En la biblioteca vive el Mono de la Tinta. Se esconde entre mis libros y acecha mis tinteros. Cuando cree que no lo veo, olisquea mis lapiceras. Se trepa a una pila de libros y, por sobre mi hombro, trata de adivinar qué escribo. Escucho su respiración acompasada, anhelante, mientras lee. Lo sospecho en puntas de pie, haciendo equilibrio, pero, cuando me doy vuelta, siempre desaparece.

Dos cosas le gustan sobremanera: La tinta y las historias.

El otro día, al caer el sol, me acerqué silenciosamente. Me escondí en las sombras, detrás de las cortinas. La noche avanzaba lenta como el río espeso de mis sueños.

Entonces, cuando ya casi se me cerraban los párpados, lo vi: se acercó canturreando una cancioncita pegadiza y destapó todos los tinteros en un bailecito alegre. Después, sentado sobre sus patas sacó una historia del tintero con sus dedos largos.

“Había una vez…”. Y la tinta, sangre del cuento, se deshizo en gotas negras sobre el piso, desmigajándose en mil historias de dragones, de caballeros, de batallas, y en la historia de un mono que bebe tinta, una tinta negra y brillante, como los ojos negros del Mono de la Tinta

Gabi Casalins, septiembre de 2013

sábado, 20 de marzo de 2021

Dicho y hecho, por Adrián Ferrero

Va de nuevo este cuento de nuestro amigo Adrián, que, quién sabe por qué  había desaparecido de nuestro blog. ¡Qué lo disfruten otra vez!


DICHO Y HECHO

     Estaba a punto de darle la última chupada a mi paleta gigante de cuatro colores cuando justo sonó el timbre. La maestra nos hizo formar fila, cosa que a mí me molesta mucho porque nos ponen de menor a mayor y como yo soy el más petiso siempre quedo primero. “Petiso, petiso, cara de chorizo”, me dicen mis compañeros cuando me cargan. A mí no me importa. Yo envuelvo mi chupetín en el papel celofán y lo guardo para el siguiente recreo. Lo bueno de las paletas es que algunas me duran toda una tarde, si las sé dosificar y no me pongo a morderlas como mi perra Enriqueta a sus huesos con carne. Además, tengo que comerlas con cuidado porque algunas me sacan unas terribles boqueras en las comisuras de la boca, esos bordes donde terminan los labios y empiezan los cachetes. Ahora aprendí y las chupo por partes, empezando por la punta.

     La maestra nos pidió que nos sentáramos en nuestros bancos. Qué aburrido. Nos mostró el globo terráqueo, lo hizo girar como una manzana verde y nos dijo que ese era el mundo. “¿El mundo?”, pensé yo. “Si el mundo es enorme como muchos mares y montañas. ¿Cómo va a ser como esa bolita cachuza?”. Lo cierto es que la señorita giró y giró el globo, fue señalando sus partes y nos fue contando que en el mundo había muchos países, como el nuestro, que se llama República Argentina. “¡Qué novedad!, pensé yo”. No importa. Ella siguió y siguió y de pronto siento un tirón de pelo que venía de atrás. Estaba por devolver la maldad con una patada cuando oigo que Lucho me dice:

-Andrés, Andrés. Escuchá bien. Hoy, mientras vos estabas en el recreo jugando con los chicos a la pelota yo me quedé en el salón y me pareció ver algo raro atrás del pizarrón.

Estaba a punto de contestarle cuando pasó a mi lado la señorita, nos miró con cara de “Eso no se hace” o “Cierren esa boca” y siguió con su verso de los países. Después pasó a los continentes. Le hice una seña a Lucho para seguirla después en el patio. Porque  si no nos mandaban a dirección.

     La clase duró una eternidad. Porque además de los países la señorita nos contó de los océanos: Pacífico, Atlántico, Índico, Ártico y todos los demás que no voy a nombrar para que ustedes no se aburran como me aburrí yo en ese momento. Sonó el timbre y salimos disparados rumbo al patio, dando zancadas  como avestruces en medio de la sabana africana.

-¿Pero de veras viste algo raro?

-Te digo que sí.

-¿Y qué era?

-Como una mancha toda color roja. El pizarrón estaba flojo, se movía y temblaba como una gelatina y pude ver que atrás, en la pared, había unas figuras.

-Tenemos que aprovechar que este es el recreo largo para inspeccionar.

-Dale, vamos.

    Y después de deliberar largo rato rumbeamos para el salón. Espiamos para ver si había quedado algún marmota de esos que nunca faltan: guardando los útiles, acomodando la mochila o, lo peor de lo peor de todo, borrando el pizarrón para chuparle las medias a la maestra. No, esta vez no había nadie. La señorita estaba tomando un té con leche en la Secretaría porque le dolía un poco la cabeza. Yo había escuchado eso al pasar.

     Cuando llegamos junto al pizarrón pudimos comprobar que los tornillos que lo sostenían estaban flojos. Buena señal. Lucho me ayudó y lo levantamos desde abajo para espiar. Y lo que vimos. ¡Dios mío! Ni se imaginan. Causaba terror. Causaba espanto. Había bisontes, manos, arcos, flechas, hombres y mujeres. Hasta fogatas había. Asustaban porque eran como monigotes malvados, de otra época. Yo lo miré a Lucho y le dije:

-Estamos fritos

-¿Por qué fritos?

-Porque acá alguien estuvo dibujando y hay mucha sangre. Fijate que todo es de color rojo y morado. Es más que naranja. Esto me huele a crimen.

-Puede ser una pintura de un artista-contestó Lucho, para tranquilizarme.

-O un hechizo-arriesgué yo.

Para calmarme, desenvolví la paleta de mi bolsillo y le di dos chupadas. Cuando me pongo nervioso termino los chupetines en un periquete.

-Lucho-le dije-hemos hecho un descubrimiento. Tenemos que denunciarlo a las autoridades del colegio. No te digo a la directora, que es una bruja con pelos y todo en la nariz, pero por lo menos a la señorita. Lucho me miró con cara de “acá no ha pasado nada”. Se dio media vuelta y me dejó con el chupetín en la boca, sin responder a mi preocupación.

     Yo pensé: “Mejor lo dejamos para el próximo recreo y lo charlamos antes de volver a entrar”.

      Dicho y hecho. La maestra siguió hablando de los países y los océanos y los mares. Ah, y agregó los terremotos, que a mí me hizo pensar que sería terrible si hubiera uno ahora y empezaran a temblar las paredes y a descolgarse los cuadros y a moverse las estatuas y lo árboles. Después mencionó al Mar de Mármara, que a mí me sonó divertido porque era todo con “A”, como “bárbara” o “malvada” o “cháchara” o “jacarandá”. Y entonces volvió a sonar el timbre. Salimos y esta vez fui al grano.

-Lucho. Esto lo tenemos que denunciar. Puede ser un maleficio de alguna bruja que quiere que nos vaya mal en los exámenes y en las pruebas de ortografía. Vos sabés lo que a mí me cuestan las reglas de acentuación. Distinguir una palabra aguda de una esdrújula puede ser mi perdición. También los verbos. El pretérito imperfecto de un gerundio. Es mi perdición.

-Sí, tenés razón. Mejor le contamos todo a la maestra.

     Dicho y hecho. La encaramos antes de entrar al aula. La maestra abrió los ojos como dos huevos fritos y fue con nosotros hacia el pizarrón. Lo levantó lentamente. Primero con desconfianza y después con seguridad. Y dio un grito. Un grito pelado. Un grito fuerte fuerte como un detergente. Después se desmayó.

