En la biblioteca vive el Mono de la Tinta. Se esconde entre mis libros y acecha mis tinteros. Cuando cree que no lo veo, olisquea mis lapiceras. Se trepa a una pila de libros y, por sobre mi hombro, trata de adivinar qué escribo. Escucho su respiración acompasada, anhelante, mientras lee. Lo sospecho en puntas de pie, haciendo equilibrio, pero, cuando me doy vuelta, siempre desaparece.

Dos cosas le gustan sobremanera: La tinta y las historias.

El otro día, al caer el sol, me acerqué silenciosamente. Me escondí en las sombras, detrás de las cortinas. La noche avanzaba lenta como el río espeso de mis sueños.

Entonces, cuando ya casi se me cerraban los párpados, lo vi: se acercó canturreando una cancioncita pegadiza y destapó todos los tinteros en un bailecito alegre. Después, sentado sobre sus patas sacó una historia del tintero con sus dedos largos.

“Había una vez…”. Y la tinta, sangre del cuento, se deshizo en gotas negras sobre el piso, desmigajándose en mil historias de dragones, de caballeros, de batallas, y en la historia de un mono que bebe tinta, una tinta negra y brillante, como los ojos negros del Mono de la Tinta

Gabi Casalins, septiembre de 2013

viernes, 29 de noviembre de 2013

El Principito de Saint-Exupéry

Un libro para niños…
Esa es la etiqueta que se le ha puesto al Principito. Tendríamos que preguntarnos si realmente es ‘un libro para niños’ y más aún, ‘¿qué es un libro para niños?’ o ‘¿dónde empieza el límite que señala que un libro sea para niños o para adultos?’

Si es un libro para niños porque el protagonista es un niño, podría ser, pero para quienes nos gusta la lectura, no creo que sea el elemento clasificador definitivo, hemos leído montones de libros con protagonistas infantiles, que para nada eran ‘digeribles’ para un niño.

Decir que tiene ‘dibujos’ tampoco vale, los dibujos no son exclusivos de libros de niños, no es necesario ni explicarlo.

Ah, podría decir alguno, pero el mismo autor, en el prólogo nos dice que es un libro para niños. Sin embargo, los que hemos leído el libro sabemos que, probablemente, sea otro de los mensajes subliminales que contiene, los que no lo han leído, lo van a saber en cuanto lo hagan.

En mi opinión, el Principito es otro más de esos libros que viven bajo la denominación de ‘libros infantiles’ (por mencionar a otros compañeros del mismo lote: Alicia en el País de las Maravillas, Alicia a través del Espejo o Los viajes de Gulliver, entre muchos más) y que, en realidad, gustan a los niños, pero que también gustan a los adultos. Es más, si lo leemos, en diferentes épocas de nuestras vidas, lo que veamos en ellos, será también diferente.

Cuando leemos el cuento a los niños más pequeños, probablemente, no entiendan mucho del mensaje filosófico que guarda, pero les va a encantar el mismo Principito, y la rosa y el viaje por las estrellas y el encuentro con el zorro (no sé si les gustará tanto la sibilante serpiente, pero hay para todos los gustos).
No obstante, es a partir de la adolescencia cuando empezamos a vislumbrar qué significa el Principito, cuál es su mensaje o sus mensajes, porque esta novelita es una de esas obras de las que se puede decir que hay tantas lecturas como lectores.

Pero, ¿qué pasa en el Principito? Saint-Exupéry nos cuenta qué le pasó una vez que se perdió en el desierto del Sahara. Su avión había quedado averiado y él intentaba arreglarlo cuando de la nada apareció un jovencito, pidiéndole que le dibujara un cordero, un cordero que no pareciera enfermo, ni que fuera un carnero, él sólo quería tener el dibujo de un cordero. Se inicia entonces una amistad algo singular.

El jovencito resultará ser el Príncipe del asteroide B612, señor de tres volcanes (uno de ellos extinguido) y de una rosa (o ¿son los tres volcanes y la rosa los señores del principito?). El principito salió un día de su asteroide (tras dejar bien limpios sus volcanes y bien protegida su rosa), un poco huyendo de las exigencias de su flor, un poco con ganas de conocer el porqué de muchas cosas, el porqué de sí mismo. Y esta búsqueda, este ir y venir de un asteroide a otro, se lo irá contando a su amigo el aviador Saint-Exupéry.
En boca del Principito irán apareciendo descripciones que, si bien suceden en asteroides lejanísimos del Planeta Tierra, parecen describir maravillosamente bien el comportamiento ridículo y estúpido de algunas situaciones y de algunos personajes terrícolas.

El príncipe busca algo que no sabe muy bien qué es y que, en realidad, es él mismo. Porque ese es uno de los temas primordiales de este librito: el viaje como autorreconocimiento, como búsqueda del propio yo, pero también habla de la amistad, de la vida, del amor.

Y no quiero dejar a un lado un tema que preocupa algo en el Principito, aunque sea de forma rápida, me refiero al suicidio, porque el niño se deja morder por la víbora para volver a su planeta, o para huir de éste. Hay quien dice que Saint-Exupéry hace, de alguna manera, un elogio al suicidio. Pero, leamos bien, el Principito no espera el final de su vida tras la picadura, el Principito espera regresar a su estrella, para contemplar la flor que dejó allí, esperándolo. Su flor, su rosa, de la que él es responsable único y absoluto y sin él, ella no puede vivir, por esto, necesita volver junto a ella, por esto se deja picar por la serpiente.
Esperemos que el cordero no se haya querido comer a la flor, que se haya conformado con los baobabs. Seguramente, el principito le cuente una y otra vez a su rosa qué ha visto en sus viajes y ambos se rían de cuán extraños son los que viven fuera del asteroide B612.

El principito cerrará los ojos, mirará con el corazón y recordará que lo esencial es invisible para los ojos.

(Nota: este artículo ha sido publicado con anterioridad en el sitio www.arealibros.com)


                                                                                                                           I. Manzanares

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Un cuento de Graciela Falbo para disfrutar.



Lo prometido es deuda: Con ustedes el cuento que  Graciela nos envió. 




El eclipse
Por Graciela Falbo




Cada vez que el juego estaba en lo mejor, cuando empezábamos a animarnos a practicar los vuelos en caída libre desde la punta del pino, mamá nos llamaba a dormir. Siempre lo mismo; ni bien el sol empezaba a salir, ya había que volver. No había una sola noche que Grancejo y Polli no protestaran o que no nos hiciéramos los distraídos, haciendo como que no habíamos escuchado el llamado de mamá, y de este modo alargábamos un poco el tiempo de nuestro juego.
Pero, ya sabíamos, resistirnos era inútil, cuando por el horizonte el cielo empezaba a ponerse violeta, llegaba mamá nerviosa y decía que no había más tiempo y que ya teníamos que ir a dormir como todos los demás.