En la biblioteca vive el Mono de la Tinta. Se esconde entre mis libros y acecha mis tinteros. Cuando cree que no lo veo, olisquea mis lapiceras. Se trepa a una pila de libros y, por sobre mi hombro, trata de adivinar qué escribo. Escucho su respiración acompasada, anhelante, mientras lee. Lo sospecho en puntas de pie, haciendo equilibrio, pero, cuando me doy vuelta, siempre desaparece.

Dos cosas le gustan sobremanera: La tinta y las historias.

El otro día, al caer el sol, me acerqué silenciosamente. Me escondí en las sombras, detrás de las cortinas. La noche avanzaba lenta como el río espeso de mis sueños.

Entonces, cuando ya casi se me cerraban los párpados, lo vi: se acercó canturreando una cancioncita pegadiza y destapó todos los tinteros en un bailecito alegre. Después, sentado sobre sus patas sacó una historia del tintero con sus dedos largos.

“Había una vez…”. Y la tinta, sangre del cuento, se deshizo en gotas negras sobre el piso, desmigajándose en mil historias de dragones, de caballeros, de batallas, y en la historia de un mono que bebe tinta, una tinta negra y brillante, como los ojos negros del Mono de la Tinta

Gabi Casalins, septiembre de 2013

martes, 16 de junio de 2020

“Pensar y leer sin pedir permiso: en torno de la literatura infantil” por Adrián Ferrero


En el marco de la 29° Feria del Libro infantil y Juvenil que tuvo lugar en el Pasaje Dardo Rocha de la ciudad de La Plata, Argentina, fuimos convocados por la escritora Rosa Graciela Caretto de SADE La Plata para dar una conferencia sobre  la escritura de la Literatura infantil con nuestro amigo, Adrián Ferrero. Les compartimos hoy, la conferencia de Adrián, luego vendrá la mía. 
Gabi Casalins





“Pensar y leer sin pedir permiso: en torno de la literatura infantil” por Adrián Ferrero




     A lo largo de toda una vida de haber sido lector de literatura infantil, de haberla enseñado en la escuela primaria, de haber escrito y publicado cuentos infantiles, luego de haber trabajado sobre ella en el ámbito académico y ahora de hacerlo a través de colaboraciones con medios de prensa cultural o especializados en esa área, me he encontrado con un fenómeno recurrente. Todas las personas quienes nos hemos abocado a un estudio o cultivo más o menos sistemático de la literatura así llamada infantil nos hallamos frente a un desconcierto: por un lado un gran interés del público infantil por ella, de sus familiares en que la lean, pero de una contundente indiferencia de parte de quienes habitualmente son lectores adultos. A ello sumo una alarmante ausencia o evidentes limitaciones de marcos institucionales no solo académicos, en el contexto de los cuales realizar tareas de investigación o publicación. Igualmente el periodismo cultural no manifiesta la menor voluntad por darla a conocer ni dar a conocer sus novedades.
     Esta circunstancia trae aparejadas repercusiones, algunas graves, y a su vez con una invitación de reflexiones que les propongo transitar hoy en una charla que no aspira sino a sembrar algunas inquietudes más que impartir conocimientos o constituir una clase magistral, que por otra parte no sería capaz de dar ni menos aún estoy interesado en llevar a cabo.
     En primer lugar me gustaría decir que si bien he tenido acceso a la literatura infantil internacional de distinta etapas de la Historia sin embargo mi especialidad es la literatura argentina en un sentido amplio. Y más concretamente la de los siglos XX y XXI. En tal sentido esa especialización condicionará sustantivamente el abordaje que haga en esta charla del tema en varios sentidos. Pero vayamos a los positivos. Me interesa que meditemos en torno de nuestra propia cultura literaria. Que lo hagamos acerca de literatura  o escritura en lengua española y por parte de varones y mujeres que son creadores a quienes nos une una Historia y un patrimonio común, incluyendo este presente histórico por el que nos toca transitar. Quiero decir con esto que mi abordaje no permanecerá ajeno al pasado, al presente ni al futuro de Argentina, esto es, a las coordenadas que nos afectan o han afectado a todas las personas que se hallan aquí presentes. Se trata de autores y autoras que se enfrentan a varios conflictos. Uno de ellos es que a la circunstancia penosa de que su especificidad está altamente subestimada, también son habitantes de un país que subestima a la producción artística en general, degradando a sus creadores porque a sus ojos no constituye su oficio una profesión sino el de dedicarse a meros pasatiempos. Una suerte entonces de subestimación al cubo la que padecen. Esto precariza la situación de los creadores al tiempo que sus condiciones de trabajo y la índole de su imaginación se verá fuertemente condicionada y comprometida por esa circunstancia. Sin hacer distinciones de jerarquías entre ellos, sí me parece importante destacar que en este país ganó en 2012 el Premio HansChristian Andersen, el más importante galardón del mundo entero a la producción infantil y juvenil la autora cordobesa María Teresa Andruetto, una voz que escribe también para otras edades y no solo cultiva el género narrativo. Empiezo por este punto para romper con el lugar común y el estereotipo acerca de que nuestros creadores y creadoras no tienen prestigio mundial o no tienen talento. Otros casos ha habido, como los de Perla Suez o Guillermo Saavedra (que también escriben literatura para adultos), que han ganado la prestigiosa Beca Guggenheim, de NY. Una distinción que supone la presentación de un proyecto de libro para su escritura y con ese dinero solventar el tiempo libre necesario así como el material necesario para realizarlo. Graciela Montes obtuvo en 2018 el Premio SM Iberoamericano de literatura infantil y juvenil en México después de haberse retirado de actividad y antes aún había ganado junto con la también escritora infantil Ema Wolf, por un libro en coautoría para adultos, el Premio Internacional Alfaguara de Novela de España. Estos sumarios datos, entre otros muchos premiados y becados que no citaré para no hacer de esta charla un tedioso inventario, dan cuenta de una tendencia clara. La profesionalización de estos creadores y creadoras. Pero estamos ante autores una trayectoria y de poéticas de una complejidad realmente insoslayables en el mundo. Imaginarse pueden en el campo intelectual argentino: directamente figuras indispensables.