     Vinieron las preceptoras, la directora, la vicedirectora, el sereno, la portera, el vigilante, las tías y un doctor que pasaba por la puerta del colegio que escuchó gritos. Todos abanicaron a la maestra hasta que reaccionó. La maestra tenía la mirada perdida y estaba seria como cuando viene la inspectora a ver sus clases. Tenía un susto bárbaro. Y no era para menos. Cuando pudo reaccionar señaló el pizarrón. Como el pizarrón estaba borrado, nadie entendía nada. Hasta que Lucho se acercó, pidió silencio y lo levantó. Todos se quedaron helados como un cucurucho de helado de limón. Debajo del pizarrón había toda una serie de dibujos de lo más exóticos. De pronto, de la boca de la directora salieron unas palabras raras:

-Rupestres. Pinturas rupestres. Pinturas rupestres.

     Como se podrán imaginar, a nosotros era como si nos hablaran en chino mandarín. Entonces hice lo que uno hace cuando no sabe. Pregunté.

-Son unas pinturas muy antiguas-me aclaró la directora- de cuando los hombres vivían en las cavernas vestidos con pieles, comían carne cruda y cazaban con arco, flechas y lanzas. Sobre todo bisontes. Vivían muchos de ellos en África. Pintaban con tierra colorada.

-Ah-dije yo más preocupado todavía que cuando había preguntado.

     Al día siguiente salimos en todos los diarios del país y vinieron a entrevistarnos dos periodistas de la televisión. Nos hicieron muchas preguntas. Y nosotros, mientras chupamos nuestras paletas, les contamos las cosas como fueron. Que todo sucedió en un recreo. Que no sabemos nada de nada. Que sólo es cuestión de saber mirar como nosotros, desde acá abajo y por otro poco por detrás de las cosas.

lunes, 8 de marzo de 2021

Ser o no ser, esa es la cuestión... otro libro del Del Bonete Ediciones. Una reseña de Gabi Casalins.

         Les acercamos hoy conmemorando el  día de la mujer,  la reseña del nuevo libro de Del Bonete Ediciones, una editorial hecha por tres mujeres jóvenes de la ciudad de La Plata que trabajan por su sueño contra viento y marea. El título es "¿Es o no soy?, y se las trae. Lo reseña Gabi Casalins. 

Les presentamos a la autora y su ilustradora:


Sofía Ramacciotti nació en la ciudad de La Plata, en la primavera de 1987. 

Egresó del Bachillerato de Bellas Artes y luego se capacitó con ilustradores, escritores y artistas que le mostraron como transitar un camino profesional en el mundo del Arte y específicamente en la literatura infantil y juvenil.

Actualmente se desarrolla por completo en esta área, tanto en el aspecto de la ilustración, como en la creación de textos  y proyectos integrales. 

Forma parte del equipo de Del Bonete ediciones, donde realiza tareas de edición, dirección de Arte y curaduría de proyectos. Editorial de la cual es a su vez, una de sus fundadoras.

Sus libros publicados son: “Fábulas Enganchadas” Editorial Uranito, “Roque y Bigote” Editorial Elevé, “Planeta Diminuto” Editorial Malisia, “Moloso (Ser un villano no es fácil)” Editorial La Brujita de Papel, “Lo que no sabe un oso”, Del Bonete Ediciones, “¿Es o no soy?” Del Bonete Ediciones.



Rosario Triana es una ilustradora y diseñadora de 27 años. Nació y se crió en Pinamar. Se formó en la Universidad Nacional de La Plata y actualmente vive en su ciudad natal, cerca del mar, donde disfruta de la naturaleza. Su proyecto de vida es ser nómada digital, y así poder vivir viajando por el mundo. Actualmente tiene un estudio donde desarrolla identidad gráfica, branding, ilustración y animación. Es co-creadora de la Revista Voyager, una publicación de diseño, comics, videojuegos. 

 





Ser o no ser, esa es la cuestión...

Como era de esperarse, las chicas de editorial Del Bonete, vuelven a sorprender con su último título, “Es o no soy”. ¿Por qué razón sorprenden? No es una, sino que son varias las razones o motivos de la sorpresa.  En primer término, el título es meritorio desde el vamos, porque se publicó en plena pandemia y aislamiento en nuestro país, durante 2020, un año inolvidable y complejo para todos y más aún para la edición.

En segundo lugar el libro sorprende desde el formato y desde la paleta de colores elegida. La forma es alargada, el libro es tan longilíneo como su protagonista, de hecho hay una torre o edificio en la tapa, como si desde la imagen ya se relatara una necesidad ascensional, compleja y espiralada para desentrañar la historia, la cual comienza a colarse aquí, en cada ventana  en siluetas negras, contra un fondo gris, en cada ventana.



Por otra parte, alguien poco avezado en literatura infantil y juvenil de hoy, o en el formato del libro álbum, podría decir que esta paleta está muy alejada del supuesto gusto de los niños por las imágenes multicolores. Esta paleta se aleja de los estereotipos y ronda los blancos, grises, rojos y negros y algún acento de un amarillo revestido, eso sí, de significaciones metafóricas para quien bien sabe observar. Las formas se tornan geométricas y algo rígidas con un cometido muy claro que ya se intuye desde el epígrafe de Mark Twain, “Un yanqui en la corte del rey Arturo”, que reza: “No puedes confiar en tus ojos cuando tu imaginación está fuera de foco”. ¿Una tranquilizadora y aparente geometría? Podría ser. O no.

También desde el título se nos convoca a la desconfianza sobre la propia percepción. “¿Es o no soy?” propone un juego con la tercera persona del presente Indicativo del verbo ser y después dispara  hacia la  primera. Todo enmarcado en los signos de interrogación que, en la tapa tienen relieve y brillan, sobredimensionados. Entonces, desde el título, se propone el acertijo. “A buen entendedor, pocas palabras”, como dice el refrán. “Y bien sugerentes”, le agregaríamos desde El Mono de la Tinta. Es una invitación a navegar por dentro de esta historia donde lo supuesto terminará, o no, siendo realidad.

            Las solapas del libro nos introducen como lectores también al ser del protagonista, el hombre del gabán rojo. El término “solapa” se resignifica porque en las mismas, son las solapas del gabán del protagonista las que están ilustradas. Así, miraremos la historia desde su interioridad, o sea, embebidos de su perspectiva pero en plena desconfianza acerca de la misma. ¿Por qué desconfianza?  Básicamente porque una solapa es gris, pero la continuación en la portada nos muestra una solapa roja, integrando en esta persona dos tipos de gabanes. ¿Cuál es el verdadero, entonces? ¿Hay dos personas en una o es la misma? Y desde aquí la ambigüedad abre su juego. 


        Nada es excesivamente regular, desde una métrica que aparenta regularidad, hasta planos de imagen donde un bolsillo puede ser un lago en el que navega un ratón. Los versos de la historia, que ya se van entronizando como un sello de la editorial,  fluctúan entre aparentes regularidades de cuartetos octosilábicos con rima ABAB y versos que se permiten desde el eneasílabo hasta el verso alejandrino con rimas dispares y algo encaprichadas pero muy enigmáticas y musicales, sin duda.

Así desde el soporte de la imagen y la palabra deambulamos con el hombre del gabán rojo que es “un detective extravagante”, según está descripto en esta historia. ¿Pero, qué busca, o mejor dicho a quién busca entre la multitud? El mensaje es aparentemente muy claro, es un malhechor que tiene un diente de oro y lo ve en la vereda de enfrente, detentando, provocador, un  familiar bigote blanquecino. Entonces, se lanza hacia él, como era de esperar. La imagen de un águila roja surca el cielo metaforizando la agudeza de dicha visión certera. Depredador y presa. Queda claro. ¿Queda claro? Lo que ve en su encuentro con el malhechor lo dejamos para los lectores y nos detenemos en lo interesante de esta obra que permite tantos niveles de lectura y se puede adaptar a todas las edades lectoras.

