En la biblioteca vive el Mono de la Tinta. Se esconde entre mis libros y acecha mis tinteros. Cuando cree que no lo veo, olisquea mis lapiceras. Se trepa a una pila de libros y, por sobre mi hombro, trata de adivinar qué escribo. Escucho su respiración acompasada, anhelante, mientras lee. Lo sospecho en puntas de pie, haciendo equilibrio, pero, cuando me doy vuelta, siempre desaparece.

Dos cosas le gustan sobremanera: La tinta y las historias.

El otro día, al caer el sol, me acerqué silenciosamente. Me escondí en las sombras, detrás de las cortinas. La noche avanzaba lenta como el río espeso de mis sueños.

Entonces, cuando ya casi se me cerraban los párpados, lo vi: se acercó canturreando una cancioncita pegadiza y destapó todos los tinteros en un bailecito alegre. Después, sentado sobre sus patas sacó una historia del tintero con sus dedos largos.

“Había una vez…”. Y la tinta, sangre del cuento, se deshizo en gotas negras sobre el piso, desmigajándose en mil historias de dragones, de caballeros, de batallas, y en la historia de un mono que bebe tinta, una tinta negra y brillante, como los ojos negros del Mono de la Tinta

Gabi Casalins, septiembre de 2013

miércoles, 23 de diciembre de 2020

El mono lee las Cartas de Papá Noel de J.R. Tolkien


Los hijos de J.R. Tolkien recibieron cartas del Papá Noel durante toda su infancia. 

Todos los años, junto a sus regalos de Navidad, Papá Noel no olvidaba dejarles una carta, saludándolos y contándoles anécdotas del Polo Norte. A veces, también el Oso Polar les escribía unas líneas.
Desde el Mono de la Tinta queremos felicitarles estas Navidades tan peculiares del 2020 con algunas de estas cartas.
 

sábado, 5 de diciembre de 2020

La pedagogía de la palabra

 

¿Recuerdas que puedes usar las palabras como un cuchillo? También las puedes convertir en una flor.

Elia Barceló en El almacén de las palabras terribles. EDELVIVES

 


En estos días, como en tantos otros, las palabras circulan, nos envuelven, algunas veces nos cobijan otra veces nos arrojan a una realidad que no siempre es benévola con nuestra humanidad. La literatura se ha hecho eco de esta necesidad del hombre de transcender a través de las palabras.  Gianni Rodari en su Gramática de la Fantasía, nos invita, a través de una comparación, a meditar sobre la circularidad de la palabra. A observar que al igual que una piedra que es arrojada en el agua genera círculos concéntricos que devienen en un movimiento espontáneo, así también la palabra genera en nosotros otros movimientos que dan vitalidad al alma o la cierran entre llaves para protegerse y no sufrir. El gran poeta Vicente Huidobro en su Poética nos dice: cuida tu palabra, el adjetivo que no da vida, mata. Tan claro como contundente.

Elia Barceló nos recuerda el poder de la palabra a través de la comparación de la palabra con un cuchillo. Qué fuerte, tal vez piensa el lector. Si pudiéramos comprender verdaderamente el poder que tiene el lenguaje, la tristeza o la alegría que se genera cuando emitimos determinados términos: flor, amor, amistad, dolor, pasión, o quizá cuando emitimos algún insulto, creo que daríamos un gran paso hacia el verdadero humanismo. Entender que con la palabra se construye y que con ella también se destruye, es un hallazgo que sería importante poner en práctica.

Y es así que  El almacén de las palabras terribles, nos lleva a plantearnos en nuestra cotidianeidad las palabras que decimos, las que omitimos o las que olvidamos decir.  Y yo me pregunto y les pregunto ¿dónde quedan esos adjetivos no dichos? ¿En qué cofre guardamos las palabras soñadas y hasta las que aún no han sido inventadas?

Talia, Ana, Miguel, Diego, Pedro, Fernando, Elena, Jaime, Yolanda, las enfermeras, los médicos; todos estos personajes de la novela, tienen algo para decir: …”Dentro de la cajita plana se movían perezosamente, unos puntos brillantes, como insectos diminutos hechos de piedras preciosas.

-¿Las ves? Ahí están. Vivas. Activas. Despiertas.

-¿Esas son palabras? –preguntó  Talia, fascinada por el movimiento y el color- ¿Tan bonitas?

-Las palabras humanas, aunque imperfectas, son siempre hermosas, Talia.

-Y ¿por qué duelen tanto?

El juego con el tiempo y el espacio se divide  en dos dimensiones: aquí y allí. La vida de cada uno de los personajes se ciñe a un pasado, a un  presente y un futuro. Pero para transitar hacia ese futuro, hay que ser consciente de lo dicho y de lo omitido. Hay que hacer carne las palabras emitidas y enunciar los vocablos guardados.

El discurso de lo dicho y de lo no dicho nos recorre como seres humanos. Para algunos de los personajes de la novela hay una segunda oportunidad: la de evaluar lo dicho e ir en busca de palabras que construyan otra relación entre las personas que habitan su mundo; para otros ni siquiera hay un momento de reflexión para analizar los actos que han realizado y  los dolores que han generado: … “No sabía cómo decirlo. ¿Las palabras “se mataban”, se “borraban”, se “desactivaban”?

-¿Quieres conocer el efecto de tus palabras?

La pregunta habías sido hecha en el mismo tono neutro que todo lo que había dicho su guía hasta el momento, pero de algún modo, Talia tuvo la sensación de que era una pregunta importante, de que su respuesta dependería el resultado final.

-Sí -contestó.

Finalmente, es importante recordar que la pedagogía de la palabra consiste en analizar y reflexionar sobre el valor que le damos en nuestra cotidianeidad al arte de decir y al de omitir.

A nuestros grandes y pequeños lectores les deseamos un camino lleno de palabras de amor y hasta otro encuentro de lecturas.

 

viernes, 27 de noviembre de 2020

"Liliana Bodoc: la imaginación insumisa" por Adrián Ferrero

 Hoy les acercamos una artículo de Adrián Ferrero, nuestro generoso columnista, sobre una gloria de la LIJ nacional de la Argentina, Liliana Bodoc, de querida memoria.


"Liliana Bodoc: la imaginación insumisa”



por Adrián Ferrero

 

     A lo libros de la narradora argentina Liliana Bodoc, incluso los que estaban destinados al público adulto, los puede leer un niño. Esto no nos habla de un simplismo sino de una ductilidad y de una prosa de una capacidad comunicativa excepcional que sin hacer concesiones, sin privarse de lo exquisito, estaba rigurosamente pensada para una accesibilidad del discurso literario de notable capacidad plástica. Esto es, que entre los lectores y el discurso literario no interfiriera ninguna clase de obstáculo innecesario desde lo estrictamente discursivo y desde la concepción del receptor. La narrativa tiene poesía, denota exploración, pero también juega con compartir una mirada totalizadora del lector. Liliana Bodoc no piensa en los lectores en términos de edades sino en términos, en todo caso, de una economía desafiante de los lugares comunes, de los estereotipos, de esas lagunas que llaman a la pereza en las que suele incurrir la narrativa cuando se detiene, ostentosa de sus recursos o bien haciendo alarde de un léxico que la vuelve hermética.