     Por una razón de naturaleza de ética profesional no puedo omitir un reconocimiento que corresponde a las escritoras María Elena Walsh, una revolucionaria, una transgresora (no solo en el terreno de la literatura así llamada infantil) y una visionaria gracias a quien la literatura así llamada infantil argentina dio un vuelco. De las pedagogías que le habían precedido logró conquistar con su prolífica producción que abarcó también canciones, obras de teatro, espectáculos y films un giro sin precedentes en este campo. Liliana Bodoc, una de las pérdidas más lamentadas en la Historia de la literatura argentina de todos los tiempos, acontecida en 2018, deja un corpus de deslumbrante brillo de naturaleza francamente sobresaliente. Y evocarla como merece, como ese ser humano humilde y extraordinario que fue. Que impartió una lección ejemplar de lo que debía ser una persona consagrada a la invención literaria: bondad, belleza, integridad, congruencia total y completa entre lo que se piensa, lo se escribe y lo que se actúa. Aquí me detengo en lo relativo a nombres propios. Pero vamos a las cosas.
     El punto que a mí me viene desvelando desde hace ya muchos años de estudio es el de la detección de por qué la así llamada literatura infantil resulta ser un tipo de  discurso tan subestimado por la comunidad lectora adulta que directamente omite o desconoce su corpus así como pone a un lado a sus autores y autoras. La pregunta es entonces ¿por qué? ¿qué no tiene o qué tiene la literatura infantil que hace que se la aparte o se la sustraiga a la hora de la consideración de ese corpus nacional?
     Ustedes saben que de lo que he leído de los griegos sobre todo en la Universidad y antes en el Colegio Nacional “Rafael Hernández” de la UNLP he aprendido que es muy escaso lo que sabemos y poco llegaremos a saber al irnos a la tumba tanto acerca de la vida como acerca del conocimiento. De modo que no esperen de mí una respuesta infalible. Mencionaré sí algunas hipótesis que vienen a mi mente como posibles argumentos que puedan llegar supuestamente a comprender pero no a justificar semejante disparate. Porque ante todo esta situación tan arbitraria me resulta precisamente eso, injusta, además de denotar una gran ignorancia acerca del corpus de la así llamada literatura infantil por parte de buena parte de quienes son personas lectoras.
     Yo sistemáticamente me he resistido a aceptar esta distinción y acudo al modo en que se refería a ella el gran teatrista argentino consagrado a este campo artístico ya fallecido, un grande, Hugo Midón: la “literatura apta para todo público”. En efecto, no considero que exista una literatura infantil sino una literatura a secas. Existe un cierto campo o corpus literario que por sus características comunicativas tiende a ser accesible a todas las edades. Pero toda historia para adultos fácilmente puede devenir historia para público infantil si adopta la forma comunicativa oportuna. Y para eso no hacen falta demasiados esfuerzos: sí sentido del respeto hacia la infancia y conocimiento de su espíritu, además de ciertas mediaciones. Si bien sabemos que un cambio radical ha tenido lugar en los últimos años debido a impetuosas modificaciones en la socialización y en la tecnología que se proyectó de inmediato a la esfera de lo privado.   
      Porque hay un punto incuestionable. Es cierto que hay determinados rasgos propios de la así llamada literatura para adultos que al público infantil lo harían bostezar o ni siquiera abrir ciertos libros. Pero con un adulto al lado, con ciertas acotaciones, aclaraciones, o bien una buena oralización o transposición de esa historia a un lenguaje comunicativo oportuno que a un público infantil cognitivamente le resulte accesible, la cuestión se soluciona de inmediato. Esta es mi premisa entonces. La literatura infantil no existe como especie esencializada. Existe la literatura ilimitadamente que requiere, en determinadas circunstancias, de la intervención y el seguimiento, la compañía y la contigüidad de familiares y docentes.