            Apasionante libro para tratar el juego entre apariencia y la realidad, el juego perceptual que puede engañarnos, el mal dentro del bien y el bien dentro del mal, (lo elegiríamos como correlato de Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson , por ejemplo) en escuela secundaria.

Apasionante también para escuela primaria o última sala de jardín, en cuanto al juego de desambiguación y trabajo con la comprensión de la metáfora visual y literaria que proponen la ilustradora- escritora Sofía Ramacciotti y su ilustradora Rosario Triana.

Y, finalmente, lo elegiría como lector adulto dispuesto a una propuesta lúdica e inteligente.

Esta pequeña-gran editorial de La Plata, Argentina, nos viene acostumbrando a títulos a los que, ciertamente, desde el mero placer lector o el trabajo aúlico, se les puede sacar el jugo no sólo desde sus temáticas que invitan a la reflexión profunda y proponen temas actuales y temas universales que sesgan el pensamiento humano, sino por sus gráficas que metaforizan en el mismo tono. Joyitas de biblioteca, por lo bellos y profundos.

Si te interesa calzarte el bonete de estos títulos, los podés conseguir a través del Instagram de la editorial: delbonete.ediciones. Nosotros, desde El Mono de la Tinta, estamos esperando los títulos por venir.  


                                                                                                                                                Gabi Casalins


                                                                        Del Bonete Ediciones




sábado, 6 de marzo de 2021

Con la música a otra parte

 


La  música posee una gran influencia en la literatura. Mueve las piezas de la historia y provoca en los personajes que intervienen, distintas modificaciones en el carácter y en la toma de decisiones. Dice Ronel González Sánchez: Contar historias empleando ritmos y sonoridades, al igual que trazar figuras en el suelo en las paredes de las cavernas, parece ser uno de los entretenimientos  más antiguos del hombre. Música y palabra o tal vez,  la musicalidad de la palabra en un maridaje constante ofrece un tejido muy interesante para los lectores.

Así nos vamos acercando a ese mundo de la imaginación en el que se tejen acciones, palabras, deseos y en algún momento, igual que una partitura musical, una gotita de silencio. En los cuentos de hadas podemos revivir los momentos de los personajes que están atados o liberados a través de la música. Fernando Palacios[1] en CUENTO Y MÚSICA: UN IDILIO PERMANENTE señala que: “Uno de los temas eternos en los cuentos clásicos es el del éxtasis mágico que poseen ciertas músicas: "El flautista de Hamelin", "La historia del soldado", "El ruiseñor", de Andersen, "El músico prodigioso" de los Hermanos Grimm, "La  canción más bonita" de Bolliger…” entre otros tantos que aquí se podrían nombrar.

Vamos a centrar la mirada en la fascinación que ejerce la música en los animales y en este caso especialmente, en las ratas. Hoy nos vamos a ocupar del cuento El Flautista de Hamelin. Se dice que este cuento fue documentado por los Hermanos Grimm en 1816 con el título de “El cazador de ratas”. Su fuente original está enmarcada en una leyenda propia del lugar en la que se cuenta que en el año 1284 sufrieron una gran invasión de ratas. Los lugareños buscaron a través de modos diversos, erradicar esta plaga. Según la leyenda un flautista que pasaba por ahí, aceptó el reto ofrecido por el gobernante del lugar, -quien se comprometió a pagar el precio solicitado por el flautista- y liberó a Hamelin de este gran problema. Pero como suele suceder, aún en estos tiempos, luego de la liberación no se quiso realizar el pago prometido. Entonces, en venganza por esta traición a la buena fe, el flautista regresó  y en medio de la fiesta de San Juan y San Pablo, volvió a hacer sonar su pequeña flauta y uno a uno los niños abandonaron el pueblo y fueron transportados hasta una cueva de la que no regresaron jamás. Aquí aparece la figura musical del silencio y así pasamos a presentar otra versión de esta historia que tendrá otros condimentos, en otro formato con un delicado trabajo en cuanto a imágenes y texto que nos ofrece Calibroscopio.

 La propuesta viene de la mano de Mariana Fernández quien propone una versión de este cuento, focalizando en el accionar del alcalde del lugar, casi un Midas que lustra, mira y admira “sus” monedas de oro. El ritmo y la cadencia de la narración nos llevan a sentir la presencia de la música que es una de las protagonistas para la resolución del primer conflicto y que a la vez, generará la confrontación de las acciones del gobernante con los habitantes de Hamelin. Hay cosas que en la vida no tienen repuesto, y es la vida misma.  A través de estrofas de cuatro versos rimados, descubrimos la presencia de la magia en la que se conjuga la vida y la muerte de los personajes.  Un lenguaje poético,  crea y recrea nuevamente el cuento a través del uso de adjetivos que dan vida a la flauta como un  “instrumento fiel”;  describen al flautista como un mago y al alcalde como un miserable:

Pero en ese pueblo había un gobernante

que sólo en el oro encontraba paz,

pasaba sus tardes puliendo monedas,

celando tesoros y anhelando más.

 

En sintonía con el cuento, los ilustradores Aníbal Dalla Pozza y Pablo Kersevan, nos proponen adentrarnos en una  estética muy particular;  recorremos  sus páginas guiados por  pequeñas ratitas, el ambiente se construye con una variedad  de elementos propios de la herrería: tuercas, tornillos, cadenas, rulemanes, caños, en un tono ferroso dan la atmósfera de un tiempo pasado que se hace presente para que los lectores revivamos este cuento pero en este ocasión con un final diferente. Las imágenes en algunos casos se presentan como si fueran antiguas estampillas que van poblando las páginas y reconstruyendo la historia de un flautista, un gobernante avaro y un pueblo  en el que “los aldeanos vivían sin penas, en prosperidad”.  La tapa y la contratapa invitan a los lectores a asomarse al mundo de la creatividad y a dejarse llevar por la imaginación: llaves, recortes de madera, materiales con distintas texturas, imágenes de ratitas en paracaídas. El pasado y el presente de esta historia sigue cautivando a muchos lectores de todas las edades y hoy, se cierra con un gran mensaje: “ver las cosas desde otro lugar nos abre las puertas para jugar”.



 Agradecemos especialmente a Cecilia Haug por su asesoramiento en cuanto las versiones musicales que se han escrito para revivir este cuento.

 



[1] Palacios, Fernando (1997) www.agruparte.com/imgx/words/Revista MAP 4.pdf en REVISTA MÚSICA, ARTE Y PROCESO.

martes, 9 de febrero de 2021

La Caja de música (Alfonso Zurro)


 

A veces, para sacarnos de nuestra monotonía, no necesitamos nada más que un avioncito de papel. Eso nos ofrece La caja de música. Eso es lo que quiere ser, un avioncito de papel. Un detonante para iniciar la reflexión y la aventura.

Hablemos primero del contenido, luego de la forma de esta obra que, puede leerse, pero que está pensada para ser representada.

Nino es un niño que juega con un avión de papel. El avión se cuela por una rendija de una caja de música, donde una Muñeca espera ser despertada, aunque ni ella lo sabe. Muñeca oye los gritos de ayuda de Nino, algo está ocurriendo afuera. Entre la confusión logra escuchar un nombre, No tiene cara. Ella consigue liberarse de su ensueño y de su encierro. Tiene que encontrar a Nino para devolverle su avión. Y se inicia la aventura.