     Muy por el contrario, Bodoc se manifestaba humilde (en la acepción del lugar asignado al narrador) en el orden de lo expresivo porque buscaba el virtuosismo, no su exhibición. La terminación es perfecta, la  combinación entre historia y discurso o trama y economía de la representación no es complicada. Es, cambio, amable con el lector. Es invitante, es radicalmente poética pero al mismo tiempo no carece de vértigo. Es vigorosa, es contestaria y no hace concesiones al autoritarismo sin incurrir en paupérrimos esquemas binarios. En su narrativa siempre hay presente matices, variantes, infinita riqueza. Y, al mismo tiempo, pluralismo, miradas prismáticas que hacen ver el mundo desde perspectivas múltiples, tan variadas como complejas desde el punto de vista de no hacer concesiones a la pedagogía unívoca.

     Esta combinación convengamos que no suele ser frecuente entre los narradores y las narradoras orientados a ninguna clase de público.  Porque la convención quiere que en las estanterías de una librería las distintas obras de Bodoc estén ubicadas en sectores diferentes. Pues yo propongo a cambio que en verdad deberían estar todas en el mismo. De esta hipótesis, si me lo permiten entonces, voy a partir para hacer un desarrollo mayor de su frondosa poética. 



Entre aquel comienzo de la Saga de los confines, una trilogía en la que se alimentó (sobre todo mediante lecturas informativas y explicativas) del sustrato aborigen y los relatos de la conquista americana en documentos y libros de Historia y los últimos en los que los dragones regresan sin solución de continuidad inspirados en dibujos fabulosos, hay una incuestionable noción de coherencia. En efecto, estamos hablando de una personalidad que no es tornadiza sino que responde a convicciones profundas, acentuadas en su acepción crítica y no complaciente con los poderes.

     La referencia a los pueblos originarios va de la mano de otro  referente, que ella me confesó en una entrevista la preocupaba con recurrencia. Era el lugar de la mujer en la sociedad, esto es, la diferencia desigual de poder de orden atributivo entre varones y mujeres. Entre ese referente histórico que a esta altura quien pretenda negarlo incurriría en mala fe y estas lecturas de la feminidad que la ubican en posiciones de intervención poderosa, Liliana Bodoc sentaba las bases de ese otro referente nítido al cual no estaba dispuesta a renunciar. Tampoco a rendirse de modo condescendiente. Muy por el contrario, sembraba la semilla de un desacuerdo, concibió tramas en las que una posición de decisión y con poder de determinación era llevada adelante por las mujeres de sus sagas, cuentos y novelas. También en su ficción infantil. En la gran tradición de las narradoras  críticas argentinas que revisaba los roles de género desde la narrativa de imaginación, su posición estaba clara y su decisión estaba tomada. Había una apuesta a la equidad, una respuesta a una memoria de agravio y había otra apuesta a un futuro que llamaba a una acción que estuviera a la avanzada para que la sociedad escuchara ese llamado como mínimo desde la ficción. Era un paso. Otro de entre tantos que habían dado y seguirían dando las mujeres. Pero en lo que a Bodoc respecta su opción era ejecutada con firmeza de carácter que se volcaba a la ficción con la representación de roles de género que se salieran de los estereotipos, por un lado. Y que, por el otro, desataran la maquinaria de la iniciativa en el territorio de la acción con vistas a un cambio en el estado de cosas vigente. También, por qué no decirlo, había una recuperación de ese pasado inmemorial de atropello que ella aspiraba no fuera ni olvidado ni repetido. Las consecuencias eran entonces claras. La lectura residual producto de atravesar sus ficcional era la de dejar el producto de un desacuerdo, la propuesta de un nuevo pacto y el llamado a la salir de la trampa de una dominación que aún hoy puede observarse no solo en ciertos espacios sino también en ideologías de inverosímil recurrencia.

          El otro punto que sí acentuaría en el marco de la ficción de Bodoc es el respeto por la diversidad y por la diferencia. Hay libertad y hay una ideología libertaria. Pero también hay una ideología de la tolerancia y del pluralismo. Si hay guerras es para mostrar o que son inevitables para lograr la paz porque ha sido ilegítimo el avance arrollador que ha  sembrado un bando en la sociedad y en el territorio de esclavismo o bien de sujeción a fuerzas poderosos que avasallan irrespetuosamente culturas y sociedades que en verdad por dignidad y por derechos corresponde mantengan su identidad y su integridad. Si hay batallas, entonces, es para defender ideales que no es otra forma que un enfrentamiento irremediable entre principios ideológicos éticos por defender la dignidad. En estos términos entonces definiría la diferencia entre una apología de la guerra (que fue lo que ella no hizo) y una defensa legítima y encendida de la vida de pueblos o espacios que habían sido invadidos sin derecho alguno. La guerra no era ni un tema para cautivar de modo estratégico a los lectores ávidos por la confrontación (esto es, oportunista) ni una encendida defensa del belicismo gratuito. Era la acción inevitable que cuando las palabras no alcanzaban porque no se condescendía al diálogo se afrontaba para evitar el vasallaje, el esclavismo o la indignidad.

     Las ficciones infantiles naturalmente no son previsibles. Denotan juegos con el lenguaje, con los códigos visuales y verbales, las artes del tiempo y las  del espacio, las de una sabiduría en la escritura siempre llamado a sembrar la semilla en el alma de los niños de un amoroso vínculo entre pares, con adultos inspiradores de conductas que desordenan las rutinas pero también de adultos que frente a determinados peligros son amparadores. Adultos que les proponen que hacer teatro puede ser una invitación, por ejemplo, a ser otros, es decir, a que una alteridad positiva también puede ser posible para crear y creer en un mundo alternativo de una naturaleza en la que sea posible la realización. Están por supuesto los inescrupulosos, frente a los cuales tanto los animales como otros adultos o los mismos niños organizados de común acuerdo logran neutralizar.

    


Hay personificaciones en una de las líneas de la gran tradición de la literatura infantil. Espantapájaros que piensan y hablan, que exteriorizan sus deseos y manifiestan su impotencia. O bien pájaros que con sentido colaborativo están dispuestos a asistirlo para cumplir su anhelado deseo de conocer un río cuyo sonido no ha cesado de escuchar. Este es tan solo un ejemplo extraído de un cuento conmovedor que pone en escena, como puede apreciarse, la diferencia entre la esclavitud y la circularidad paralizante de un ser producto del uso que el hombre de él hace. Paradójicamente (y rompiendo una vez más los lugares comunes y estereotipos) los supuestos enemigos, a quienes debe ahuyentar, terminan siendo quienes en verdad lo asisten para que cumpla su mayor anhelo. En este planteo en el que se percibe inversión de la norma estabilizada en creencia cristalizada mediante el cual la lógica natural es puesta en cuestión, Liliana Bodoc desnaturaliza comportamientos que el niño comienza, espontáneamente, a problematizar a partir de lecturas como esta ya y desde edades tempranas. Esto lo conduce espontáneamente a revisar la cultura en la que vive, los patrones que se le pretenden imponer como verdades inamovibles. A repensarse como sujeto de cultura para quien todo lo que se le ha impartido sin embargo es problematizado. Del mismo modo, esas opciones lo conducen a pensar que otro orden no solo es posible sino hasta probable. Y comprenden sin demasiada consciencia de ello desde pequeños que los libros alimentan la avidez por revisar lo arbitrario.

