En la biblioteca vive el Mono de la Tinta. Se esconde entre mis libros y acecha mis tinteros. Cuando cree que no lo veo, olisquea mis lapiceras. Se trepa a una pila de libros y, por sobre mi hombro, trata de adivinar qué escribo. Escucho su respiración acompasada, anhelante, mientras lee. Lo sospecho en puntas de pie, haciendo equilibrio, pero, cuando me doy vuelta, siempre desaparece.

Dos cosas le gustan sobremanera: La tinta y las historias.

El otro día, al caer el sol, me acerqué silenciosamente. Me escondí en las sombras, detrás de las cortinas. La noche avanzaba lenta como el río espeso de mis sueños.

Entonces, cuando ya casi se me cerraban los párpados, lo vi: se acercó canturreando una cancioncita pegadiza y destapó todos los tinteros en un bailecito alegre. Después, sentado sobre sus patas sacó una historia del tintero con sus dedos largos.

“Había una vez…”. Y la tinta, sangre del cuento, se deshizo en gotas negras sobre el piso, desmigajándose en mil historias de dragones, de caballeros, de batallas, y en la historia de un mono que bebe tinta, una tinta negra y brillante, como los ojos negros del Mono de la Tinta

Gabi Casalins, septiembre de 2013

martes, 11 de agosto de 2020

“El teatro infantil de Enrique Pinti: cuando no todo da lo mismo”, por Adrián Ferrero

Hoy Adrián Ferrero nos acerca su análisis  sobre dos obras de teatro para niños del capocómico argentino, Enrique Pinti. ¡Arriba el telón y que comience la función!

“El teatro infantil de Enrique Pinti: cuando no todo da lo mismo”

por Adrián Ferrero

 

Introducción


    El actor, escritor, dramaturgo y director teatral argentino Enrique Pinti (Bs. As., 1939), es un humorista por definición, en particular creador de monólogos, de una larga trayectoria en el medio, exitosísimo por cierto. Se lo considera uno de los referentes mayores de music hall y el café concert en el Río de La Plata. Para dar una idea del alcance de su proyección a nivel solamente nacional, en lo relativo a su labor para público adulto, su obra Salsa criolla se mantuvo diez años en cartel en Buenos Aires.  Entre sus libros cabría mencionar Conversaciones con Juan Forn (diálogos, 1990), al que se suman otros, como Sostiene Pinti: cómo somos los argentinos (1998), Candombe nacional (2004), Del Cabildo al Shopping: pasando por la pingüinera (2008), Del 25 de mayo al desmayo y varias piezas de su firma, casi todos de crítica de costumbres. Y luego su corpus se amplía hacia  otro de dramaturgia infantil: Panchitos de mostaza (2006) y Corazón de bizcochuelo (2008), dos obras infantiles muy representadas que no abordaré aquí, pero que indudablemente marcan una línea creativa en el marco del proyecto creador del autor concebida para el público infantil. Me abocaré aquí al análisis de otras dos de ellas. La primera, Crema rusa (originariamente titulada Los disfraces de Piotr). La segunda, Mi bello dragón, fue escrita en forma ulterior, y desde entonces no ha dejado de ser representada. En su condición de humorista, parece totalmente coherente el hecho de que ambas obras acudan al humor como recurso dominante. Por otra parte, seguramente el manejo diestro de ese género es el que espontáneamente lo ha conducido a ponerlo al servicio del público infantil. Y si bien, como es evidente, los espectadores responden a otras características, el humor siempre resulta cautivante, suele mantener despierta la atención de los asistentes, sin por ello dejar de manifestar exigencias en lo que hace a la calidad o la excelencia de su arte. Para el presente caso se puede perfectamente verificar que es un trabajo de calidad y de recepción eficaz. Consagraré el presente trabajo al estudio de ambas por separado. Y veremos, en un cierre, si el teatro de Enrique Pinti desde una perspectiva de conjunto, guarda notas y matices en común, cuáles son y qué lo distingue confiriéndole una identidad singular. Pero empecemos por Crema rusa.