    
Pero regreso al por qué. Mi hipótesis, que ya he expuesto y publicado en un artículo, es que hay una mirada del adulto de recelo hacia la literatura así llamada infantil con motivo de que si lee ese campo de la producción literaria esa práctica de inmediato lo volvería o pueril, o lo desautorizaría frente a sus pares o bien directamente experimenta la idea inconcebible de que haría una regresión automática de carácter denigrante de su condición de adulto a la de niño o niña. Algunas personas, como a mí, nos resulta un ejercicio apasionante que así sea porque nos conectamos con la posibilidad de tener acceso al universo infantil no como una involución sino como una riqueza irreemplazable. Volver a una edad en la que el juego, el desparpajo, el absurdo, la falta más completa de tabúes, de prejuicios, de límites a la imaginación creativa, de preconceptos y la llegada, a cambio, de un universo de una libertad subjetiva total y vital, es definitivamente cautivante así como fascinante.  ¿Es una regresión o es el mejor regalo que nos podemos hacer y hasta permitir volver a jugar y a hacer las cosas sin pedir permisos? Hay en la literatura infantil una ausencia de límites y de subversión de las normas impuestas por la sociedad a los sujetos de cultura que la posibilidad de transitar por esas producciones literarias nos restituye. En efecto, la literatura infantil es el reino del infinito. Toda la literatura lo es a decir verdad y probablemente todo el arte lo sea. Porque nos permite franquear cualquier clase de circunscripciones o fronteras. Podemos desde ser perros hasta caminar con las manos o bien ser una roca que habla.  Podemos vivir en una familia de vampiros siendo un vampiro más o bien habitar el vientre de una ballena. En fin, no prosigo pero creo que ustedes entienden perfectamente adónde quiero llegar. Y esto que sucede en toda la literatura, en la literatura apta para todo público se potencia más aún por varios motivos. Conviene avivar la atención del público lector para que no abandone el libro. No hay recursos ni procedimientos prohibidos (dentro del orden de lo respetuoso). Y podemos jugar y dar rienda suelta a la imaginación del modo más salvaje. Es por eso, no me caben dudas, que Graciela Montes llamó a cierto lenguaje literario, “la frontera indómita”. Es ese territorio opuesto a aquel en el que nos movemos en la vida cotidiana. Lleno de tabúes, prohibiciones, límites, solemnidad, hipocresía, violencia, malos tratos, falsas apariencias, protocolos, muchas mentiras y convengamos que bastante burocracia. Cosas que han sido una construcción cultural de carácter aberrante, porque ha hecho de la cultura una fuente de sufrimiento hasta límites intolerables, un verdadero infierno y desdicha, en primer lugar para los niños y niñas, que son las personas más vulnerables.
     También hay un punto que adolece de la más completa desinformación. Y es que la literatura infantil carece de excelencia y que nada nuevo ni nada innovador puede esperarse de ella. Y eso no es cierto. La hay que es de una radical originalidad y ha introducido innovaciones de carácter sin precedentes en el corpus nacional. Se trata de poéticas que de hecho los estudiosos de la literatura y otros escritores incluso, no se suelen tomar en serio en la mayoría de los casos. Los estudios académicos sobre literatura apta para todo público son de tradición relativamente recientes y llega aquí el otro gran problema que advierto y que me resulta una verdadera calamidad. En efecto, se produce un ghetto en el cual se habla de la LIJ (Literatura Infantil y Juvenil), poniéndosela aparte, confinándola a secciones en librerías, espacios culturales, actividades, premios específicos, Ferias nacionales e internacionales, concursos, congresos, jornadas y simposios, charlas, editoriales o colecciones específicas. Circunstancia que me resulta totalmente nociva para pensar cualquier manifestación del arte en general y de la literatura en particular. Como si no pudiéramos mezclar, por ejemplo, la producción así llamada infantil de Silvina Ocampo o Sara Gallardo, por ejemplo, otras dos precursoras, con el resto de su producción para el así llamado público adulto. Este ghetto se traduce en ciertas prácticas sociales, rituales, tradiciones que se han codificado y están a la vista. Pero, sobre todo, introduce uno de los peores males de la así llamada literatura infantil y juvenil: su exclusión, su marginalidad y la imposibilidad que sería deseable de poder circular junto al resto de los discursos literarios en el corpus inclusivo de la literatura argentina.
      Y no nos justifiquemos diciendo, nuevamente pongo el acento en este punto, en ausencia de jerarquía o excelencia ni en sus creadores y creadoras, ni en sus investigadores ni en sus estudiosos ni en sus divulgadores. Se trata de un lastimoso círculo vicioso, una trampa cultural, más precisamente, de la cual no se saldrá hasta tanto no se cobre consciencia del nivel de jerarquía incuestionable de nuestros autores de literatura apta  para todo público, de la valentía que han tenido en tiempos oscuros de este país. Y se los comience a invitar a las mismas mesas redondas que a los autores así llamados para adultos como lo que son: sus colegas. De que la literatura es el campo en el que los límites, precisamente, están llamados a ser borrosos, difusos, indómitos, peligrosos, salvajes, indetenibles, subversivos, radicales, transgresores y que todo eso lo tiene la literatura así llamada infantil en grado a mi juicio incluso mayor (me hago responsable de esta afirmación) que la literatura así llamada para adultos.  Es más exigente porque requiere capturar atenciones fugaces y dispersas, porque si los niños tienen una virtud por sobre todas las cosas es su más completa y absoluta sinceridad en todo lo que hacen, dicen y piensan. Y porque hasta se animarán, en cuanto nos descuidemos, a agarrar un libro del mismísimo Jorge Luis Borges y ponérselo a leer.  Sin pedir el menor tipo de permiso. Muchas gracias.


