa uniformidad y unicidad monolítica, de un sujeto que no concibe la diferencia y una realidad que comienza a desmentirla, se introducirán ciertos inevitables conflictos. Y una comunidad que comprende que puede vivir de muchos modos alternativos superadores del originario siendo su vida más completa, se juega este enfoque alternativo que propone Laura Devetach a la sociedad que describí al comienzo.
     Salir de esa monotonía en que nos sume la rutina, el tedio, las costumbres, la tradición, los lastres, lo aprendido sin haber ejercido un pensamiento crítico sobre lo impartido, muchas veces con arbitrariedad. Los colores, en este relato, metaforizan modos de ser y modos de pensar. Esto es: formas de la ideología. Que pueden a su vez compartirse con otros. Lo cierto es que a partir de que el hombrecito comienza a concebir su vida en colores, mediante una suerte de pacífica revolución otro tanto sucederá en el pueblo.
     Surgen así puntos de vistas renovadores respecto de otros que se tenían prácticamente como sagrados. Como verdades inamovibles que no podían ser cuestionadas. El cambio de colores en este libro es el procedimiento literario heterogéneo que pone sobre el tapete lo que somos y lo que podríamos llegar a ser si vemos mundo y si nos pensamos desde la alteridad. Y según otros modelos. Estos personajes son transgresores pero también no siempre lo hacen de modo espontáneo sino que experimentan vacilaciones y hasta miedos, como es perfectamente natural. El psicólogo ErichFromm, hablaba en uno de sus libros de “el miedo a la libertad”. El final de este cuento se resuelve de modo satisfactorio. Con un hombrecito verde que conoce el amor, sintiéndose “doradamente bien” y tomando mate con Marinés, su novia, en una pava roja.
     También el color de los habitantes del pueblo remite, naturalmente, al color de piel en sociedades fuertemente xenófobas de la actualidad que no admiten al distinto sino que según un sistema de expectativas de modo inclusivo respetan únicamente a sus  pares.
     El cierre el relato es en verdad otro comienzo. Porque la autora  invita a los lectores a la posibilidad de que prosigan la historia indefinidamente. Pero esta vez, por ejemplo, con un “hombrecito azul, que vivía en una casa azul, en un país azul”. Y su final son unos significativos puntos suspensivos de naturaleza expectante.
       “Otro mundo es posible porque otro mundo es visible”, pareciera decirnos El hombrecito verde y su pájaro. O: “Hay un mundo invisible”. Y en ocasiones ni siquiera en necesario ver para pensar distinto. Ese final con puntos suspensivos  deja una puerta abierta. La de saber que podemos volver a empezar aún cuando fallemos. Un final sin final. Un final para seguir escribiendo. O para comenzar a hacerlo.

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