     Ese será una de las grandes operaciones complejas de la ficción de Bodoc. A lo natural volverlo problema. Los formalistas rusos, una corriente de pensadores de la teoría literaria de principios del siglo XX de ese país, planteaban que la buena literatura, la literatura que ponía en cuestión la lógica comunicativa y desmecanizaba las formas de percepción del fenómeno literario, introducía en el lector un efecto de extrañamiento o  efecto de incertidumbre. La ficción entonces sacude, provoca la ocurrencia de que el mundo puede ser de otra manera, postulando salidas más o menos exitosas a este otro universo, de este lado de acá del libro, desde el que estamos leyendo gracias a que del otro lado, el del que salen las historias, esa incertidumbre nos sacude, pero también nos involucra con ideales. La literatura lo pone todo en cuestión. Esta es la otra hipótesis fuerte que manejaré respecto de las operaciones de la ficción de Bodoc sobre los lectores. Nada está dado de antemano. Todo es construido por la mano del poder porque un mundo diferente es habitable. Es más: un mundo diferente debe ser pensado, debe ser escrito y a partir de allí debe ser construido como alternativa al que de modo ilegítimo desmantela las subjetividad y los principios. Estamos hablando de un mundo traducido en las ficciones mediante imágenes, acciones y personajes que aparenta distancia respecto del orden de lo real y lo verosímil. Se trata de un mundo que dramatiza ese combate que se debe librar entre los dos polos de la ética (también cívica) para que de tal mundo el universo sea concebido en términos diversos del que está en vigencia, el habitual, el frecuente, el corriente, el cotidiano. Mediante la intervención potente de la ficción, se persigue de modo obstinado que sea distinto. Sea distinto en todos los  planos. Y Liliana Bodoc en este punto fue muy clara. No lo declamó. No aleccionó mediante un discurso. Lo plasmó en narrativas libertarias. En el plano de los roles de género al que ya me referí.


En el plano de la equidad que corresponde a las etnias (como por ejemplo claramente en El espejo africano), en el plano de clase social y en el plano de los roles de poder según rangos. Entre los poderosos que no tienen escrúpulos, que son arbitrarios, que no admiten réplica ni reproches porque son profundamente autoritarios, Bodoc responde con una ficción de la revuelta. De una revuelta que desde el plano de la representación literaria se proyecta de modo poderoso al orden de lo real sin demasiadas transiciones. Entre lo que el libro propone y la realidad que se aspira a modificar no existe una distancia infranqueable. La mecha de la libertad está encendida porque una vez conocido en el seno de una historia cómo funciona la posibilidad de expresarse y de ser uno mismo difícil resulta admitir que sea prohibido en el orden de lo real.

     La relación entre mundos fabulosos y universo referencial a mí me queda más que claro. Bodoc se sirve de un referente imaginario de fantasía épica pero esa es la transposición más  perfecta  para hablar en  un lenguaje que disfraza a los ojos de poder combates reales con los que los humanos lidiamos todos los días. Con solo abrir un diario uno ya se topa con algunos de los asuntos dramáticos que en un presente indefinido y vigente sus ficciones ponen en escena. La escena puede ser de naturaleza agresiva, violenta, brutal o bien puede tratarse de un imaginario bélico en el marco del cual dos o más bandos pulsean por territorios o por la dominación del gobierno de un bando, de una nación o de un pueblo. Es nada más y nada menos que a lo que venimos asistiendo desde tiempos inmemoriales en nuestro planeta. De modo que, sigo con otra hipótesis, postulando un universo ficcional vinculado a lo atemporal, o lo que está en un futuro fabuloso protagonizado por razas o bandos ahora inexistentes, en un doble movimiento progresivo/regresivo Bodoc de modo insurgente apunta a la Historia. Sus ficciones, de modo perenne, se ponen en contacto con el orden de lo inmemorial pero se proyectan potenciándose hacia un horizonte futuro que ya, como podemos apreciarlo hoy en día, las cosas son y serán igualmente aguerridas.

     La guerra, como dije, no es en Bodoc un ideal que por sí mismo se busca por deseo o  del que se goza. No beneficia a la especie humana como una práctica que ella  promueve. Es la escena en la que se dirimen los principios y los valores, los ideales y las ansias ilimitadas de especular con un mundo que podría, efectivamente, de modo contrario, ser absolutamente pacifista. Como la contracara, la faz indeseable de lo constructivo, Bodoc exhibe esta otra que le resulta épica, es cierto, pero que no le resulta la más deseable como arquetipo para la convivencia entre semejantes.  

     Por otra parte, las narrativas de Bodoc, enojada con las dictaduras militares argentinas, como lo dejó en claro en cada intervención pública, en estas guerras no hacía sino, una vez más situar la narración del combate por la justicia en el teatro de la guerra, que fue en el que se jugó y tuvo lugar según  un referente nítido en  nuestro país. Bodoc había vivido la dictadura, había conocido lo que significaba el silencio y las mordazas, las persecuciones y las tramas del dolor social. ¿Cómo no reconocer en las guerras un principio de vitalidad según el cual una  pulseada connotada axiológicamente de modo positivo o negativo había tenido lugar, estaba teniendo lugar y seguiría teniendo lugar? La presencia de los enfrentamientos militarizados en Bodoc  también deben ser leídos en esa clave. Constituye un cuestionamiento, un reproche que desde la acción concreta se realiza en contra de la hegemonía. En efecto, desde los puntos de vista de una persona disidente la guerra se justifica por el solo principio de sea la antesala cuyas puertas abran sus corredores a la paz.

     Las matrices textuales de Bodoc en la escena de las confrontaciones como un espejo desordenaban un mundo en el que el mal está triunfando pero compensativamente ella no estaba dispuesta a, sojuzgada, admitir sino a afrontar desde quien mediante un acto de rebelión se niega a la sujeción y dice no al poder absolutista.

     De modo que leo, como puede apreciarse, toda la  poética de Liliana Bodoc en primer lugar como un llamado de atención reprensivo contra un avasallamiento inadmisible de la dignidad. En segundo lugar como un llamado a la acción mediante una economía de la revisión de puntos de vista y la insurgencia que modeliza una agencia sin la cual el estado de cosas que está instalado difícil resulta que sea modificado. En tercer lugar, como una economía de la reparación de siglos de dominación continentales no solo americanos que llegaron a ser asesinos al extremo sanguinario de comunidades enteras además de colectivos o minorías de todo tipo.

     En este mapa complejo, entonces, leo la prosa lírica de Bodoc que sin prisas a la vez ruge y no se deja amedrentar por la prepotencia de nada ni nadie. Porque sabe que defiende la libertad, la dignidad y el respeto. Acudiendo de modo elocuente a una imaginación que mediante la perspectiva de la creación innova, amplifica, rompe con la convención instalada de los clichés, los lugres comunes y todo lo que hace que una sociedad se repita pero no progrese en todas sus dimensiones, Bodoc da un paso adelante. En el presente de su escritura que una muerte precoz nos ha arrebatado, la capacidad intacta dinámica del cambio, inmarcesiblemente muestra y demuestra su rango indiscutible, de clásico contemporáneo. Pero daría un paso más allá: es una ficción que siempre abrirá en el tiempo histórico en que sea leída, ayer, hoy o mañana, senderos nuevos. Es esa ficción que de modo impetuoso pero sin prepotencias señala un camino, evita el obstáculo, conduce a la estrategia para que el ideal sea por fin victorioso.



domingo, 25 de octubre de 2020

La Gramática de la Fantasía de Gianni Rodari o la máquina de hacer crisálidas, por Gabi Casalins

 El 23 de octubre se cumplieron cien años del nacimiento de  Gianni Rodari y cuarenta de su muerte. En homenaje a este "Maestro" de la escritura y de literatura para niños, desde El Mono de la Tinta nos asomamos a una obra que lo representa como ninguna: La Gramática de la fantasía.