lunes, 15 de junio de 2020

Las Bebetecas



Duérmete niño, niño
Que viene el coco
Y se lleva a los niños
Que duermen poco.
La gestación de la palabra
El poeta chileno Pablo Neruda, nos recuerda una y otra vea “todo está en la palabra”. Cuánto más si vamos a hablar de esa primera infancia y la relación con los libros. Alguna voz podría amonestarnos diciendo:  ¿primera infancia y libros?...  ¡Pero si es que los bebés no saben leer!.
Hoy en día somos conscientes de la importancia del  encuentro entre el libro y el lector. Y ya no importa si quien se asoma a la lectura es un niño, joven o adulto. Pero hasta hace no mucho tiempo,  pensar en que ese lector podía ser un bebé  era una idea absolutamente fuera de  lo que se puede denominar “sentido común”.
Según distintas investigaciones el término “bebeteca” fue incorporado al vocabulario del mundo de los libros y mediadores de lectura en 1987 a través de la voz de Georges Curie. Término que se hizo oír en la  5ta. Conferencia Europea de Lectura por medio de Mercé  Escardó i Bais, fundadora y directora de Can Butjosa  (Biblioteca Infantil y Juvenil) de Parets del Vallès y de la primera Bebeteca en 1990: Hay tanto que no sabemos el sutil y profundo misterio que se esconde detrás de cada palabra, de cada gesto, de cada silencio[1][i]
Y aquí estamos comenzando tejer palabras como cuentos, nanas, bebes, padres, madres, mediadores y libros, en un espacio “extraterritorial” en un tiempo detenido: el momento en el que el lector se encuentra con la historia. 
Yolanda Reyes en La biblioteca para los que no saben leer: acceso a libros y lecturas en la primera infancia[2], cuenta sus primeras experiencias en torno a generar un lugar que posibilitara el encuentro entre la literatura y los niños. Espantapájaros es su gran creación en Colombia: un lugar que dio lugar a un encuentro singular: los bebes, los libros y los mediadores de lectura.

La mamá Calamar


Otro poema recitado por una de nuestras pequeñas colaboradoras, Adriana. Un juego con la A.
La mamá 
calamar 
Al mar va,
¡caramba!
¿a andar?
¡Ja! ¡Jamás!
¡A nadar!
¿A Madagascar?
¡Ja! ¡Jamás!
A la playa
¡nada más!

TicToc


Con la voz de Adriana, un poema divertido, un juego de palabras para los más pequeños:

Mi vecino el señor Plot
Tenía un enorme reloj
Que, siempre, hacía tictoc

Tan fuertemente sonaba
Que a todos les molestaba
El sonido por la mañana

“¡Los relojes hacen tictac!”
Dijo la señora del Dos A
“Este reloj funciona fatal”

Pero siguió con su tictoc
El molestísimo reloj
Que tenía el señor Plot

viernes, 12 de junio de 2020

Manuelita ¿dónde vas?