Muñeca, así sin más, sin ni siquiera nombre, se adentra en la búsqueda. Va topándose con una serie de personajes, que no son ni buenos ni malos, algunos, quizás, más atemorizadores que otros, pero de todos se aprende algo.

Cocolico, el cazador de zapatos; el Presentador del Circo, que siempre lo es; Gador, el león domador de humanos; el sabio profesor Don Perfecto; la Mano que anda sin cuerpo, sola por el mundo, solo con deseos de poseer; los habitantes de Jaulajá, que rinden pleitesía a una jaula y dejan a Muñeca hablando en jerigonza; el viejo Pirata jubilado; la diabólica pareja de Pestiño y Pestiñaza; el hombre lobo, el Guardián, de los dominios de No tiene cara; la última Sirena de su especie; el General que fue glorioso pero ahora solo es una estatua con ganas de luchar; el Payaso, uno de los que están encerrados en las botellas, y que le aclara cosas muy importantes, como que somos nosotros los que tenemos que salir, todo está en nuestro interior.

Y, por fin, Nino. Ahora es Muñeca quien tiene que ayudar a Nino a liberarse de ese ser que no es ajeno a nosotros mismos, el que No tiene cara, lo dice el Payaso, está en todos y es parte nuestra. También lo reconoce el malvado personaje, ‘Estoy en tu interior’. Nino será libre si él quiere serlo. Igual que Muñeca es libre porque eso es lo que ella quiere. Ya lo dijimos, el avión sólo fue el despertador. Pero, de pronto, una hoja doblada también sirve para viajar, alcanzar las nubes y huir de los miedos que nos impiden salir de la Caja de música.

Alfonso Zurro en el prólogo ya nos habla de los posibles niveles de acercamiento a la obra: “tiene diversos planos de lectura, desde el más explícito que viene dado por la acción y los sucesos dramáticos, hasta otros que entran en terrenos más simbólicos y significativos.”

Podemos conformarnos con ver la historia de una muñeca que sale de una caja de música o hablar de cómo afrontar la vida y de eludir los miedos. En realidad, probablemente, habrá una Caja de música y un No tiene cara para cada lector. O pueden ser, simplemente, una caja de música y un malvado de papel. Por esto, puede estar destinado a niños (y adultos) de todas las edades.

Antes de terminar, comentemos algo de la forma. Ya dijimos que se trataba de una obra para ser representada. Es, en efecto, una obra teatral. Su autor nos da orientaciones de cómo organizar el escenario, la música, el vestuario. Y, como estamos en una caja de música, nos encontramos con movimientos musicales. La pieza está dividida en una Obertura, 15 movimientos y  una Coda final. Cada uno de ellos es una escena y va acompañado de un adjetivo. La Obertura se inicia con un Adagio naciente; el Primer movimiento es un Andante dulce; el Segundo, un Presto Tempestuoso y así hasta llegar a la Coda final con un movimiento Largo volátil… Los movimientos no son casuales, pues, indican la intensidad de lo que acontece en ellos. De manera que la música nos va guiando en toda la aventura.

No podemos dejar de comentar las ilustraciones de Claudia Ranucci. Los dibujos reflejan los personajes representados, sin detalles superfluos, siempre usando el rojo, el negro y el blanco, con líneas bien marcadas, próximos a los garabatos.

Ya no nos queda mucho más, sólo subirnos en ese avión, con Muñeca y Nino, enfrentarnos a nuestros No tiene cara y, libres, volar entre las nubes.

Sobre el autor:

Nacido en Salamanca, ha vivido siempre vinculado a la ciudad de Sevilla. Es profesor de teatro y dramaturgo. Aunque no es, propiamente, autor de literatura infantil, se ha preocupado siempre de difundir el teatro entre niños y jóvenes. Con esta obra obtuvo, en el año 2000, el Accésit al Premio SGAE de Teatro Infantil y Juvenil.

En la página oficial encontramos sus datos biográficos, sus principales obras y sus intereses profesionales: http://alfonsozurro.es/



miércoles, 23 de diciembre de 2020

El mono lee las Cartas de Papá Noel de J.R. Tolkien


Los hijos de J.R. Tolkien recibieron cartas del Papá Noel durante toda su infancia. 

Todos los años, junto a sus regalos de Navidad, Papá Noel no olvidaba dejarles una carta, saludándolos y contándoles anécdotas del Polo Norte. A veces, también el Oso Polar les escribía unas líneas.
Desde el Mono de la Tinta queremos felicitarles estas Navidades tan peculiares del 2020 con algunas de estas cartas.
 

sábado, 5 de diciembre de 2020

La pedagogía de la palabra

 

¿Recuerdas que puedes usar las palabras como un cuchillo? También las puedes convertir en una flor.

Elia Barceló en El almacén de las palabras terribles. EDELVIVES

 


En estos días, como en tantos otros, las palabras circulan, nos envuelven, algunas veces nos cobijan otra veces nos arrojan a una realidad que no siempre es benévola con nuestra humanidad. La literatura se ha hecho eco de esta necesidad del hombre de transcender a través de las palabras.  Gianni Rodari en su Gramática de la Fantasía, nos invita, a través de una comparación, a meditar sobre la circularidad de la palabra. A observar que al igual que una piedra que es arrojada en el agua genera círculos concéntricos que devienen en un movimiento espontáneo, así también la palabra genera en nosotros otros movimientos que dan vitalidad al alma o la cierran entre llaves para protegerse y no sufrir. El gran poeta Vicente Huidobro en su Poética nos dice: cuida tu palabra, el adjetivo que no da vida, mata. Tan claro como contundente.

Elia Barceló nos recuerda el poder de la palabra a través de la comparación de la palabra con un cuchillo. Qué fuerte, tal vez piensa el lector. Si pudiéramos comprender verdaderamente el poder que tiene el lenguaje, la tristeza o la alegría que se genera cuando emitimos determinados términos: flor, amor, amistad, dolor, pasión, o quizá cuando emitimos algún insulto, creo que daríamos un gran paso hacia el verdadero humanismo. Entender que con la palabra se construye y que con ella también se destruye, es un hallazgo que sería importante poner en práctica.

Y es así que  El almacén de las palabras terribles, nos lleva a plantearnos en nuestra cotidianeidad las palabras que decimos, las que omitimos o las que olvidamos decir.  Y yo me pregunto y les pregunto ¿dónde quedan esos adjetivos no dichos? ¿En qué cofre guardamos las palabras soñadas y hasta las que aún no han sido inventadas?

Talia, Ana, Miguel, Diego, Pedro, Fernando, Elena, Jaime, Yolanda, las enfermeras, los médicos; todos estos personajes de la novela, tienen algo para decir: …”Dentro de la cajita plana se movían perezosamente, unos puntos brillantes, como insectos diminutos hechos de piedras preciosas.

-¿Las ves? Ahí están. Vivas. Activas. Despiertas.

-¿Esas son palabras? –preguntó  Talia, fascinada por el movimiento y el color- ¿Tan bonitas?

-Las palabras humanas, aunque imperfectas, son siempre hermosas, Talia.

-Y ¿por qué duelen tanto?

El juego con el tiempo y el espacio se divide  en dos dimensiones: aquí y allí. La vida de cada uno de los personajes se ciñe a un pasado, a un  presente y un futuro. Pero para transitar hacia ese futuro, hay que ser consciente de lo dicho y de lo omitido. Hay que hacer carne las palabras emitidas y enunciar los vocablos guardados.