 


Crema rusa: de la apariencia a la esencia

 

     La presente pieza fue escrita, como dije, entre 1965 y 1966, tiene unidad de lugar (una granja en la antigua Rusia). El protagonista de la obra, Piotor, es el dueño de la granja, padre de tres hijos a quienes, precisamente, pondrá a prueba. Aspira a verificar cuál es éticamente más confiable o, en todo caso, si todos lo son. Menuda sorpresa se llevará con sus dos tentativas de hacerlo. Pero mucho más aún serán las que se lleven sus dos hijos mayores.

     Piotor, un hombre mayor, tiene tres hijos: Sergei, Alexei e Ivan. Habrá otros personajes no demasiado satelitales sin embargo. Masha, la prometida de Ivan, su madre Ana, sirvienta pero quien también niñera antaño de los hijos de Piotor. Este punto es uno que no deja de llamar la atención. La ausencia de una madre en la obra a la cual ni siquiera vagamente se la aluda. Hay también entre los personajes mozos y mozas. Y las dos hijas del rey de Rusia, Ludmila y Tatiana, que irrumpen hacia al final con un desenlace desopilante.  

     Pero ¿por qué un padre decidiría probar las cualidades de sus hijos? Piotor aspira a conocer los verdaderos sentimientos de sus tres hijos, tal como lo declara. No solo hacia sí mismo. Piotor aspira a no confundir esencia con apariencia (punto crucial en esta obra). De modo que evaluará  los diversos comportamientos de sus hijos. Ahora bien: ¿cómo lo hará? ¿ y mediante qué recursos? Enrique Pinti urde las tretas para que esto sea posible pero también lo hace de modo verosímil. La estrategia de Piotor la declara él mismo confesándosela a Ana: “Piotor: Ahí está la cosa. Ante mí se pelearán y podrían hacer trampas pero ante un extraño se portarán de acuerdo a sus verdaderos sentimientos y eso es lo que quiero. Por eso inventé este viajecito que no haré, por supuesto”. Piotor fingirá un viaje. Pero en realidad el tal viaje no existirá. Será la excusa perfecta para poner en ejecución su plan. No obstante, para ello hace falta su desaparición de escena bajo su fisonomía real.

   Durante la primera escena, de carácter festivo, el autor presentará  a los personajes y veremos desde el comienzo que de los tres hermanos, Sergei, Alexei e Ivan, entre los dos primeros existe una alianza que infringe la ética, que los hace funcionar como una dupla que radicaliza el mal. Lo hacen molestando, perjudicando o agrediendo a Ivan. Mediante los peores recursos: mintiendo o por la fuerza. En todos los casos, haciéndolo víctima de sus fechorías.


     Ivan, pese a todo, se mantendrá imperturbable a lo largo de toda la obra. No denunciará las acciones malvadas de sus hermanos delante de su padre ni los pondrá jamás en evidencia, callando y guardando para sí mismo la existencia de estas canalladas en un silencio digno. En el caso de los hermanos, no hay en ellos visos de cambio en lo relativo ni a su temperamento ni a su sentido de la ética. Es más, la pieza pondrá el acento en esta esencia inconmovible de Sergi y Alexi. Al final de la obra, arrinconados por el desarrollo de la acción, se manifestarán, eso sí, desesperados, en su condición de  perdedores.

     En varias ocasiones el autor acudirá a la técnica, habitual en el teatro, de hacer que alguno de los personajes se dirija al público en un aparte sin que el resto de sus interlocutores sean capaces de escuchar lo que dice. De modo logrado, Enrique Pinti construye así su complicidad con los espectadores, que sabrán más que los personajes de la obra respecto de lo que va teniendo lugar en el decurso de la acción, en un juego que diseña la arquitectura de una pieza eficaz. Conocerán, de un modo u otro, información no revelada pero sí relevante que se va desovillando hacia ese final desencadenante.

      Masha, la hija de Ana, es la prometida de Ivan. Ella está perfectamente al tanto porque ve lo que los hermanos mayores suelen hacer con el menor en lo relativo a sus abusos. Y no comprende por qué Ivan deja pasar estos episodios éticamente inadmisibles. Pero precisamente en esa posición consiste la que distingue a Ivan de sus hermanos. No se comportará de modo belicoso ni devolverá con el mismo trato que suelen dispensarle. Controlará sus emociones, no se manifestará de modo impulsivo o desapacible sino como alguien dueño de su temperamento. No es iracundo sino que se lo percibe como una persona también pacífica que suele ser mediador entre conflictos y no quien toma la iniciativa de iniciarlos. No agrede ni es agraviante. En eso consiste, también, su ética en relación a la elección del trato con el semejante.