         En un patio, no sé sabe muy bien si de Pehuajó o no, empezó todouna escoba sucia y arrumbada en un rincón, la pobrecita cabeza abajo tiene que librar, junto con un trapo del piso más sucio aún que ella, una terrible batalla contra unos ladrones que querían aprovecharse de la salida de los dueños de la casa. Por supuesto la escoba y el trapo salen vencedores y como premio, una es usada para lo que le corresponde, y el otro es lavado y puesto a secar.
A todo esto, allí, bajo la sombrita de una planta, se despierta, algo molesta por tanto jaleo, una tortuguita a la que muy poca gente no conoce ya, es, ni más ni menos, que Manuelita, la tortuga más famosa, al menos, en el área de habla española (y de otras lenguas, también).
Manuelita no soporta más aquel patio y aquel aburrimiento, para ella, todo eso es muy pequeño, ella necesita el mundo para vivir, porque Manuelita es una tortuga de mundo.
Y ni corta ni perezosa se lanza al viaje, se ha de topar con gente agradable y gente no tan agradable, qué decir de ese barco donde viaja, todo cargadito de pis de gato siamés para fabricar la famosísima colonia de bebés Puf. Es tanto el olor, que la pobrecita prefiere el incierto mar, y va a dar a parar a una isla chiquita, chiquita, con un obelisco en el centro y con un único habitante: un pingüino llorón, bastante despistado y algo huraño que quedó ahí, mientras que su familia lo busca. Y llega la familia, la gran familia pingüinil, haciendo tanto ruido, que Manuelita, una tortuga bastante pacífica y que no gusta de tanto barullo, opta por desaparecer.
Y son tantas las aventuras que corre, que repetirlas se nos haría bastante largo, pero vamos a destacar algunas, por ejemplo aquella vez en Mar del Plata que un duende con el pelo colorido y algo travieso, Nifúnifá, la ayuda a pasar una transitadísima avenida, pero la transporta por los aires ¡menos mal que la gente no suele ir caminando mirando hacia el cielo!
En Madrid, Manuelita conocerá a otro duende, en el mismísimo Museo del Prado, es Mozartín, un duende cabal y responsable, hasta que conoció a Nifúnifá, que le pasó parte de su travieso carácter. En el mismo museo, Manuelita entabla amistosa conversación con una de las infantas de las Meninas, una chica algo aburrida, con apuros para caminar con ese volumen de falda que lleva y que no ve ni conoce mucho más allá de lo que pasa en su cuadro.
En Suiza, son unos instrumentos musicales que están enfermitos los que tienen el honor de conocer a Manuelita, que hace labores de voluntaria de la Cruz Roja. Luego, tendrá oportunidad de oír un concierto maravilloso dado por los instrumentos, una vez sanados.
Manuelita había conocido también, en pleno Polo Sur, a otro conocido por todos: Frankestein, que buscaba esposa y que acaba con todo su enorme cuerpo en el piso.
¿Y aquel yacaré colectivo del río Paraná que se comió a dos gamberros que no dejaban a bicho vivo? Al pobre lo tienen que llevar a un centro de curación de yacarés en plena selva amazónica, porque no se podía mantener de la indigestión.
Irlanda, México, el lago Titicaca, su Pehuajó natal, la India, Japón son otros de los lugares por donde pasa Manuelita en su periplo. En Japón, una visita nos deja algo perplejos, cuando descubrimos que Manuelita lleva en su caparazón una microcámara que ha grabado todos su movimientos y que ella misma forma parte de una investigación importantísima, de la que no se va a saber mucho más tampoco, porque además de importantísima es secretísima.
Esta Manuelita no queda solo en un libro, Manuelita tiene una canción que quizás la haya hecho más famosa que el libro, y por la que sabemos que Manuelita había nacido en Pehuajó, en plena provincia de Buenos Aires, y que se había enamorado de un tortugo y que se había ido a París, nadie sabía muy bien por qué.
Algunos hasta habrán visto sus experiencias parisinas en la película La Tortuga Manuelita, cómo consigue ser modelo de alta costura y ante el descubrimiento de que la engañan, vuelve a su tierra (la película está basada en el personaje creado por María Elena Walsh, pero el libro y los dibujos son de la factoría de Manuel García Ferré).
Pero, la autora del libro, de la canción, la madre de Manuelita es, como ya hemos comentado María Elena Walsh y merece que nos detengamos un poco en su trayectoria como escritora.

jueves, 11 de junio de 2020

Agu Trot de Roald Dahl, ¿una historia de amor de nuestros tiempos?


  Agu Trot de Roald Dahl, ¿una historia de amor de nuestros tiempos? por Gabi Casalins



           Agu  Trot es la última novela de Roald Dahl. Fue editada por Puffins Books y se publicó en 1990. Iustrada por Quentin Blake, su publicación sobrevino justo en el año del fallecimiento del escritor.
A propósito de Quentin Blake,  ésta es una de sus novelas  favoritas, y en 2013, según detalla el sitio oficial del escritor, el ilustrador presentó una versión en audio narrada por él mismo.