El discurso de lo dicho y de lo no dicho nos recorre como seres humanos. Para algunos de los personajes de la novela hay una segunda oportunidad: la de evaluar lo dicho e ir en busca de palabras que construyan otra relación entre las personas que habitan su mundo; para otros ni siquiera hay un momento de reflexión para analizar los actos que han realizado y  los dolores que han generado: … “No sabía cómo decirlo. ¿Las palabras “se mataban”, se “borraban”, se “desactivaban”?

-¿Quieres conocer el efecto de tus palabras?

La pregunta habías sido hecha en el mismo tono neutro que todo lo que había dicho su guía hasta el momento, pero de algún modo, Talia tuvo la sensación de que era una pregunta importante, de que su respuesta dependería el resultado final.

-Sí -contestó.

Finalmente, es importante recordar que la pedagogía de la palabra consiste en analizar y reflexionar sobre el valor que le damos en nuestra cotidianeidad al arte de decir y al de omitir.

A nuestros grandes y pequeños lectores les deseamos un camino lleno de palabras de amor y hasta otro encuentro de lecturas.

 

viernes, 27 de noviembre de 2020

"Liliana Bodoc: la imaginación insumisa" por Adrián Ferrero

 Hoy les acercamos una artículo de Adrián Ferrero, nuestro generoso columnista, sobre una gloria de la LIJ nacional de la Argentina, Liliana Bodoc, de querida memoria.


"Liliana Bodoc: la imaginación insumisa”



por Adrián Ferrero

 

     A lo libros de la narradora argentina Liliana Bodoc, incluso los que estaban destinados al público adulto, los puede leer un niño. Esto no nos habla de un simplismo sino de una ductilidad y de una prosa de una capacidad comunicativa excepcional que sin hacer concesiones, sin privarse de lo exquisito, estaba rigurosamente pensada para una accesibilidad del discurso literario de notable capacidad plástica. Esto es, que entre los lectores y el discurso literario no interfiriera ninguna clase de obstáculo innecesario desde lo estrictamente discursivo y desde la concepción del receptor. La narrativa tiene poesía, denota exploración, pero también juega con compartir una mirada totalizadora del lector. Liliana Bodoc no piensa en los lectores en términos de edades sino en términos, en todo caso, de una economía desafiante de los lugares comunes, de los estereotipos, de esas lagunas que llaman a la pereza en las que suele incurrir la narrativa cuando se detiene, ostentosa de sus recursos o bien haciendo alarde de un léxico que la vuelve hermética.

     Muy por el contrario, Bodoc se manifestaba humilde (en la acepción del lugar asignado al narrador) en el orden de lo expresivo porque buscaba el virtuosismo, no su exhibición. La terminación es perfecta, la  combinación entre historia y discurso o trama y economía de la representación no es complicada. Es, cambio, amable con el lector. Es invitante, es radicalmente poética pero al mismo tiempo no carece de vértigo. Es vigorosa, es contestaria y no hace concesiones al autoritarismo sin incurrir en paupérrimos esquemas binarios. En su narrativa siempre hay presente matices, variantes, infinita riqueza. Y, al mismo tiempo, pluralismo, miradas prismáticas que hacen ver el mundo desde perspectivas múltiples, tan variadas como complejas desde el punto de vista de no hacer concesiones a la pedagogía unívoca.

     Esta combinación convengamos que no suele ser frecuente entre los narradores y las narradoras orientados a ninguna clase de público.  Porque la convención quiere que en las estanterías de una librería las distintas obras de Bodoc estén ubicadas en sectores diferentes. Pues yo propongo a cambio que en verdad deberían estar todas en el mismo. De esta hipótesis, si me lo permiten entonces, voy a partir para hacer un desarrollo mayor de su frondosa poética. 



Entre aquel comienzo de la Saga de los confines, una trilogía en la que se alimentó (sobre todo mediante lecturas informativas y explicativas) del sustrato aborigen y los relatos de la conquista americana en documentos y libros de Historia y los últimos en los que los dragones regresan sin solución de continuidad inspirados en dibujos fabulosos, hay una incuestionable noción de coherencia. En efecto, estamos hablando de una personalidad que no es tornadiza sino que responde a convicciones profundas, acentuadas en su acepción crítica y no complaciente con los poderes.

     La referencia a los pueblos originarios va de la mano de otro  referente, que ella me confesó en una entrevista la preocupaba con recurrencia. Era el lugar de la mujer en la sociedad, esto es, la diferencia desigual de poder de orden atributivo entre varones y mujeres. Entre ese referente histórico que a esta altura quien pretenda negarlo incurriría en mala fe y estas lecturas de la feminidad que la ubican en posiciones de intervención poderosa, Liliana Bodoc sentaba las bases de ese otro referente nítido al cual no estaba dispuesta a renunciar. Tampoco a rendirse de modo condescendiente. Muy por el contrario, sembraba la semilla de un desacuerdo, concibió tramas en las que una posición de decisión y con poder de determinación era llevada adelante por las mujeres de sus sagas, cuentos y novelas. También en su ficción infantil. En la gran tradición de las narradoras  críticas argentinas que revisaba los roles de género desde la narrativa de imaginación, su posición estaba clara y su decisión estaba tomada. Había una apuesta a la equidad, una respuesta a una memoria de agravio y había otra apuesta a un futuro que llamaba a una acción que estuviera a la avanzada para que la sociedad escuchara ese llamado como mínimo desde la ficción. Era un paso. Otro de entre tantos que habían dado y seguirían dando las mujeres. Pero en lo que a Bodoc respecta su opción era ejecutada con firmeza de carácter que se volcaba a la ficción con la representación de roles de género que se salieran de los estereotipos, por un lado. Y que, por el otro, desataran la maquinaria de la iniciativa en el territorio de la acción con vistas a un cambio en el estado de cosas vigente. También, por qué no decirlo, había una recuperación de ese pasado inmemorial de atropello que ella aspiraba no fuera ni olvidado ni repetido. Las consecuencias eran entonces claras. La lectura residual producto de atravesar sus ficcional era la de dejar el producto de un desacuerdo, la propuesta de un nuevo pacto y el llamado a la salir de la trampa de una dominación que aún hoy puede observarse no solo en ciertos espacios sino también en ideologías de inverosímil recurrencia.

          El otro punto que sí acentuaría en el marco de la ficción de Bodoc es el respeto por la diversidad y por la diferencia. Hay libertad y hay una ideología libertaria. Pero también hay una ideología de la tolerancia y del pluralismo. Si hay guerras es para mostrar o que son inevitables para lograr la paz porque ha sido ilegítimo el avance arrollador que ha  sembrado un bando en la sociedad y en el territorio de esclavismo o bien de sujeción a fuerzas poderosos que avasallan irrespetuosamente culturas y sociedades que en verdad por dignidad y por derechos corresponde mantengan su identidad y su integridad. Si hay batallas, entonces, es para defender ideales que no es otra forma que un enfrentamiento irremediable entre principios ideológicos éticos por defender la dignidad. En estos términos entonces definiría la diferencia entre una apología de la guerra (que fue lo que ella no hizo) y una defensa legítima y encendida de la vida de pueblos o espacios que habían sido invadidos sin derecho alguno. La guerra no era ni un tema para cautivar de modo estratégico a los lectores ávidos por la confrontación (esto es, oportunista) ni una encendida defensa del belicismo gratuito. Era la acción inevitable que cuando las palabras no alcanzaban porque no se condescendía al diálogo se afrontaba para evitar el vasallaje, el esclavismo o la indignidad.