     Simultáneamente, la personalidad de Ivan se contrapone notablemente a las de Sergei y Alexei en un sentido muy distinto. Ivan es soñador, contemplativo: le gusta mirar las nubes, especialmente cuando el sol las pone rosadas. Les hace notar a sus hermanos, que ellas adoptan formas distintas todos los días. Sus hermanos se ríen de él. No entienden a este hombre soñador que es Ivan, sea capaz de detenerse pendiente del entorno asombrándose de él y apreciando su belleza más secreta sin esperar nada a cambio. Aquí queda también puesta de manifiesto una nueva característica de los personajes: el realismo pragmatista de los mayores, frente a la mirada gratuita de Ivan, capaz de asomarse al universo como por primera vez.

     Las cosas se tornan más serias aún porque se trata de una relación consanguínea muy cercana. En efecto, si faltando a la ética los hermanos agravian a otro de ellos, la armonía familiar, el máximo anhelo de ella, deviene desorden y hasta inmoralidad.

     Piotor fragua entonces su citado plan. Por dos ocasiones finge ser quien no es, para confirmar si quienes dicen ser de un modo efectivamente lo son. Si siguen respetando su investidura y su rol en el seno de la familia. Anhela ver cómo se comportan a sus espaldas sus hijos cuando él está ausente y cómo se comportan también con su prójimo.

     Se disfrazará primero de Rey. Ivan permanecerá inamovible en el trato hacia su padre cuando se refieran a él en torno de la cena cuando su nombre sea pronunciado para difamarlo. No aspira a cambiar a su padre por otro porque lo ama y se refiere a lo bien que ha sido tratado por él. Al amor que les ha dispensado. Cómo se ha consagrado a cuidarlos. A los cuentos que les contaba. Sus hermanos, en cambio, lo harán pasar a Ivan por sirviente delante del huésped, en primer lugar. Y en segundo lugar, durante el diálogo que mantengan con el visitante, serán despectivos acerca de su padre y acudirán a la mentira para desprestigiarlo.

     El padre tomará nota de estas declaraciones y de cómo tratan a Ivan (también de cómo Ivan se deja tratar). Se marchará con una promesa para beneficiarlos quince días más tarde a los dos hermanos mayores.

     En la segunda aparición de su padre, irrumpirá disfrazado de bailarín, cantante y actor, todo junto, otra vez se repetirán las descalificaciones hacia su persona hasta llegar incluso a la amenaza de la agresión física con un látigo por parte nuevamente de los mayores.

     Piotor se dará a conocer. Se desencadena el conflicto en su momento más tenso. Los hermanos retroceden. Piotor le ofrece a Ivan la mano de la princesa del reino. Ivan rehúsa. Ama a Masha y desconoce a la tal princesa. Por lo tanto, no la cambiaría a su prometida por una extraña. En ese momento Ana, que es chismosa, se le acerca y le revela un secreto a Pitor para ponerlo sobre aviso acerca de un dato crucial del que debe estar al tanto. El padre hace algo que desconcierta a los dos hijos mayores. A partir de ese secreto, Piotor le ofrece la mano de la princesa a uno de ellos. Tras la propuesta, ellos aceptan, arrobados. Y es entonces cuando irrumpen en escena Ludmila y Tatiana, las dos princesas, hermanas mayor y menor, del reino. Y explican que su tío ha hecho una revolución y su padre ha debido huir. De modo que ellas han escapado como han podido y se han quedado sin un céntimo. Los hermanos de Ivan no sabían en lo que se habían metido, producto de su ambición social y económica. Su deseo terminará en fiasco. Las dos mujeres que irrumpen en escena son feísimas. Son tan horripilantes que Sergei y Alexei quedan impresionados o, peor aún, horrorizados ante la posibilidad de que ese matrimonio se consume. Es más, en sus palabras afirman que son “dos loros”. Y el padre, no solo indignado por el trato que le han dado a él sino a su hijo menor les ordena a partir de ese momento dormir en el establo y acarrear baldes de agua sobre sus cabezas. Esos baldes “serán sus coronas”. Vivir de un modo peor de como lo hacen los sirvientes en vista de todo lo que tendrán que trabajar en la granja en adelante. Las dos princesas están exultantes no solo porque “se casarán con dos apuestos leñadores”, el gran sueño de sus vidas. Sino por el solo hecho de haber perdido la soltería.