La Gramática de la Fantasía de Gianni Rodari o la máquina de hacer crisálidas

Por Gabi Casalins







                Este difícil año 2020, que nos encuentra inmersos en una pandemia tan compleja,  se cumplen los cien años del nacimiento del periodista, escritor, maestro y  pedagogo italiano Gianni Rodari y cuarenta de su fallecimiento (Omegna, Piamonte, 23 de octubre de 1920 - Roma, 14 de abril de 1980). Por eso, en tiempos tan difíciles, qué mejor que volver la mirada a una de las obras que, según me parece, explica todo el “fenómeno Rodari”: La Gramática de la Fantasía, introducción al arte de inventar historias.

                La Gramática fue publicada por Einaudi en 1973  y está compuesta  por una serie de anotaciones del escritor compiladas por una de sus ayudantes, quien las pasó a máquina, dando origen así, a la idea de publicarlas como una obra.





                Sin dudas, estos apuntes se forjaron en las escuelas de Reggio Emilia,  en Italia, las cuales siempre acogieron las ideas de Gianni Rodari en cuanto al aprendizaje de la lengua como herramienta creativa para los niños. De hecho,  en el prefacio de la obra, Rodari comenta que, todas aquellas técnicas que él tomara del Surrealismo y utilizara luego en su práctica como maestro e incluso compilara en una libreta personal a la que había llamado “Quaderno di Fantástica”, fueron practicadas por él con los niños de las escuelas de Reggio Emilia en variados encuentros  que dio entre el 6 y el 10 de marzo de 1972, como él mismo señala en dicho prefacio.



                El mismo Rodari considera que estos encuentros fueron para él una gran alegría y le permitieron, no sólo explayarse sobre la generación de una “Fantástica” para el aula, sino, y cito al Prefacio de la Gramática de la Fantasía: “…sobre la forma de comunicar a todos aquellas técnicas y cómo, por ejemplo, convertirlas en un instrumento para la educación lingüística (aunque no sólo eso…) de los niños…”

                 Así pues, la Gramática está dirigida a los padres, a los docentes y creo yo, más ampliamente, a todos los mediadores de escritura o lectura con los que pueda un niño toparse a lo largo su desarrollo personal. Porque es bien cierto que esta obra, este “aparente manual” de técnicas y consignas de escritura, esconde una idea rectora, que va mucho más allá de la consecución de logros en los alumnos en cuanto a un manejo satisfactorio de la lengua escrita. Según lo veo, esta obra ahonda en un concepto que el mismo Rodari plantea en el prefacio cuando dice que, al leer a Novalis, una frase lo hizo reflexionar: “(…) Un día, en los Fragmentos de Novalis (1772-1801) encontré la frase que dice: ‘Si tuviéramos también una Fantástica, como hay una Lógica, se habría descubierto el arte de inventar’. Era muy bello (…)”.

                Entonces, lo que sucede es que, para Rodari, así como la Lógica tiene sus reglas y pautas, la Fantástica puede y debería tenerlas. Y, entonces,  emprende la tarea de la formulación de las mismas - si bien en un principio de manera asistemática-  partiendo de su conocimiento del Surrealismo y su aplicación en el aula y en la propia escritura.

Por eso es que se aboca a sistematizarlas luego de haberlas comprobado en campo: la escuela es para este escritor el lugar ideal para probar una  teoría auto-aplicada: un niño (o, en su caso y el de los escritores surrealistas) adquiere las habilidades lingüísticas para la escritura siempre que éstas aparezcan mostradas en cuanto a juego y a asociación libre.

Rodari parte de esta premisa, la única diferencia entre el camino de la escritura del niño con respecto al del adulto, es que este último ya tiene, se supone, adquirida la lectoescritura, en tanto que el niño está en pleno proceso de dicha adquisición. Por lo demás, el proceso creativo es muy similar.  

Como sabemos el proceso de la lecto-escritura es diferente en cada niño, y, para algunos, puede resultar todo un desafío. Lo maravilloso de este trabajo de Rodari es que propicia la  investigación del niño, al tiempo que desestructura porque propone disparadores de imaginación que hasta su época, rara vez se hacían presentes en las escuelas. La escritura era muy normativizada y había muy poco espacio para el desarrollo de la creatividad.

Así, lo lúdico, hace su entrada triunfal en las escuelas, y con bombos y platillos, Rodari se permite como maestro jugar a la par del niño y observar el proceso creativo de la imaginación así estimulada y las consecuencias que dicho proceso acarrea: una adquisición notoria de habilidades expresivas que se da espontáneamente acompañada por el entorno afectivo conformado por el maestro y  los pares a la escucha del texto construido, lo cual propicia la aceptación de su producción escrita y lo estimula a búsqueda de la mejora y la superación personal. Esto, indudablemente, ayudará a consolidar su autoestima y su capacidad de expresarse.



                Pero hagamos algo de historia personal para iluminar lo antedicho: En mi práctica docente, mi experiencia con la Gramática de la Fantasía se inició en un curso de escritura creativa  que organizara el Colegio Nacional de La Plata, en el cual yo ejercía como docente entre la década del 80 y del 90. En ese curso, se nos presentaron dos herramientas de la escritura creativa: los ejercicios del grupo Grafein, en Buenos Aires y la Gramática de la fantasía.

                Confieso que sí conocía las andanzas de Grafein, por una amiga y colega. Grafein era un grupo coordinado por Mario Tobelem. Yo, que había asistido  a talleres de escritura en mis años de estudiante universitaria y a posteriori, supe allí también de ellos y de sus experimentaciones en el área de la escritura creativa. Pero desconocía a Rodari totalmente. Y confrontarlo por primera vez, debo confesarlo, me generó un impacto interior que aún perdura.  

                Como profesora novel de Lengua y Literatura era inquieta y ávida de experimentar en mis clases lo que sirviera para atraer al aula a la imaginación, esa proscripta del sistema escolar, según yo lo veía entonces. Pero, lo aún que ignoraba era lo que la Gramática de la fantasía y su lectura le harían a mi camino como escritora.

                En esta dualidad que siempre ha conformado mi camino profesional, la escritura y la enseñanza han ido de  la mano, y en eso, la identificación con Rodari fue inmediata. Para colmo de males, su obra estaba dirigida a los niños. Y yo ya coqueteaba con la idea de dedicarme a ellos a nivel literario en ese momento. De hecho había escrito mi primera novela, que nunca edité, pero por la que guardo un amor primogénito.

                Si menciono lo autobiográfico, es sólo para adentrarme al nudo de esta obra y a las consecuencias que ha traído no sólo para los niños, maestros, padres, mediadores, sino para los escritores.

                Porque La Gramática de la Fantasía es sin dudas, y aunque suene a lugar común, “un viaje de ida”.

                Rodari abre la puerta y se despliega un mundo alucinante que puede estar escondido en los cajones de un armario, en un zapato o bien en las ondas concéntricas de una piedra que tiramos al estanque.




