En la biblioteca vive el Mono de la Tinta. Se esconde entre mis libros y acecha mis tinteros. Cuando cree que no lo veo, olisquea mis lapiceras. Se trepa a una pila de libros y, por sobre mi hombro, trata de adivinar qué escribo. Escucho su respiración acompasada, anhelante, mientras lee. Lo sospecho en puntas de pie, haciendo equilibrio, pero, cuando me doy vuelta, siempre desaparece.
Dos cosas le gustan sobremanera: La tinta y las historias.
El otro día, al caer el sol, me acerqué silenciosamente. Me escondí en las sombras, detrás de las cortinas. La noche avanzaba lenta como el río espeso de mis sueños.
Entonces, cuando ya casi se me cerraban los párpados, lo vi: se acercó canturreando una cancioncita pegadiza y destapó todos los tinteros en un bailecito alegre. Después, sentado sobre sus patas sacó una historia del tintero con sus dedos largos.
“Había una vez…”. Y la tinta, sangre del cuento, se deshizo en gotas negras sobre el piso, desmigajándose en mil historias de dragones, de caballeros, de batallas, y en la historia de un mono que bebe tinta, una tinta negra y brillante, como los ojos negros del Mono de la Tinta…
Gabi Casalins, septiembre de 2013
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lunes, 14 de junio de 2021
Quiere bailar
Les ofrecemos una historia de elecciones. Uno de nuestros jóvenes colaboradores nos trae este stop motion lleno de belleza que nos hace reflexionar.
sábado, 27 de marzo de 2021
Girafa, por Adrián Ferrero
Adrián Ferrero nos cuenta hoy la historia de una jirafa llamada "Girafa". ¿El nombre de este animal, se escribe con "j" o con "g"? Si lo quieren descubrir, no tienen más que trepar por el largo cuello de este cuento y escuchar lo que tiene por decir.
Girafa
Por Adrián Ferrero
Ilustra: Gabi Casalins
Era larga por donde la miraran, salvo la
cola, que era cortita como una lagartija.
Era a manchas marrones y blancas y tenía
un cuello tan largo que uno se podía trepar por él y después bajar como por un tobogán.
Pues eso fue lo que hizo Pericles cierta
tarde. Él vivía en Nairobi, donde su padre era embajador de Argentina
porque integraba el servicio
diplomático. Se trepó a la jirafa y se deslizó hasta su lomo. Luego quedó
trepado, la montó, le puso un lacito en el cogote y anduvo un buen rato por la
sabana.
Lo cierto es que Pericles descubrió otra
cosa. Mucho más desopilante. Ustedes se preguntarán dos cosas ¿qué quiere decir
la palabra “desopilante”? Y también se
preguntarán qué fue lo otro que descubrió Pericles. Lo que descubrió Pericles
fue que la jirafa giraba el cuello y podía mirarlo a la cara estando él
sentado. Sentado o montado, como prefieran llamarlo. Y la palabra “desopilante”
búsquenla en el diccionario.
Dado que esta era una jirafa sin nombre
(al menos que él lo supiera) se le ocurrió ponerle uno. ¿Y saben cuál se le
ocurrió? “Girafa”. “Girafa de aquí”. “Girafa de allá”. Lo cierto es que la
jirafa Girafa lo que no hacía era hablar, pero sí podía rotar su cuello 360
grados.
¿Para
qué sirve semejante tontería? Se preguntarán ustedes con toda la razón del
mundo. Pero Girafa la usaba para algo
FUNDAMENTAL. La usaba para mirarse en el
agua, porque era muy coqueta y vanidosa. Y aprovechaba para enterarse de ese
modo si la nuca estaba limpia o sucia, sucia o limpia. Era su espejo.
Pericles
se hizo muy amigo de Girafa. Tan, tan amigos que salía a trotar por la sabana,
se metían por entre los bañados, Girafa saludaba con la pezuña a los ñus pero
ni bien sentía el olor de los chitas o de los leones salían disparando para la
manada.
Lo más difícil de todo para Girafa era
tomar agua. Tenía que hacer todo un operativo complicadísimo. Incorporarse,
abrir las patas delanteras, después bajar lentamente el cogote, el cuello hasta
que por fin su hocico tocaba el agua y se ponía a beber. Para colmo de males,
al tomar agua tan inclinada, costaba que el agua subiera porque todo lo que
sube tiende a bajar, como es natural, siguiendo la ley de gravedad. Sus
movimientos de deglución iban entonces en contra de la ley de gravedad.
Ya comer era cosa más sencilla. Porque se
acercaba a los árboles, estiraba el cuello, sacaba la lengua que se parecía a
una culebra y se ponía, golosa, a masticar sus hojas favoritas, que eran las
verde claro porque eran fresquitas. Mullidas como una almohada, las hojas
verdes de los árboles la tentaban. Cada vez que Pericles montaba a Girafa por
la sabana ella se desviaba hacia donde hubiera un grupo de árboles (por lo
general cerca de donde hubiera agua) y se daba unos atracones de hojas color
verde clarito que ni les cuento.
La otra ventaja que tenía Girafa al poder
girar todo su cuello era que cuando algún deprededor andaba más o menos cerca
ella daba todo un giro con el cuello y lograba detectar de inmediato a la
amenaza. Avisaba rápidamente al gran Jefe de la manada, un jirafo que se llamaba Jitanjáforo y él las reunía a
todas las jirafas, empezando por las jirafas más pequeñas hasta que toda la
manada estuviera unida. Recién ahí emprendían la retirada rumbo a otras tierras
más tranquilas, lejos de los agresores.