Existe también un film de 2014 para la televisión de la BBC que se llama “Esio Trot”, con Dustin Hoffman y Julie Dench como reparto.
Entrando en materia, podría decirse que Agu Trot es una historia de amor, y no nos equivocaríamos. Ahondaremos en este aspecto más adelante. 
Sin embargo, como en toda novela de Dahl, ese es sólo el fragmento de hielo que sobresale del océano, mientras que “la magia” permanece sumergida para los lectores agudos. Rolad Dahl es un escritor “iceberg”, sin duda.
Fiel a su impulso lúdico, el escritor comienza  con el juego  desde el título, que no es otra cosa que la palabra “tortuga” escrita al revés. En el original en inglés, el juego propuesto es doble: la novela se llama “Esio Trot”, si leemos al revés la palabra que se nos aparece es “Tortoise”, que en dicha lengua define a la tortuga terrestre y no a la acuática, a la que se  denomina “turtle”. Doble juego en la lengua madre que nos hace adivinar desde el mero título, de qué tipo de animal se hablará y se le suma a esto la dificultad del juego lingüístico de la escritura al revés. Perdemos esta instancia en la traducción, pero la historia no deja de ser cautivante por eso, es más, creo que hoy cobra aún más vigencia por algunas cuestiones del paradigma de la relación amorosa entre el hombre y la mujer que han cambiado y mucho, en este siglo veintiuno que estamos transitando. Luego nos ocuparemos de ellas.
Al parecer, y según cuenta el mismo Roald Dahl en una conferencia ofrecida  en la Wright University en Ohio en 1978, la historia le sobrevino en una visita que realizara al departamento de una de sus hijas que vivía en Londres. Desde aquel balcón, podía observar, en el piso inferior, el balcón de una vecina que tenía como mascota a una tortuga terrestre. Esto motivó su frondosa imaginación e hizo nacer esta historia de amor. El fragmento completo de la conferencia está, junto con otros valiosos documentos y borradores de puño y letra del escritor, en el sitio oficial al que con anterioridad nos refiriéramos.
De dicha conferencia extraemos y traducimos una perla que da cuenta del proceso de la escritura de Roald Dahl en esta novela, pero que es aplicable a su narrativa completa y que habla de un hecho biográfico, cuándo apareció en su vida la escritura y de sus disparadores para la misma, el absurdo y la comicidad, cito:
(…) What is interesting about writing is that, unlike wainting or composing music, one nearly always comes to it latish in life, usually in the late twenties or thirties.
Now the only point in telling you this little story is to try to illustrate how the mind of a writer of fantasy works. It is eager all the time to embrace what is absurd and far-fetched and above all what is comic(…)".
(Traducción: “Lo interesante de la escritura es que, a diferencia de escribir o componer música, a la 
misma  casi siempre se llega algo tarde en la vida, generalmente cuando uno tiene entre veinte o treinta años.
Ahora, el único punto para contarles esta pequeña historia es tratar de ilustrar cómo funciona la mente de un escritor de fantasía. Está ansioso todo el tiempo por aceptar lo que es absurdo y descabellado y, sobre todo, lo que es cómico. ")

martes, 9 de junio de 2020

El cuentero nace, el narrador oral o cuentacuentos se hace


Se define Claudio Ledesma en su facebook como Contador profesional de historias, Cuentacuentos, Narrador Oral, Chamán Moderno y Juglar Contemporáneo.
 Representó a la Argentina en los Festivales Internacionales de Cuentacuentos de Bolivia, Cuba, Colombia, Chile, España, México, Perú y Uruguay. Es Director del Festival Internacional de Cuentacuentos “Palabra Mía” y “Cuenta Habana”. Narrador contratado por la Dirección General del Libro y Bibliotecas de la Ciudad de Buenos Aires.
Recibió en Cuba los premios "ContArte 2011" “El Cochero Azul 2014” y “Jesús del Monte 2018” por su trayectoria y difusión de la narración oral. Premios “Precursor 2015”, “Hacedor 2015”, “Pregonero 2011” y “Pregonero 2013” otorgado por la Fundación El Libro de Buenos Aires.
Ha publicado “Olga y los pájaros”, primer libro de la colección “Libros blancos, para imaginar e ilustrar”, el libro de teoría de narración oral “El arte de contar cuentos” y “Lo bueno y breve, dos veces bueno”, microficción y narración oral, todos con Sherezade Editora.
Recientemente recibió el Premio ATVC, por mejor programa de interés cultural por el programa “Cuentacuentos” que se emite por Canal 2 de Villa Gesell.
 El artículo que a continuación podemos leer pertenece a la primera clase del Postítulo Diplomatura Superior en Narración Oral Escénica (a Distancia) que en la actualidad se desarrolla en el Instituto de Educación Superior Rodolfo Walsh del Chaco.



El cuentero nace, el narrador oral o cuentacuentos se hace.