     Las ficciones infantiles naturalmente no son previsibles. Denotan juegos con el lenguaje, con los códigos visuales y verbales, las artes del tiempo y las  del espacio, las de una sabiduría en la escritura siempre llamado a sembrar la semilla en el alma de los niños de un amoroso vínculo entre pares, con adultos inspiradores de conductas que desordenan las rutinas pero también de adultos que frente a determinados peligros son amparadores. Adultos que les proponen que hacer teatro puede ser una invitación, por ejemplo, a ser otros, es decir, a que una alteridad positiva también puede ser posible para crear y creer en un mundo alternativo de una naturaleza en la que sea posible la realización. Están por supuesto los inescrupulosos, frente a los cuales tanto los animales como otros adultos o los mismos niños organizados de común acuerdo logran neutralizar.

    


Hay personificaciones en una de las líneas de la gran tradición de la literatura infantil. Espantapájaros que piensan y hablan, que exteriorizan sus deseos y manifiestan su impotencia. O bien pájaros que con sentido colaborativo están dispuestos a asistirlo para cumplir su anhelado deseo de conocer un río cuyo sonido no ha cesado de escuchar. Este es tan solo un ejemplo extraído de un cuento conmovedor que pone en escena, como puede apreciarse, la diferencia entre la esclavitud y la circularidad paralizante de un ser producto del uso que el hombre de él hace. Paradójicamente (y rompiendo una vez más los lugares comunes y estereotipos) los supuestos enemigos, a quienes debe ahuyentar, terminan siendo quienes en verdad lo asisten para que cumpla su mayor anhelo. En este planteo en el que se percibe inversión de la norma estabilizada en creencia cristalizada mediante el cual la lógica natural es puesta en cuestión, Liliana Bodoc desnaturaliza comportamientos que el niño comienza, espontáneamente, a problematizar a partir de lecturas como esta ya y desde edades tempranas. Esto lo conduce espontáneamente a revisar la cultura en la que vive, los patrones que se le pretenden imponer como verdades inamovibles. A repensarse como sujeto de cultura para quien todo lo que se le ha impartido sin embargo es problematizado. Del mismo modo, esas opciones lo conducen a pensar que otro orden no solo es posible sino hasta probable. Y comprenden sin demasiada consciencia de ello desde pequeños que los libros alimentan la avidez por revisar lo arbitrario.

     Ese será una de las grandes operaciones complejas de la ficción de Bodoc. A lo natural volverlo problema. Los formalistas rusos, una corriente de pensadores de la teoría literaria de principios del siglo XX de ese país, planteaban que la buena literatura, la literatura que ponía en cuestión la lógica comunicativa y desmecanizaba las formas de percepción del fenómeno literario, introducía en el lector un efecto de extrañamiento o  efecto de incertidumbre. La ficción entonces sacude, provoca la ocurrencia de que el mundo puede ser de otra manera, postulando salidas más o menos exitosas a este otro universo, de este lado de acá del libro, desde el que estamos leyendo gracias a que del otro lado, el del que salen las historias, esa incertidumbre nos sacude, pero también nos involucra con ideales. La literatura lo pone todo en cuestión. Esta es la otra hipótesis fuerte que manejaré respecto de las operaciones de la ficción de Bodoc sobre los lectores. Nada está dado de antemano. Todo es construido por la mano del poder porque un mundo diferente es habitable. Es más: un mundo diferente debe ser pensado, debe ser escrito y a partir de allí debe ser construido como alternativa al que de modo ilegítimo desmantela las subjetividad y los principios. Estamos hablando de un mundo traducido en las ficciones mediante imágenes, acciones y personajes que aparenta distancia respecto del orden de lo real y lo verosímil. Se trata de un mundo que dramatiza ese combate que se debe librar entre los dos polos de la ética (también cívica) para que de tal mundo el universo sea concebido en términos diversos del que está en vigencia, el habitual, el frecuente, el corriente, el cotidiano. Mediante la intervención potente de la ficción, se persigue de modo obstinado que sea distinto. Sea distinto en todos los  planos. Y Liliana Bodoc en este punto fue muy clara. No lo declamó. No aleccionó mediante un discurso. Lo plasmó en narrativas libertarias. En el plano de los roles de género al que ya me referí.


En el plano de la equidad que corresponde a las etnias (como por ejemplo claramente en El espejo africano), en el plano de clase social y en el plano de los roles de poder según rangos. Entre los poderosos que no tienen escrúpulos, que son arbitrarios, que no admiten réplica ni reproches porque son profundamente autoritarios, Bodoc responde con una ficción de la revuelta. De una revuelta que desde el plano de la representación literaria se proyecta de modo poderoso al orden de lo real sin demasiadas transiciones. Entre lo que el libro propone y la realidad que se aspira a modificar no existe una distancia infranqueable. La mecha de la libertad está encendida porque una vez conocido en el seno de una historia cómo funciona la posibilidad de expresarse y de ser uno mismo difícil resulta admitir que sea prohibido en el orden de lo real.

     La relación entre mundos fabulosos y universo referencial a mí me queda más que claro. Bodoc se sirve de un referente imaginario de fantasía épica pero esa es la transposición más  perfecta  para hablar en  un lenguaje que disfraza a los ojos de poder combates reales con los que los humanos lidiamos todos los días. Con solo abrir un diario uno ya se topa con algunos de los asuntos dramáticos que en un presente indefinido y vigente sus ficciones ponen en escena. La escena puede ser de naturaleza agresiva, violenta, brutal o bien puede tratarse de un imaginario bélico en el marco del cual dos o más bandos pulsean por territorios o por la dominación del gobierno de un bando, de una nación o de un pueblo. Es nada más y nada menos que a lo que venimos asistiendo desde tiempos inmemoriales en nuestro planeta. De modo que, sigo con otra hipótesis, postulando un universo ficcional vinculado a lo atemporal, o lo que está en un futuro fabuloso protagonizado por razas o bandos ahora inexistentes, en un doble movimiento progresivo/regresivo Bodoc de modo insurgente apunta a la Historia. Sus ficciones, de modo perenne, se ponen en contacto con el orden de lo inmemorial pero se proyectan potenciándose hacia un horizonte futuro que ya, como podemos apreciarlo hoy en día, las cosas son y serán igualmente aguerridas.

     La guerra, como dije, no es en Bodoc un ideal que por sí mismo se busca por deseo o  del que se goza. No beneficia a la especie humana como una práctica que ella  promueve. Es la escena en la que se dirimen los principios y los valores, los ideales y las ansias ilimitadas de especular con un mundo que podría, efectivamente, de modo contrario, ser absolutamente pacifista. Como la contracara, la faz indeseable de lo constructivo, Bodoc exhibe esta otra que le resulta épica, es cierto, pero que no le resulta la más deseable como arquetipo para la convivencia entre semejantes.  

     Por otra parte, las narrativas de Bodoc, enojada con las dictaduras militares argentinas, como lo dejó en claro en cada intervención pública, en estas guerras no hacía sino, una vez más situar la narración del combate por la justicia en el teatro de la guerra, que fue en el que se jugó y tuvo lugar según  un referente nítido en  nuestro país. Bodoc había vivido la dictadura, había conocido lo que significaba el silencio y las mordazas, las persecuciones y las tramas del dolor social. ¿Cómo no reconocer en las guerras un principio de vitalidad según el cual una  pulseada connotada axiológicamente de modo positivo o negativo había tenido lugar, estaba teniendo lugar y seguiría teniendo lugar? La presencia de los enfrentamientos militarizados en Bodoc  también deben ser leídos en esa clave. Constituye un cuestionamiento, un reproche que desde la acción concreta se realiza en contra de la hegemonía. En efecto, desde los puntos de vista de una persona disidente la guerra se justifica por el solo principio de sea la antesala cuyas puertas abran sus corredores a la paz.