           ¿Cómo lo hace? ¿Cómo se realiza este conjuro? Creo, después de muchos años de transitar la gramática de la Fantasía en las aulas o en los talleres de escritura para adultos y adolescentes, que su proceder compositivo está ligado a la estructura de la metáfora: hay un elemento real que se liga o une a otro evocado o irreal. Y, como en cuña, la fusión se realiza por la introducción de lo disparatado, de lo inesperado, de lo prohibido, en conclusión, de todo aquello que pueda generar una activación de esa operación del pensamiento que es la imaginación.

                O sea que lo que se cuece en ese caldero rodariano es, nada más y nada menos, que una receta infalible para abrir mundos, pensar lo impensado, alejarse de los prejuicios de escritura, liberar la pluma y escribir con libertad aunque no sin un sistema que ayude en los primeros pasos.

               Para un escritor, sea o no de Literatura infantil, estos ejercicios de Rodari son fundantes para ejercitar la propia imaginación y para descubrir hasta dónde puede llegar la propia creatividad.

                Ni qué decir de los niños y adolescentes en el aula: cualquier ejercicio de la Gramática de la Fantasía se erige en una fiesta y los alumnos los abrazan con delectación, una vez que se dan cuenta de que han sido invitados a jugar con la lengua.  Me baso para afirmar lo antedicho en lo experiencial, en lo que he vivido en el aula. Siempre recuerdo con cariño un relato de cinco alumnos de secundaria de dieciséis años, todos varones, que escribieron bajo la consigna de Rodari  “Caperucita roja en helicóptero”, una saga completa y picante sobre una Caperucita verde casi devenida super-heroína y sus aventuras libertarias, por no decir libertinas. Habían exorcizado, a través de ese relato, todas las frustraciones y todos los impulsos de su adolescencia encajonada en las pautas escolares y familiares. Fue un relato “sanador” y sin censuras, y ahora que lo pienso, muy adelantado a cuestiones sobre el empoderamiento de las mujeres en la sociedad. Lo único que lamento, es no haberlo conservado.

                Ese es el efecto que Rodari genera: abre la posibilidad de liberar la imaginación, y la creatividad crece y se va gestando como en crisálida. Al cabo de un tiempo, si se ha trabajado con el corazón, sale de la pupa una mariposa increíble que es capaz de expresarse por escrito con fluidez, porque todos los procederes de la escritura están presentes en este juego al que nos invita Gianni Rodari con esta obra.

                Ni qué decir de la maravillosa herramienta en que deviene para cualquier docente de Lengua y Literatura, coordinador de talleres de escritura o para nosotros, los que amamos la escritura y nos dedicamos a ella.

                Desde la resonancia que  una palabra tiene en nuestra mente y corazón cuando es  lanzada  al azar como una piedra en un estanque y todas las asociaciones que conlleva, hasta la fusión de dos vocablos a primera vista incompatibles que nos propone con su “Binomio Fantástico”,  o la utilización de la tergiversación de la historia conocida, como nos propone en “A equivocar historias” , “La fábula al revés” o “Caperucita roja en helicóptero”, todos son procederes de la creatividad que pueden ser utilizados, manipulados en el aula y también en la propia escritura.

                Hago mención especial a una consigna de esta obra que considero fundacional y es “El error creativo”, básicamente porque el error, esa cualidad humana, ha sido proscripto de la escuela y ni qué decir de la vida del hombre. No nos es posible equivocarnos, el error suele ser visto como algo penoso, intransitable o bochornoso. Rodari propone usar el error para crear: “(…) Una vez sugerí a un niño que había escrito-error insólito-“caja” por “casa” que inventara la historia de un hombre que vivía en una caja. Otros niños se lanzaron sobre el tema. Salieron muchas historias: había una vez un hombre que vivía en una caja de muertos, otro era tan pequeño que para dormir le bastaba un cajón de verduras, terminaba en el mercado entre coles y zanahorias, y alguien pretendía comprarlo a tanto el kilo (…)”

                En este sentido, su acierto pedagógico asombra: porque, ¿ qué mejor manera de reparación del error que su utilización creativa? Aquel niño seguramente no confundió nunca más la ortografía de dichas palabras y ciertamente atesoró más que la historia generada, la manera en que su maestro le enseñó a volver sobre sus pasos y mirar su producción con creatividad. Lo señala el mismo Rodari: “(…) Entre otras cosas, reír de los errores es ya una manera de desprenderse de ellos (…)”.

                La Gramática de la fantasía se erige así en una obra generosa y pródiga que al mismo tiempo aporta una plataforma metodológica sistemática y muy didáctica.

             Es una obra de lectura apasionante porque está escrita por un gran artista y el contenido, entones, está traspuesto con gran belleza, plagado de experiencias e historias inolvidables. ¿Quién puede olvidar la historia de la “bistierra” en la que vivimos en dos tierras al mismo tiempo, desdoblados, lo que es derecho en una, es revés en la otra, como si nos miráramos en un espejo sin reconocernos del todo, porque del otro lado tenemos un doble que se nos asemeja? Un simple prefijo, añadido al sustantivo, lo trastorna todo.

                Entrañables historias como la del perro que vive en el armario o las recetas para construir limericks, adivinanzas, falsas adivinanzas o historias tradicionales equivocadas adrede son algunos de los recorridos que Rodari propone.

                Los objetos utilizados como disparadores para la escritura, los títeres, los muñecos y el mismo niño como protagonista, todos estos se convierten en disparadores de escritura par este mago.

                Dirán algunos que todos sus procederes en cuanto a la escritura se basan en terrenos muy conocidos: relatos tradicionales, poemas, rimas , limericks, etc. Sin embargo, la piedra de toque está no en los contenidos sino en el método que utiliza para transponerlos y en su combinatoria creativa.

                Creo que, a partir de esta obra de Rodari, no se podrá decir que el aburrimiento es parte del aprendizaje inexorablemente arduo de la escritura en la  lengua madre. Señoras y señores, maestros, padres y niños, la puerta del alquimista ha sido abierta para todos con infinita generosidad: vea cada uno si se anima a ser crisálida y mariposa luego.

 







miércoles, 14 de octubre de 2020

“Gustavo Roldán: evitar caer en las celadas” por Adrián Ferrero

 Hoy, un artículo de Adrián Ferrero en panorámica sobre la obra de Gustavo Roldán y su red de valores.



Gustavo Roldán: evitar caer en las celadas”

por Adrián Ferrero

 


     Gustavo Roldán  (Argentina, 1935-2012) amó el monte chaqueño, su flora y su fauna. Le gustó poner a conversar a los animales que lo habitaban, con la escenografía del río Bermejo, de aguas marrones, los árboles y arbustos de ese paisaje. En sus historias y poemas, indefectiblemente regresa, con inteligencia y sin lugares comunes, a esta toponimia, encontrando el modo de narrar mediante infinitas variantes, renovadoras siempre, este paisaje tan argentino como olvidado por la literatura de nuestro país. En efecto, una literatura como la argentina gobernada por la centralización de su producción pero también de su representación geográfica, por lo general urbana, la de Roldán viene a señalar un contrapunto. Resulta interesante verificar cómo alguien de pluma vigorosa, es capaz de restituir significado cultural a espacios aparentemente marginales respecto de lo que pareciera ser el de la hegemonía de nuestro país como productor de ficciones infantiles, circunstancia feliz que permite poner a los más pequeños en contacto con zonas de la considerada periferia. Desde esa supuesta periferia, al igual que Héctor Tizón, pero sin residir en ella, sino desde una evocación imaginaria que él evoca sobre todo desde Buenos Aires, una transposición imaginaria y una ética del sujeto, Roldán construye su poética. También su poética constituye la prueba más contundente de que desde la imaginación del así llamado interior del país pueden surgir poéticas potentes, con sentido de arraigo, pero también de universalismo. Y nada complacientes con el sistema en vigencia, invitado a los niños a ejercer el pensamiento crítico.