En resumen, diremos que la narración oral es un medio de expresión, el cual se manifiesta con “belleza” y “arte” (es decir con su propia técnica), en un instante único de creencia en la fantasía o realidad. Es una forma de comunicación que se nutre de la ficción, sin otro apoyo que la palabra, los gestos y los movimientos. El oyente forma con el narrador la otra parte de una unidad, pues él debe recrear en su imaginación el relato que le cuentan, con su propia historia, esto crea un estrecho vínculo que genera placer y se retroalimenta produciendo emociones y sentimientos.

Se logra con concentración, mirando directamente a los ojos, rompiendo esa cuarta pared que propone Konstantín Stanislavski[1] y compartiendo la historia.

En el teatro el actor muestra, en la narración oral se comparten imaginarios.

El texto no se estudia de memoria, es el cuento recreado en la imaginación del narrador y oyente, que permite improvisar, realizar comentarios y establecer un vínculo directo de comunicación.

Hay que diferenciar la técnica del narrador oral o cuentacuentos, del cuentero.

El narrador oral adquiere la técnica por haberla aprendido en forma expresa y por su propia voluntad y decisión.

Los cuenteros son los narradores espontáneos, que cuentan de forma intuitiva, muchas veces los cuenteros no saben leer o escribir, por lo tanto, su fuente no serán cuentos literarios, serán sucedidos, anécdotas, historias familiares, de aparecidos o leyendas.

El cuentero nunca elige ser cuentero, son los otros los que le dan ese espacio, ese lugar.

Piensen en su familia, en alguna tía, tío, abuela o abuelo, que en las reuniones familiares le decían, que lo cuente él o ella porque lo sabe contar.

Los otros son los que convalidan el espacio del cuentero, los que lo legitiman, él nunca decide ser cuentero. Lo hace en forma natural, espontánea y muy efectiva. Es un don innato.

El cuentero nace, el narrador oral, se hace.

A continuación, un párrafo de M. E. Maxwel, describe en su artículo “Seri rama, un cuento de hadas contado por un cuentero malayo” tomado del libro de Ana Padovani, “Contar Cuentos”, de editorial Paidos.

“Sentado en el salón de un Rajá o un jefe, el narrador de historias que probablemente es un hombre que no sabe leer ni escribir, empieza uno de los romances que forman parte de su repertorio, entonando las palabras como si estuviera leyendo un libro en voz alta. Posiblemente se ha colocado adrede, cerca de la puerta que lleva al apartamento de las mujeres y las risas o los aplausos del público masculino allá afuera resuenan detrás de las cortinas donde las mujeres de la casa estarán siguiendo la narración con gran interés. La narración continúa, tal vez, hasta bien alcanzada la noche cuando es interrumpida hasta la noche siguiente. El narrador no olvida nada, ha estado contando sus historias desde joven y heredó sus romances de su padre o de los antepasados que lo habían contado a los antepasados del público actual. Una pequeña recompensa, una bienvenida cálida y una buena cena esperan al narrador malayo donde sea que venga o vaya, caminando entre los pueblos, como Homero lo hacía entre las villas griegas”.

[1] Konstantín Stanislavski (en en ruso Константин Станиславский) (Moscú, 5 de enero de 1863 - ibidem 1938) fue un actor, director escénico y pedagogo teatral ruso, creador del método interpretativo Stanislavski y cofundador del Teatro del Arte de Moscú.

lunes, 8 de junio de 2020

“Rebelión en la granja: Los Cretinos de Roald Dahl” por Adrián Ferrero

Adrián Ferrero nos deleita con este artículo sobre una de nuestras novelas favoritas de Roald Dahl, y así, da el puntapié inicial a una serie de artículos y reseñas sobre la obra de este autor que le seguirán.