     La obra de Enrique Pinti mediante el procedimiento del disfraz y las dobles identidades con eficacia muestra al público infantil que no debemos creer en las apariencias. Y en cómo la hipocresía es capaz según una doble moral de mostrarse de un modo pero funcionar como su par antagónico pueden regular el mundo. Nos habla de la importancia de la fidelidad y la incondicionalidad en los vínculos, especialmente hacia los familiares más inmediatos. De la importancia del cuidado, del respeto hacia el semejante. De permitirse volar de un mundo terrenal hacia el de los sueños, lo que facilita reflexionar y también proyectarse hacia las posibilidades infinitas además de las que nos exigen el ser y el existir en este mundo.

     Sin ser una parábola edificante, Crema rusa sí explora con intensidad el universo de la ética y sus principios. No condesciende a la moraleja fácil pero sí deja a las claras que en esta vida no todo da lo mismo. Y este me parece que debería ser el costado ético que la literatura infantil sí sería conveniente explorara. Es el más inteligente pero también el más difícil desafío de la escritura para niños.

     Agregaría, eso sí, que el exotismo de que está rodeada la obra, ambientada en una Rusia de antaño, también campesina, introduce un automático efecto de encantamiento que refuerza su economía ficcional. Desde el vestuario, el paisaje, las comidas, las bebidas y las costumbres, todo contribuye a que estas representaciones que remiten a un referente histórico distante tanto en el tiempo como en el espacio vuelvan a la obra más cautivante.

     Y cerraría con una declaración paratextual final del autor que viene a confirmar el costado más esencial de Crema rusa, su significado más perenne. Dice Enrique Pinti: “Me gusta el teatro porque está la gente en vivo, riendo, llorando, aplaudiendo o durmiendo si lo que uno hace los aburre. El teatro no miente”. Es, precisamente, lo que Ivan no ha hecho, no hace ni haría en la obra. Porque Ivan está connotado axiológicamente de modo positivo, pese a que deba sufrir las humillaciones de sus hermanos con entereza. Él mantiene su integridad porque mantiene, ante todo, la fidelidad a ciertos principios. Son los que lo definen como sujeto ético.

    

Mi bello dragón

 

     La obra Mi bello dragón, de 1967, guarda bastantes diferencias tanto temáticas cuanto de estructura formal respecto de Crema rusa. Protagonizada por duques, trovadores, un leñador, una posadera, un rey, su  hija, un hada, un guardia, una bruja y nada menos que el dragón Cirilo, plantea una serie dinámica de vínculos y acciones atravesadas por el común denominador de los enredos. Nos transporta al universo de los cuentos de hadas por su nítida adscripción cuyos indicios son algunos de sus personajes, icónicos del género.

     En esta obra, también estarán presentes como notas constantes las paradojas y las falsas atribuciones. Habrá hadas con varitas mágicas inútiles, dragones buenos que colaboran para que un matrimonio en peligro se concrete, duques (condición supuestamente noble) que disfrazan su identidad maligna (nótese su condición opuesta) con el objeto de conquistar uno de ellos la mano de la princesa Terremoto, hija del rey Ñoqui, mediante métodos inescrupulosos.

     A los enredos se suman los cambios de apariencia a través del disfraz o bien de personajes que se esconden detrás de los cortinados para escuchar lo que está sucediendo para luego tomar parte de la acción, pero que contando con esa información en su poder, podrán cometer un daño que éticamente los define. En el marco de una obra infantil, el recuso de sustraer la propia identidad a la mirada de los personajes, para perjudicarlos, constituye la forma de señalar la figura del espía como un recurso teatral del que otras piezas se han servido, incluso en el mismo Hamlet esto ocurre.