     Las matrices textuales de Bodoc en la escena de las confrontaciones como un espejo desordenaban un mundo en el que el mal está triunfando pero compensativamente ella no estaba dispuesta a, sojuzgada, admitir sino a afrontar desde quien mediante un acto de rebelión se niega a la sujeción y dice no al poder absolutista.

     De modo que leo, como puede apreciarse, toda la  poética de Liliana Bodoc en primer lugar como un llamado de atención reprensivo contra un avasallamiento inadmisible de la dignidad. En segundo lugar como un llamado a la acción mediante una economía de la revisión de puntos de vista y la insurgencia que modeliza una agencia sin la cual el estado de cosas que está instalado difícil resulta que sea modificado. En tercer lugar, como una economía de la reparación de siglos de dominación continentales no solo americanos que llegaron a ser asesinos al extremo sanguinario de comunidades enteras además de colectivos o minorías de todo tipo.

     En este mapa complejo, entonces, leo la prosa lírica de Bodoc que sin prisas a la vez ruge y no se deja amedrentar por la prepotencia de nada ni nadie. Porque sabe que defiende la libertad, la dignidad y el respeto. Acudiendo de modo elocuente a una imaginación que mediante la perspectiva de la creación innova, amplifica, rompe con la convención instalada de los clichés, los lugres comunes y todo lo que hace que una sociedad se repita pero no progrese en todas sus dimensiones, Bodoc da un paso adelante. En el presente de su escritura que una muerte precoz nos ha arrebatado, la capacidad intacta dinámica del cambio, inmarcesiblemente muestra y demuestra su rango indiscutible, de clásico contemporáneo. Pero daría un paso más allá: es una ficción que siempre abrirá en el tiempo histórico en que sea leída, ayer, hoy o mañana, senderos nuevos. Es esa ficción que de modo impetuoso pero sin prepotencias señala un camino, evita el obstáculo, conduce a la estrategia para que el ideal sea por fin victorioso.



domingo, 25 de octubre de 2020

La Gramática de la Fantasía de Gianni Rodari o la máquina de hacer crisálidas, por Gabi Casalins

 El 23 de octubre se cumplieron cien años del nacimiento de  Gianni Rodari y cuarenta de su muerte. En homenaje a este "Maestro" de la escritura y de literatura para niños, desde El Mono de la Tinta nos asomamos a una obra que lo representa como ninguna: La Gramática de la fantasía.



La Gramática de la Fantasía de Gianni Rodari o la máquina de hacer crisálidas

Por Gabi Casalins







                Este difícil año 2020, que nos encuentra inmersos en una pandemia tan compleja,  se cumplen los cien años del nacimiento del periodista, escritor, maestro y  pedagogo italiano Gianni Rodari y cuarenta de su fallecimiento (Omegna, Piamonte, 23 de octubre de 1920 - Roma, 14 de abril de 1980). Por eso, en tiempos tan difíciles, qué mejor que volver la mirada a una de las obras que, según me parece, explica todo el “fenómeno Rodari”: La Gramática de la Fantasía, introducción al arte de inventar historias.

                La Gramática fue publicada por Einaudi en 1973  y está compuesta  por una serie de anotaciones del escritor compiladas por una de sus ayudantes, quien las pasó a máquina, dando origen así, a la idea de publicarlas como una obra.





                Sin dudas, estos apuntes se forjaron en las escuelas de Reggio Emilia,  en Italia, las cuales siempre acogieron las ideas de Gianni Rodari en cuanto al aprendizaje de la lengua como herramienta creativa para los niños. De hecho,  en el prefacio de la obra, Rodari comenta que, todas aquellas técnicas que él tomara del Surrealismo y utilizara luego en su práctica como maestro e incluso compilara en una libreta personal a la que había llamado “Quaderno di Fantástica”, fueron practicadas por él con los niños de las escuelas de Reggio Emilia en variados encuentros  que dio entre el 6 y el 10 de marzo de 1972, como él mismo señala en dicho prefacio.



                El mismo Rodari considera que estos encuentros fueron para él una gran alegría y le permitieron, no sólo explayarse sobre la generación de una “Fantástica” para el aula, sino, y cito al Prefacio de la Gramática de la Fantasía: “…sobre la forma de comunicar a todos aquellas técnicas y cómo, por ejemplo, convertirlas en un instrumento para la educación lingüística (aunque no sólo eso…) de los niños…”

                 Así pues, la Gramática está dirigida a los padres, a los docentes y creo yo, más ampliamente, a todos los mediadores de escritura o lectura con los que pueda un niño toparse a lo largo su desarrollo personal. Porque es bien cierto que esta obra, este “aparente manual” de técnicas y consignas de escritura, esconde una idea rectora, que va mucho más allá de la consecución de logros en los alumnos en cuanto a un manejo satisfactorio de la lengua escrita. Según lo veo, esta obra ahonda en un concepto que el mismo Rodari plantea en el prefacio cuando dice que, al leer a Novalis, una frase lo hizo reflexionar: “(…) Un día, en los Fragmentos de Novalis (1772-1801) encontré la frase que dice: ‘Si tuviéramos también una Fantástica, como hay una Lógica, se habría descubierto el arte de inventar’. Era muy bello (…)”.

                Entonces, lo que sucede es que, para Rodari, así como la Lógica tiene sus reglas y pautas, la Fantástica puede y debería tenerlas. Y, entonces,  emprende la tarea de la formulación de las mismas - si bien en un principio de manera asistemática-  partiendo de su conocimiento del Surrealismo y su aplicación en el aula y en la propia escritura.

Por eso es que se aboca a sistematizarlas luego de haberlas comprobado en campo: la escuela es para este escritor el lugar ideal para probar una  teoría auto-aplicada: un niño (o, en su caso y el de los escritores surrealistas) adquiere las habilidades lingüísticas para la escritura siempre que éstas aparezcan mostradas en cuanto a juego y a asociación libre.

Rodari parte de esta premisa, la única diferencia entre el camino de la escritura del niño con respecto al del adulto, es que este último ya tiene, se supone, adquirida la lectoescritura, en tanto que el niño está en pleno proceso de dicha adquisición. Por lo demás, el proceso creativo es muy similar.  

Como sabemos el proceso de la lecto-escritura es diferente en cada niño, y, para algunos, puede resultar todo un desafío. Lo maravilloso de este trabajo de Rodari es que propicia la  investigación del niño, al tiempo que desestructura porque propone disparadores de imaginación que hasta su época, rara vez se hacían presentes en las escuelas. La escritura era muy normativizada y había muy poco espacio para el desarrollo de la creatividad.

Así, lo lúdico, hace su entrada triunfal en las escuelas, y con bombos y platillos, Rodari se permite como maestro jugar a la par del niño y observar el proceso creativo de la imaginación así estimulada y las consecuencias que dicho proceso acarrea: una adquisición notoria de habilidades expresivas que se da espontáneamente acompañada por el entorno afectivo conformado por el maestro y  los pares a la escucha del texto construido, lo cual propicia la aceptación de su producción escrita y lo estimula a búsqueda de la mejora y la superación personal. Esto, indudablemente, ayudará a consolidar su autoestima y su capacidad de expresarse.



                Pero hagamos algo de historia personal para iluminar lo antedicho: En mi práctica docente, mi experiencia con la Gramática de la Fantasía se inició en un curso de escritura creativa  que organizara el Colegio Nacional de La Plata, en el cual yo ejercía como docente entre la década del 80 y del 90. En ese curso, se nos presentaron dos herramientas de la escritura creativa: los ejercicios del grupo Grafein, en Buenos Aires y la Gramática de la fantasía.