“Rebelión en la granja: Los Cretinos de Roald Dahl
por Adrián Ferrero

     Cuando un novelista se propone dar cuenta del universo de la ética para el público infantil, puede seguir dos caminos. El simplista: contar parábolas, con una suerte de trama aleccionadora. Sabemos a qué encerronas estéticas ha conducido a la literatura infantil ese proceder. O bien, un camino mucho más creativo, además de mucho más divertido: poner en escena un mundo ficcional habitado por personajes que encarnan esos valores éticos e interactúan de un modo que no es pacífico, pero tampoco necesariamente es dramático. Sí es conveniente que existan conflictos. Y si son más de uno mejor aún. En efecto, Roald Dahl acude de modo elocuente al humor (en ocasiones al humor negro), la ironía, la hipérbole como figura retórica que rige buena parte de la economía narrativa de esta historia, una trama cautivante y un clima que tampoco resulta apacible. Menos aún el punto de vista constructivo de la obra es simplista. Porque comienza narrando la pulseada entre el señor y la señora Cretino para luego desplazarse hacia personajes aparentemente (y solo aparentemente) secundarios, como si el propio narrador se hubiera cansado de los avatares de esta dupla de adversarios que comparten dormitorio.  
     No se trata aquí de buenos contra malos. Se trata de dos personas que supuestamente deberían amarse, como toda pareja que se elige para convivir como un matrimonio, en teoría, y sin embargo hay aquí permanentes trampas o trucos maliciosos que se realizan el uno contra el otro vengativamente. Veremos cómo este rasgo luego analógicamente se trasladará a otro grupo de personajes, animales para el caso, cuyos atributos sin embargo están notablemente humanizados.
     Lo cierto es que uno y otro recíprocamente urden maldades. Para perjudicarse, no exactamente para terminar con sus vidas. Pero sí perturbarlas. Enrarecerlas. Producirle un malestar a su compañero. Por supuesto que el autor maneja perfectamente esta circunstancia con el humor, el disparate y la ocurrencia. Con el ingenio y la gracia. Lo hace también con la sabiduría que confiere el conocimiento de la psicología infantil. Me refiero a qué puede y qué no puede entender y tolerar un niño de diez años en adelante. No serán maldades siniestras. Serán jugarretas. Trampas. Malicias que van en un in crescendo porque en la medida en que uno hace caer en la trampa al otro, pero es descubierto, la represalia no se hace esperar. Y la respuesta suele agravarse para hasta ser peor que la anterior acción padecida.
     El matrimonio Cretino desde su mismo apellido como un destino lleva encima la definición de una ética, que comparte. Lo que ellos ignoran, es que esas mismas faltas terminarán por volvérseles en contra, desbaratando todos sus complots. De hecho se trata de personas sumamente insatisfechas con sus destinos. Seres indeseables, que o bien se dejan crecer la barba hasta límites exagerados y no se higienizan (buena lección para niños en etapa de crecimiento pero también buena treta para hacerlos reír) hasta denotar una fealdad producto de la propia maldad. Porque tal como lo afirma el narrador de la novela, la señora Cretino no había nacido fea por genética. Sus maldades la habían afeado hasta límites insospechados. Y como afirma el narrador: a las personas que tienen virtudes, aunque no sean estéticamente dotadas de belleza, difícilmente uno pueda atribuirles o detenerse en defectos físicos. Pero este matrimonio es literalmente horripilante. Por dentro y por fuera.
     Roald Dahl demuestra, en un gesto noble, que la mirada que echamos sobre las personas es directamente proporcional a su integridad pero no a su fisonomía. O así debería serlo. Hay personas que pueden no ser agraciadas pero sí poseer una serie de dones que les otorgan un brillo aurático cuando las miramos. Tal vez, porque también inspiran respeto. Tal vez porque el respeto es una forma de la hermosura. Estimo que Roald Dahl debe de haber sido una de tales personas, porque el 10% del precio de la venta de sus libros es donado a las fundaciones benéficas Roald Dahl, que realizan desde tareas vinculadas a la salud hasta la alfabetización de niños con necesidades. De modo que ya desde antes de abrir el libro, en su contratapa, nos encontramos con un autor coherente. 
     Pero regresemos a su argumento. Decíamos que había una serie de maldades recíprocas que se propinaban el uno al otro como represalias. Día a día iban en aumento. Desde introducir una rana de una laguna en la cama de la señora Cretino.  Ella cocinar gusanos para su marido entre los spaguetthi. Él aumentar el tamaño de su bastón cada noche y también el de la silla en la que se sienta para hacerle experimentar que ha contraído la  enfermedad del encogimiento.
     El señor y la señora Cretino, entonces, no se aman. Esta es la primera gran lección de Roald Dahl. O lo hacen de un modo que difícil cuesta entenderlo. Hay gente que convive, que se casa, pero no se ama. Este punto es fundamental en la educación de un niño. Porque rompe con los arquetipos de los cuentos de hadas en los que los príncipes adoran a las princesas y viceversa. Y rompe con los estereotipos respecto de los que cierta sociedad aspira a instalar desde las costumbres conservadoras. En especial en un país como Inglaterra. Estamos simplemente ante un hombre y una mujer mayores que conviven pero no se aman. Fruto de la costumbre, de la rutina, de una sensación de circularidad paralizante, de continuidad que los hace seguir el uno junto al otro, el señor y la señora Cretino prefieren hacerse maldades a divorciarse o, al menos, dejar de convivir. Este punto es crucial en la poética de Dahl. Pinta a la perfección la crisis del matrimonio occidental desde la literatura infantil, en particular del de clase media, que o bien por hipocresía al que o bien por costumbre o bien por conveniencia, no se está dispuesto a renunciar. Pese a que la convivencia sea un infierno. A esta pareja le resulta más cómodo proseguir unida, eligiendo maltratase. Y hacer planes para que esos maltratos sean cada vez peores. Disfrutan de ver sufrir al otro. Es más: parecieran experimentar un cierto placer, un cierto goce en mortificar a su compañero o compañera en la dinámica tan singular que los reúne.