     Son en la obra recurrentes las búsquedas del amor, los enamoramientos, los desengaños y los rechazos. También es habitual la falta de todo reparo ético para llegar a ese fin que sería conquistar  el amor (de la princesa Terremoto, de la bruja Tortugonia que hace lo imposible por lograr el del duque Salamino, entre otros). Dado que hay imposibles que tienen que ver con posiciones sociales antagónicas, se decretan una serie de pruebas de amor, que tienen que ver desde responder una adivinanza compleja hasta vencer a un dragón del que se espera cualquier cosa menos que se termine convirtiendo en un aliado de su supuesto agresor, quien debe triunfar sobre él para cumplir una prueba.

     Este dragón, quien era un aparente peligro para el leñador Roblecito, lo invitará a pasar a su casa a comer huevos fritos en lugar de atacarlo o agredirlo. Lo que se presentaba como una prueba insalvable para un joven frente a un supuesto monstruo de poder superior y temperamento dañino, de modo culminante sella una amistad que el cierre de la obra viene a coronar.

      Porque Mi bello dragón es precisamente el dragón Cirilo, una figura que encarna la paradoja: con su carácter pacífico y su propuesta de amistad genuina, reúne todas las características opuestas a las que suelen atribuirse a estos “monstruos”. Sin embargo, la literatura contemporánea conoce ya una tradición de dragones bondadosos que no se corresponden con los de los cuentos tradicionales. Sus acciones configuran un oxímoron: un dragón que hace el bien, que embellece en lugar de destruir, que no es violento sino que baila civilizadamente y hasta festivamente en una ronda dejando un mensaje de unión para los niños. El dragón Cirilo, cuya muerte a manos de Roblecito, el verdadero y fiel enamorado de la princesa Terremoto, no se concreta. Roblecito demuestra ser noble, fiel y sostener el principio de la justicia por sobre todo, la figura que desde la mirada de los valores corre pareja a la del dragón Cirilo. No tolerar lo que pueda afectar negativamente al semejante encarnado, pese a todo, en una figura tan distinta. De algún modo Enrique Pinti viene con esta figura a desmitificar una vez más estereotipos. Aquellos que circulan en torno de los cuentos de hada o los cuentos tradicionales, fuertemente codificados.


     Precisamente un dragón bello rompe con las versiones que en el marco una tradición antiquísima, incluso legendaria, les atribuye maldad, perversidad, violencia y fealdad. Este Cirilo, en cambio, es la encarnación de quien, manso y comprensivo con el semejante, consiente incluso a asistirlo. En efecto, finge con sus gritos, que ha sido ultimado por Roblecito, cumpliendo así su prueba de amor.

     Por otro lado, la princesa Terremoto confiesa que con su tía, el hada Ventolina, sale todas las noches disfrazada de campesina a recorrer los bosques y las tabernas porque su vida de palacio es aburrida. Es en una de esas incursiones en donde conocerá al hombre del que se enamora, el joven leñador Roblecito al que me he referido. Frente a un amor competitivo de uno de los duques con Roblecito, es que comenzarán las pruebas. La citada adivinanza, primero. Luego, el enfrentamiento con el dragón.

     En el medio, una serie de filtros mágicos para matar y para enamorar son preparados y ser servidos en un banquete. Y luego de que el rey Ñoqui descubra que se ha intentado asesinarlo porque la planta sobre la que vuelca uno de ellos como una prueba grita auxilio y se desmaya, se dará cuenta de que hay conspiradores y de que existe un complot en su contra. El rey Ñoqui luego de este episodio hace capturar a Triquiñuela, a Salamino (aspirante a la mano de Terremoto) y a Tracañote (su cómplice, otro duque), que huyen hasta que son apresados con la ayuda de Roblecito para ser encarcelados definitivamente.

     En definitiva, esta comedia infantil de enredos, pero en la que tampoco falta la fidelidad y la ternura, el amor, la lealtad y en la que las trampas son desenmascaradas, muestran a un Enrique Pinti con matices, que incorpora más conflictos a esta nueva pieza, que también suma personajes en relación a la primera pieza que analicé, complejiza la acción desde el punto de vista de  la historia. 