     Estuvo casado con la también escritora infantil Laura Devetach. Tuvieron la iniciativa de realizar proyectos literarios en coautoría, como Las aventuras de Pinocho, una versión libremente inspirada en el clásico de Carlo Collodi. Su hija es también escritora, con quien escribieron libros juntos. Y su hijo, ilustrador, puso imágenes a varias de sus creaciones, al igual que a las de su madre. Una familia signada por el arte, pero que al mismo tiempo supo compartirlo y potenciarlo.




     Se graduó como Lic. en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba, al igual que su mujer. Se desempeñó como director de colecciones editoriales para niños, coordinó talleres de escritura, trabajó como periodista para revistas y fue carpintero profesional durante épocas aciagas del país. Pero también lo hizo como aficionado. Porque sostenía que un hombre debe ser, y, además de saber usar la cabeza, saber usar las manos.

     Obtuvo destacadas distinciones. Entre otras, El Premio Concurso Internacional de Cuentos para Niños, El Premio Periquillo (México, 1979), Lista de Honor de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de Argentina, 1991), Tercer Premio Nacional de Literatura, Tercer Premio Bibliotecas de Literatura, Lista de Honor de ALIJA (1994), Premio Konex en dos ocasiones (Diploma al Mérito, en 1994  y Diploma al mérito, 2004), Segundo Premio Nacional de Literatura, Premio Fondo Nacional de las Artes. Algunos títulos son: Prohibido el elefante, El monte era una fiesta, El diablo en la botella, El último dragón, Cuentos de Pedro Urdemales y Carnavales eran los de antes, Poesía a la carta, El vuelo del sapo (libro interesante porque retoma otras ficciones previas) entre muchos otros.





     Pese a que en sus ficciones predominan los animales del Alto Chaco, acude en ocasiones a otros como recurso desde el plano de la fábula, recuperando la fauna de otras zonas geográficas del mundo. El elefante, por ejemplo, es un animal que suele regresar a sus cuentos como una presencia que tanto por su tamaño como por su fortaleza (también su memoria), contrasta con la de los animales del monte, por  lo general no tan robustos además de vivir en libertad. Eso por un lado. Por el otro, es el animal que suele estar cautivo y ser esclavo en zoológicos y circos, temas a los que la literatura de Roldán, entre otros, es particularmente sensible. En efecto, alerta a la esclavitud, la libertad, la rebelión, el poder indiscriminado, la insurgencia frente a la prepotencia y lo depredatorio de los hombres sobre la naturaleza, habitualmente en términos destructivos, resulta incluso hasta espontáneo atraer hacia la órbita de su ficción a otros personajes que también suelen ser víctimas de abusos por parte del hombre. En especial a su libre circulación por el mundo, a quienes hacen objeto de maltratos, a llevarlos de su territorio originario a otro que no guarda relación alguna con aquél. Los elefantes suelen afortunadamente escaparse del cautiverio y retozar por el monte, que pese a no ser precisamente la sabana, consiste en un espacio abierto que la naturaleza ofrece en el que retozar y hasta criar a sus vástagos.

    


Roldán realizó una investigación de campo fundamental y de punta, entre las tribus del Alto Chaco, como los matacos, los guaraníes y los tobas, recopilando y luego transcribiendo en un libro, Los cuentos que cuentan los indios (1999), sus cuentos y leyendas. Un libro que permitió preservar un patrimonio que la voz de la conquista, primero, y luego la de la intervención en el desierto durante el siglo XIX habían pretendido silenciar. Acallar la voz de los pueblos originarios supone también eliminar una parte fundamental de la memoria de nuestro país, particularmente en sus zonas más menos atendidas. La cultura en Argentina pareciera ser sinónimo del prestigio de la cultura europea. O a lo sumo del resto de los países desarrollados. Pues Gustavo Roldán no se deja avasallar por esa premisa agresiva. Y recopila, adapta, reescriba una serie de materiales sumamente valiosos a los finales de preservar esa Historia sin una voz vigente de modo generalizado y que ha sido también desautorizada. Este trabajo supuso operaciones complejas de varios tipos. En primer lugar desplazamientos por un espacio que si bien él conocía porque era su zona nativa estaba en directa relación con las fuentes de las que se serviría para elaborar su libro, motivo por el cual suponía ciertas complicaciones en las búsquedas. En segundo lugar, identificar y seleccionar los materiales tanto escritos (fijados como versiones establecidas) como orales a partir de los cuales primero recogía y con los que luego debía reelaborar las distintas historias del el libro. En tercer lugar en el caso de las orales, organizar un material disperso, que del código oral debía pasar al código escrito (la mayoría de las veces), imponiendo una serie de intervenciones sobre esos relatos para estabilizarlos y plasmarlos en versiones definitivas con un cierto sentido de fiabilidad que brindaran garantía de veracidad en relación con los originarios. Por último, en el trabajo de escritura propiamente dicho, como podrá imaginarse el lector, surgen infinidad de dilemas éticos para un autor ¿ser fiel a una trama lo más transparente posible o trabajar literariamente las historias para volverlas más atractivas para el público infantil? ¿adaptarlas para determinadas edades y, en tal caso, de qué modo hacerlo de pareja manera? ¿cómo ser justo con las distintas voces que participan del relato, dado que son más de una, pese a que exista un narrador omnisciente o un narrador protagonista? ¿cómo reconstruir las voces de los personas narradas al haber sido referidos los cuentos por un narrador oral otorgándoles matices? Ya vemos, disyuntivas, cavilaciones, dicotomías, en virtud de una serie posiciones también respecto de la operación compleja que se estaba llevando adelante. Y, por el otro, en virtud de un mandato de lealtad hacia esas tribus exterminadas.  Estas decisiones no han de haber sido fáciles de tomar, de resolver ni de sortear para un hombre comprometido con su país y su cultura prehispánica como Gustavo Roldán pese a su pericia y su experiencia en el oficio. También frente a sus convicciones. Dilemas éticos y estéticos que van de la mano para construir una poética justa, equilibrada pero también legítima que defienda una tradición acallada. Motivo por el cual resulta doblemente importante que esa voz sea legítima y sea escuchada con atención sin dogmatismo. Roldán no se propone ni hacer un panfleto ni jugar con un localismo simplista y pernicioso. Sino más bien, dar cuenta, en toda su riqueza y variedad, de un patrimonio manifestado en versiones acerca de historias vinculadas al nacimiento del mundo pero también a experiencias de sus habitantes, tanto animales como humanos, durante la etapa en que el país estaba habitado por los pueblos originarios, portadores de otra cosmogonía, otra lengua, otro universo de valores. Y si bien Roldán no es un antropólogo, sí sabe escuchar con oído atento, como buen narrador. Sí tiene una buena escucha. Y sí sabe realizar operaciones de transposición del código oral al escrito. Pero Gustavo Roldán tampoco transcribe, reproduce, sino que revuelve la elaboración de su poética sin traicionar a la cultura aborigen ni a sus fuentes. Roldán entonces desanda el camino de las historias. Si los aborígenes las habían creado y circulaban oralmente, regresaban ahora siendo respetuoso de su índole a nuevos receptores que también tenían el derecho y hasta el deber de conocer ese legado.