                Confieso que sí conocía las andanzas de Grafein, por una amiga y colega. Grafein era un grupo coordinado por Mario Tobelem. Yo, que había asistido  a talleres de escritura en mis años de estudiante universitaria y a posteriori, supe allí también de ellos y de sus experimentaciones en el área de la escritura creativa. Pero desconocía a Rodari totalmente. Y confrontarlo por primera vez, debo confesarlo, me generó un impacto interior que aún perdura.  

                Como profesora novel de Lengua y Literatura era inquieta y ávida de experimentar en mis clases lo que sirviera para atraer al aula a la imaginación, esa proscripta del sistema escolar, según yo lo veía entonces. Pero, lo aún que ignoraba era lo que la Gramática de la fantasía y su lectura le harían a mi camino como escritora.

                En esta dualidad que siempre ha conformado mi camino profesional, la escritura y la enseñanza han ido de  la mano, y en eso, la identificación con Rodari fue inmediata. Para colmo de males, su obra estaba dirigida a los niños. Y yo ya coqueteaba con la idea de dedicarme a ellos a nivel literario en ese momento. De hecho había escrito mi primera novela, que nunca edité, pero por la que guardo un amor primogénito.

                Si menciono lo autobiográfico, es sólo para adentrarme al nudo de esta obra y a las consecuencias que ha traído no sólo para los niños, maestros, padres, mediadores, sino para los escritores.

                Porque La Gramática de la Fantasía es sin dudas, y aunque suene a lugar común, “un viaje de ida”.

                Rodari abre la puerta y se despliega un mundo alucinante que puede estar escondido en los cajones de un armario, en un zapato o bien en las ondas concéntricas de una piedra que tiramos al estanque.




           ¿Cómo lo hace? ¿Cómo se realiza este conjuro? Creo, después de muchos años de transitar la gramática de la Fantasía en las aulas o en los talleres de escritura para adultos y adolescentes, que su proceder compositivo está ligado a la estructura de la metáfora: hay un elemento real que se liga o une a otro evocado o irreal. Y, como en cuña, la fusión se realiza por la introducción de lo disparatado, de lo inesperado, de lo prohibido, en conclusión, de todo aquello que pueda generar una activación de esa operación del pensamiento que es la imaginación.

                O sea que lo que se cuece en ese caldero rodariano es, nada más y nada menos, que una receta infalible para abrir mundos, pensar lo impensado, alejarse de los prejuicios de escritura, liberar la pluma y escribir con libertad aunque no sin un sistema que ayude en los primeros pasos.

               Para un escritor, sea o no de Literatura infantil, estos ejercicios de Rodari son fundantes para ejercitar la propia imaginación y para descubrir hasta dónde puede llegar la propia creatividad.

                Ni qué decir de los niños y adolescentes en el aula: cualquier ejercicio de la Gramática de la Fantasía se erige en una fiesta y los alumnos los abrazan con delectación, una vez que se dan cuenta de que han sido invitados a jugar con la lengua.  Me baso para afirmar lo antedicho en lo experiencial, en lo que he vivido en el aula. Siempre recuerdo con cariño un relato de cinco alumnos de secundaria de dieciséis años, todos varones, que escribieron bajo la consigna de Rodari  “Caperucita roja en helicóptero”, una saga completa y picante sobre una Caperucita verde casi devenida super-heroína y sus aventuras libertarias, por no decir libertinas. Habían exorcizado, a través de ese relato, todas las frustraciones y todos los impulsos de su adolescencia encajonada en las pautas escolares y familiares. Fue un relato “sanador” y sin censuras, y ahora que lo pienso, muy adelantado a cuestiones sobre el empoderamiento de las mujeres en la sociedad. Lo único que lamento, es no haberlo conservado.

                Ese es el efecto que Rodari genera: abre la posibilidad de liberar la imaginación, y la creatividad crece y se va gestando como en crisálida. Al cabo de un tiempo, si se ha trabajado con el corazón, sale de la pupa una mariposa increíble que es capaz de expresarse por escrito con fluidez, porque todos los procederes de la escritura están presentes en este juego al que nos invita Gianni Rodari con esta obra.

                Ni qué decir de la maravillosa herramienta en que deviene para cualquier docente de Lengua y Literatura, coordinador de talleres de escritura o para nosotros, los que amamos la escritura y nos dedicamos a ella.

                Desde la resonancia que  una palabra tiene en nuestra mente y corazón cuando es  lanzada  al azar como una piedra en un estanque y todas las asociaciones que conlleva, hasta la fusión de dos vocablos a primera vista incompatibles que nos propone con su “Binomio Fantástico”,  o la utilización de la tergiversación de la historia conocida, como nos propone en “A equivocar historias” , “La fábula al revés” o “Caperucita roja en helicóptero”, todos son procederes de la creatividad que pueden ser utilizados, manipulados en el aula y también en la propia escritura.

                Hago mención especial a una consigna de esta obra que considero fundacional y es “El error creativo”, básicamente porque el error, esa cualidad humana, ha sido proscripto de la escuela y ni qué decir de la vida del hombre. No nos es posible equivocarnos, el error suele ser visto como algo penoso, intransitable o bochornoso. Rodari propone usar el error para crear: “(…) Una vez sugerí a un niño que había escrito-error insólito-“caja” por “casa” que inventara la historia de un hombre que vivía en una caja. Otros niños se lanzaron sobre el tema. Salieron muchas historias: había una vez un hombre que vivía en una caja de muertos, otro era tan pequeño que para dormir le bastaba un cajón de verduras, terminaba en el mercado entre coles y zanahorias, y alguien pretendía comprarlo a tanto el kilo (…)”

                En este sentido, su acierto pedagógico asombra: porque, ¿ qué mejor manera de reparación del error que su utilización creativa? Aquel niño seguramente no confundió nunca más la ortografía de dichas palabras y ciertamente atesoró más que la historia generada, la manera en que su maestro le enseñó a volver sobre sus pasos y mirar su producción con creatividad. Lo señala el mismo Rodari: “(…) Entre otras cosas, reír de los errores es ya una manera de desprenderse de ellos (…)”.

                La Gramática de la fantasía se erige así en una obra generosa y pródiga que al mismo tiempo aporta una plataforma metodológica sistemática y muy didáctica.

             Es una obra de lectura apasionante porque está escrita por un gran artista y el contenido, entones, está traspuesto con gran belleza, plagado de experiencias e historias inolvidables. ¿Quién puede olvidar la historia de la “bistierra” en la que vivimos en dos tierras al mismo tiempo, desdoblados, lo que es derecho en una, es revés en la otra, como si nos miráramos en un espejo sin reconocernos del todo, porque del otro lado tenemos un doble que se nos asemeja? Un simple prefijo, añadido al sustantivo, lo trastorna todo.

                Entrañables historias como la del perro que vive en el armario o las recetas para construir limericks, adivinanzas, falsas adivinanzas o historias tradicionales equivocadas adrede son algunos de los recorridos que Rodari propone.

                Los objetos utilizados como disparadores para la escritura, los títeres, los muñecos y el mismo niño como protagonista, todos estos se convierten en disparadores de escritura par este mago.

                Dirán algunos que todos sus procederes en cuanto a la escritura se basan en terrenos muy conocidos: relatos tradicionales, poemas, rimas , limericks, etc. Sin embargo, la piedra de toque está no en los contenidos sino en el método que utiliza para transponerlos y en su combinatoria creativa.

                Creo que, a partir de esta obra de Rodari, no se podrá decir que el aburrimiento es parte del aprendizaje inexorablemente arduo de la escritura en la  lengua madre. Señoras y señores, maestros, padres y niños, la puerta del alquimista ha sido abierta para todos con infinita generosidad: vea cada uno si se anima a ser crisálida y mariposa luego.