     El final de la obra es elocuente. En efecto, en una ronda, los personajes triunfadores cantarán y bailarán, se postulará un mundo donde no habrá brujas ni hadas porque se convertirán en tías, y “no habrá que asustarse más de un filtro, de un dragón ni de la oscuridad”. Y como una invitación a vivir la infancia como un momento de entusiasmo, lleno de felicidad, de optimismo, de seguridades, el dragón Cirilo agrega como cierre de la obra: “Siéntanse felices porque chicos son, se los pide este bello dragón”.

     

Cierre

 

     El teatro de Enrique Pinti viene a formular preguntas más que a confirmar evidencias. A reformular, en todo caso,  esquema estereotípicas de la tradición legendaria de los cuentos de hadas o tradicionales. En primer lugar hay un trabajo fino y sutil con las apariencias y la esencia de las personas y las acciones, de los caracteres, las identidades, los valores éticos en directa relación al disfraz que pretende imponerse como el en superficie veraz. En efecto, algunos de personajes fingen rasgos de personalidad, por lo general vinculados a lo axiológico, en una suerte de doble moral que se profundiza porque ello se traduce en acciones concretas que planean realizar o realizan para afectar negativamente a otros, incluso parientes. Las trampas son recurrentes en estas obras, pero también sirven para desenmascarar si son trucos. Por otra parte, este doblez en la personalidad muestra a los niños que existen personas de las cuales conviene no siempre fiarse. No todo en este mundo puede ser idealizado. Muchas personas encubren defectos o valores que no son constructivos sino destructivos hacia el semejante. Así, urden estrategias o planes para lograr sus objetivos de modo inescrupuloso. En definitiva, Pinti nos habla a través de un universo estético (su arte) de  una ética que no siempre es respetada sino infringida. Este es el otro punto importante en Pinti. En su teatro los personajes encarnan una ética que ubica al semejante en un lugar de dignidad y respeto, por un lado. Y otra posición que es precisamente la antagónica. Las dos se enfrentan. Pinti acude de modo elocuente a diversas clases de recursos, todos inteligentes, pero también el triunfo lo reserva a la virtud. La transgresión a la ley ética supone un castigo, no necesariamente físico, pero sí un lugar de sanción probablemente social. Los malvados son puestos en evidencias, desenmascarados, se da a conocer su rostro primordial. Y en el teatro de Pinti no se dan demasiadas explicaciones. Pero sí sabemos que en este mundo existen personas dañinas y otras que no lo son. Que los dañinos raramente cambian de carácter. Y que esto suele meterlos en serios problemas. Nadie se fía de ellos, una vez puestos en evidencia se recela de ellos porque al regirse según su conveniencia y no según la ley ética, son imprevisibles. Esta invariante en los malvados, si bien no les da la oportunidad de cambiar y revisar sus acciones es por sobre todo una posición realista. La ley del perdón no funciona con personas imprevisibles que han demostrado su capacidad destructiva.     

     Enrique Pinti, trabajando hábilmente con temperamentos y cualidades, resume con dos trazos maestros dos clases de personalidad en estrecha relación con dos clases de posición frente al semejante y a la ética. Pero también, mediante una resolución satisfactoria en cada pieza, pone de manifiesto que las tensiones se resuelven cuando en esa batalla entre el bien y el mal, regresa un orden al mundo.  Y que ese orden es posible. También hay una reflexión en torno de que si uno es fiel a sí mismo el triunfo le espera porque se vuelve una persona, como lo adelanté, confiable, probo. Pinti desarrolla en sus obras de teatro una serie de acciones que se desenvuelven según un universo ético estable. Los buenos se mantienen fieles a sus principios de modo inamovible. Los malvados hacen lo propio. A partir de esta interacción dinámica entre principios éticos altruistas o sus opuestos, queda contorneada nítidamente la estructura dramática. El bien como un valor absoluto es lo que, en ambas obras, no diría que exactamente triunfa, sino que por su contundencia vehemente se impone como la opción más acertada porque es la que más garantías ofrece. De este modo nos habla Enrique Pinti. Un teatrista con todas las letras.

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