     Respecto de su poética hay algunas constantes y recurrencias que no tienen que ver solamente con el tipo de personajes que elige. Es cierto que el elenco de protagonistas de sus historias marca el sesgo que en cierta manera tendrán. Responderán a una toponimia, a un universo no necesariamente temporal (sus ficciones tienden a estar más condicionadas por lo espacial que por factores cronológicos) pero sí a determinados principios éticos que atraviesan toda la poética de Roldán transversalmente como un sugestivo leitmotiv. Ello vuelve su poética como un material ficcional cuya experiencia de lectura resulta material de primera necesidad para que los pequeños lectores se formen también en un determinado universo de valores axiológicamente saludable.

    


En efecto, hay personajes mentirosos, fabuladores, como el sapo en Cada cual se divierte como puede  o en El vuelo del sapo, libros en el que el tal sapo narra inverosímiles aventuras, fabulaciones o bien avatares, inventos o bien conquistas en cuyo tramposo relato el resto de los animales, de modo crédulo, cae creyéndoselas y pidiendo detalles que él descaradamente, y dando rienda suelta a una imaginación prodigiosa, concibe como explicaciones a su farsa. Salvo la lechuza, que encarna la figura  histórica en la literatura del saber, la sabiduría, la inteligencia y lo desenmascara. Pero eso no suele bastar. Esta figura del mentiroso que encarna el sapo, también del pícaro será un cierto tipo de personalidad a la cual Roldán estará particularmente atento. Hay personajes que están habituados a una falta a la ética. Corresponde entonces no creer todo lo que se nos cuenta porque podemos estar ante sujetos tramposos.

     En otros casos Roldán gusta de poner en cuestión el sentido común que hace que la mayoría de los niños e incluso de la gente caiga en la trampa de creer versiones del mundo, del universo o explicaciones acerca de su forma o de su funcionamiento que no son, una vez más, veraces, pero sí son verosímiles para una consciencia poco lúcida, poco informada, poco experimentada o poco despabilada. Con ingenuidad, o por confusión, estos personajes caen o bien en la trampa de otros animales ladinos, o bien simplemente en su propia tontería que les impide distinguir dónde está la verdad, dónde están los hechos constatables. Esos  espacios ideológicos en los que acecha la celada y la falta de escrúpulos. Pero, sobre todo, el improcedente engaño.

     Se puede apreciar en Roldán entonces un sistema de versiones deformantes según el cual el universo parece patas arriba según algunas de ellas y según otras, en cambio, regresan al orden a la verdad. Están quienes mienten y quienes ponen las cosas en su sitio. Hay veces en que quienes orquestan estas confusiones no necesariamente lo hacen con malicia sino simplemente por divertimento o para burlarse del resto de sus congéneres. Pero el efecto que logran es el de sacar partido de la ignorancia ajena.

     Otro punto importante de su universo narrativo es el del poder. Quiénes lo detentan, quiénes lo digitan, por qué se arrogan ese derecho en lugar de aceptar que son como todos sus semejantes y no sus superiores. En tal sentido, Roldán brinda una lección de civilidad democrática, según la cual la igualdad entre semejantes impide instalarse al autoritarismo o bien a la prepotencia. No obstante, en ocasiones la fuerza se impone por sobre el inteligencia, porque esa inteligencia viene acompañada de valores intransigentes con el mal. De modo que no está dispuesta a hacer trampas. También sobre la justicia  o las leyes, lo que introduce conflictos que deben ser resueltos más o menos exitosamente.

      Una vertiente entre humorística y aleccionadora la constituyen ciertos animales pequeños que se muestran desobedientes respecto de sus mayores. Por ejemplo, las pequeñas pulgas que aspiran a treparse a un  árbol y sus madres se los prohíben. Mediante estrategias taimadas se treparán al lomo de un gato, a quien un perro persigue. El gato se refugiará en lo alto de un árbol y en ese momento la pequeña  pulga tendrá un panorama de conjunto desde las alturas acerca de cómo se ve el mundo. Este es otro punto importante en Roldán: ver el mundo con precisión. No de modos deformantes.

     Si la ficción de Roldán pone en escena el poder y el dominio como esquema verticalista frente a las víctimas, no lo hace de modo patético, sino siempre desde el humor y la ternura, pero indudablemente con poder de determinación y con firmeza. Hay convicción en su literatura. A mi juicio subyace a su ficción la idea de que es misión del escritor instalar en la mente infantil desde edades tempranas un cierto sentido de la rebelión frente a todos los mandatos que a lo largo de la vida deberá obedecer sin plantearse más tarde o más temprano si son producto de su propia identidad y de su genuina elección o de un capricho social ajeno a sus convicciones sin argumentos atendibles. De modo que este afán de libertad subjetiva que promueve desde una emoción ligada a la realización del sujeto infantil, será un hito en su educación, como lo es en la de un adulto que también se acerque a su producción literaria prestando especial atención a estas claves que señalo. Roldán no hace propaganda. Pero deja en claro una posición firme respecto de asuntos graves de la condición humana, especialmente en lo relativo a las relaciones relativas a la injusticia y el poder. Lo hace desde el humor y desde la ocurrencia. Pero la conclusión a la que arriba es esa. De esta manera, el público infantil sí podrá gozar en su literatura de una ficción imaginativa y llena de divertimento pero con sentido de apertura hacia problemáticas éticas. Roldán, sin llamar a una posición ni intransigente ni belicosa sí le llama la atención al público infantil para que esté alerta acerca de la importancia de una vida independiente, producto de la libertad, de la curiosidad entusiasta y la solidaridad hacia el semejante por lo general más en desventaja. También a poner a prueba toda cosa que se le dice o se le dicta, a cuestionar certezas, paradigmas y puntos de vista unívocos. Acerca de todo lo heredado se reflexiona. La ficción de Gustavo Roldán no tolera la mentira. Regresar al monte es regresar a ese Edén en el que las relaciones humanas se dan en términos transparentes y limpios.


El Impenetrable, ese Monte del Chaco, semejante a la credulidad de la cual parece imposible desprenderse en este mundo lleno de tontería, es salvada por Roldán en una pirueta maestra con conocimiento y con honestidad.

     Precisamente esta mecanismo se pone de manifiesto de modo constante pero también elocuente con los pícaros, los mentirosos y, como vimos, los fabuladores. Logran narrar una versión de la realidad tanto relativa al pasado como al presente, persuasiva, retóricamente convincente, tanto que explique como que consolide una mirada sobre un episodio o acontecimiento que tuvo lugar o está teniendo lugar. Roldán sugiere ser cautos. Protegernos de los inmorales que aspiran a sacar provecho de nosotros y de nuestra buena fe. No todo tiempo ni todo mundo tienden al bien. Explicaciones que no explican nada. Narradores que exageran tanto que violan el principio de verdad, como dije. En fin, relatos deformantes como espejos deformantes del semejante al que son capaces también de usar. Roldán apuesta a una realidad más simple y más sana que la que se construye con esos espejismos.

     Cumple un rol importante en la ficción de Roldán el diálogo con la música. Hay un cuento dedicado a la cantautora argentina Teresa Parodi, se cita una de sus canciones como intertexto explícito y como paratexto se le dedica uno de los cuentos. Se habla del chamamé y se la invoca como una de las voces populares cuyo rescate le interesa traer a sus ficciones como un modelo de la canción popular. Otro músico al que alude es al francés Georges Brassens. Precisamente a este punto quería llegar. Si existe en la literatura infantil una ficción que remite a intertextos del universo de la alta cultura o bien de la cultura oficial, la ficción de Roldán, en cambio, se concentra en la cultura popular, en la cultura rural, desde sus personajes mismos, la espacialidad, el tipo de lenguaje que emplea, las historias cuya elaboración no tienen que ver con citas o intertextos ajenos al espacio dentro del cual ha transcurrido su infancia, sino la cultura dentro de la cual él sigue viviendo pese a haberse marchado. Roldán lleva el Monte Chaqueño encima. En efecto, prácticamente uno tiene la sensación de que esas siestas en que Roldán se trepaba a los árboles descalzo, en que aprendió a andar a caballo de pequeño, iba al río Bermejo de aguas opacas o bien durante las cuales observaba en detalle la fauna y la flora del lugar en el que vivía, siguen presentes en él, de modo intacto. Enhorabuena. Esas experiencias primordiales de las cuales nos hemos rodeado durante la etapa de nuestra crianza, durante la conformación de nuestra subjetividad, pero más aún, en las que nos hemos formado como sujetos de cultura, escuchando relatos orales, en Gustavo Roldán evidentemente tuvieron lugar en estrecho contacto con el medio ambiente. De allí que por extensión y no de modo impostado que sus personajes sean los del Monte Chaqueño. Roldán imagina a partir de lo que vio y, mejor, vivió. Esto es: imagina a partir de un referente nítido. E imagina a través de lo que conoce de los hombres con la mirada de los animales del monte. El monte chaqueño es la infancia anhelada pero a la que, desde la mirada del adulto, se la tamiza. Se le añaden componentes en los cuales el sujeto está en condiciones de pensar el mundo desde perspectivas más complejas sin perder esa Arcadia originaria, de la que he hablado en otro artículo, de naturaleza tan anhelada. Y en ese Paraíso perdido que es el Monte Chaqueño, también la nostalgia de Roldán empapa a sus criaturas. Ninguna se quiere marchar de esa toponimia. Sino permanecer en ese que consideran su hogar. Roldán encarna en animales sus historias y no en seres humanos porque seguramente siente que impresionarán más al alma infantil por su carácter de seres que viven pero no hablan. Aquí sí tienen voz, como los aborígenes, siguiendo casi una premisa ecológica.

     No existe en la literatura de Roldán una presencia dominante del ser humano como protagonista de sus ficciones, como lo vengo sugiriendo. Por algo será. Son los animales, personificados, naturalmente, sobre los que se transponen virtudes o defectos humanos. Como si Roldán metaforizara en esos animales los rasgos de carácter y una ética del sujeto que se desprenderá, según los casos, de figuras virtuosas o llenas de tramposos trucos para engañar o traicionar a sus congéneres. Doy por descontado que la deslealtad es uno de los peores defectos que Roldán contempla en el mundo como una acción de naturaleza inadmisible e intolerable.

     Hay como siempre en la ficción prototipos. El zorro suele ser el animal astuto, lleno de trucos, mañas y trampas con las cuales logra capturar a sus víctimas. El elefante encarna la fuerza bruta pero que al mismo tiempo no es agresivo, si bien es el memorioso por excelencia, como dije. El piojo, la pulga y el bicho colorado suelen ser pese a su tamaño los más curiosos y los que se formulan las preguntas más difíciles. Las pulgas las que se proponen los objetivos más audaces incluso violando la ley materna. Y en esta dialéctica entre tramposos y confiados, entre pícaros y honestos, nuevamente la ética del sujeto se pone de manifiesto. Existe ese eterno enfrentamiento entre quienes tienen escrúpulos y quienes, dispuestos mediante cualquier recurso a cumplir con sus objetivos, tienden trampas. No obstante, muchas veces los cazadores resultarán cazados o se perderán en intrincados laberintos de mentiras de las cuales no sabrán cómo salir, y los terminarán por perjudicar. Y los inmorales castigados porque quedarán puestos en evidencia. En otros casos, en los finales, el que ha sido hábil triunfa sobre el crédulo. No hay tampoco idealizaciones en la poética de Roldán como no hay estereotipos ni existe una previsible historia en la que todo será repetido indefinidamente. Cada historia depara sorpresas así como cada historia depara temas nuevos. Cada historia trae consigo nuevas propuestas. Esas constantes a las que aludí no suponen monotonía sino fidelidad a una poética compacta, íntegra y coherente. Un corpus de pareja calidad que no desentona en momento alguno.

     Los diálogos son cruciales en la poética de Roldán, lo que permiten reconstruir un habla propia de la zona de la cual él es oriundo mediante la escritura. Una construcción discursiva que remeda esa otra pero que como un eco nos trae esa escucha tan necesaria en un cuento en el que los intercambios entre personajes (que nos hacen reflexionar acerca de los intercambios entre humanos) en el marco de la acción los caracterizan además de modo sesgado para dar cuenta de un sociolecto, el modo de habla de un grupo o colectivo.

     Son importantes en los cuentos de Gustavo Roldán los acápites o epígrafes. Señalan o refuerzan el sentido de la historia que se va a narrar a continuación, y son desde autores para adultos, como William Faulkner, hasta proverbios africanos.

     Y como para cerrar, diría que la poética de Gustavo Roldán viene a desordenar para poner las cosas en su sitio. Desordena versiones que se terminan por  derrumbar como mentirosas. Desordena el poder que queda puesto en evidencia en su arbitrariedad y por lo tanto neutralizado en su costado  más malévolo y malicioso. Y, por último, desordena la realidad para que, mediante una nueva organización de las acciones y de las  creencias, más justas y equitativas, el mundo recupere la cordura que ha perdido o bien frente a la estupidez (como cita Roldán de una frase de Bioy Casares) o bien frente a la malicia o la maldad que parecieran haberse apoderado de modo dominante de mundo. Maldad que por supuesto está siempre cerca de la picardía, tendiendo hacia el mismo universo de valores, de principios éticos violados y de comportamientos improcedentes.

     Ficción orientada a la ética del sujeto entonces, para alertarlo acerca de posibles engaños y, huelga decir, para evitar un candor que pueda perjudicarlo para volverlo desdichado o sufrir heridas que podrían ser evitables. Roldán se apresura a avisar a los más pequeños que tienen que tener los cinco sentidos puestos en la realidad y los pies sobre la tierra, para que la intervención de las almas que aspiran a perjudicarlos, sean detectada a tiempo. Siempre habrá personajes que mediante tretas malsanas procurarán sacar ventaja de su prójimo. Revisar todo aquello que se les ha enseñado sin haberlo sometido a su propia experiencia. Gustavo Roldán acierta al plantear una literatura infantil que esté atenta a que se diga la verdad y se la cumpla. A su transgresión y al modo de sancionarse o repararla. Para que la felicidad perdure. Indefinidamente.