Las jirafas, no sé si lo recordarán,
tienen dos cuernitos diminutos. Nadie sabe ni supo nunca muy bien para qué
sirven, salvo para adornar un poco esas cabezas que de otro modo quedarían
lisitas como un bollo de pan. Esos cuernitos vienen a poner un poco de belleza,
como si fueran adornos que las jirafas tienen y para que les luzcan en medio de
la parte superior de la cabeza.
Pero un día, sí, un buen día, Girafa se enojó
mucho con otra jirafa porque había empujado de una patada a una jirafita porque
quería comer primero. Era una jirafa egoísta con todas las letras. Entonces
Girafa se enojó tanto, pero tanto que le pegó cuatro cornadas. Y una patada que
la hizo mover la cola por un buen rato. Ustedes me dirán “¿Pero si los cuerno
de las jirafas no tienen punta, qué daño se pueden hacer unas a otras?”. Yo
creo que sí se pueden hacer daño. Y mucho. Un daño que no es exactamente el
físico sino un daño que tiene que ver con romper los lazos que las unían como
manada y ahora las convertía en enemigas. En enemigas hasta que alguna decidiera
hacer las paces, cosa que efectivamente sucedió. Porque Girafa, una tarde, se
le acercó a Soledad, la jirafa malvada, y le dijo que lo que había hecho no se hacía. Pero que tampoco lo que ella hacía. De modo
que apartar a una cría para comer uno primero y atacar a otra jirafa, no
estaban bien ninguna de las dos cosas.
¿Y saben lo que pasó un día en que se
desató un viento huracanado en medio de la sabana? Resulta que la tierra volaba
descontroladamente, formando remolinos. Entonces Girafa, como no quería
perderse nada y verlo todo, se puso a girar la cabeza para todos lados como un
trompo. Le faltaban solamente los colores. Así fue que vio a las corridas de
los ñus, el modo como se enroscaban las serpientes, la manera en que los leones
se reunían en círculo parapetándose para evitar que el viento hiciera volarse a
las crías y hasta pudo ver cómo los flamencos se apichonaban detrás de un grupo
de árboles para que no se los llevara volando (a ellos que eran los que solían
volar) el ventarrón terrible que azotaba a la sabana.
Girafa pudo ver todo eso pero antes llevó
al trotecito a Pericles montado sobre su lomo a su hogar en la Embajada de
Argentina en Kenia. “Kenia, Kenia cara
de reina”, pensó Girafa cuando vio el cartelito de la embajada bien pintado con
letras mayúsculas sobre la pared de la entrada del edificio (porque Girafa
sabía leer, era una jirafa culta, nadie sabe muy bien cómo había aprendido
tantas cosas, pero la cosa es que las sabía).
Se agachó, Pericles descendió de su lomo y
le dio un besito en la frente. Les confieso que Pericles le sintió mal aliento
porque claro, Girafa no comía menta en la llanura. Tampoco, como los humanos,
tenía posibilidades ni el hábito de lavárselos. Entonces lo que tenía era un
terrible mal aliento. Cuando Pericles quedó sano y salvo de la terrible
tormenta, Girafa regresó junto a los suyos. Probablemente por un largo rato. Probablemente
por todo un día. Probablemente para siempre y no volvió a ver a Pericles. ¿Se habría marchado el padre de Pericles, el
Embajador de Kenia rumbo a otro país de África? ¿Rumbo a Argelia, su país de
origen? ¿O habrían regresado a Argentina? Eso. Eso si les parece bien, lo
dejamos para otro cuento. Y ahora nos vamos a cepillarle los dientes a Girafa
¿Les parece bien? Así le damos una mano con el mal aliento.
sábado, 20 de marzo de 2021
Dicho y hecho, por Adrián Ferrero
Estaba a punto de darle la última chupada
a mi paleta gigante de cuatro colores cuando justo sonó el timbre. La maestra
nos hizo formar fila, cosa que a mí me molesta mucho porque nos ponen de menor
a mayor y como yo soy el más petiso siempre quedo primero. “Petiso, petiso,
cara de chorizo”, me dicen mis compañeros cuando me cargan. A mí no me importa.
Yo envuelvo mi chupetín en el papel celofán y lo guardo para el siguiente
recreo. Lo bueno de las paletas es que algunas me duran toda una tarde, si las
sé dosificar y no me pongo a morderlas como mi perra Enriqueta a sus huesos con
carne. Además, tengo que comerlas con cuidado porque algunas me sacan unas
terribles boqueras en las comisuras de la boca, esos bordes donde terminan los
labios y empiezan los cachetes. Ahora aprendí y las chupo por partes, empezando
por la punta.
La maestra nos pidió que nos sentáramos en
nuestros bancos. Qué aburrido. Nos mostró el globo terráqueo, lo hizo girar
como una manzana verde y nos dijo que ese era el mundo. “¿El mundo?”, pensé yo.
“Si el mundo es enorme como muchos mares y montañas. ¿Cómo va a ser como esa
bolita cachuza?”. Lo cierto es que la señorita giró y giró el globo, fue
señalando sus partes y nos fue contando que en el mundo había muchos países,
como el nuestro, que se llama República Argentina. “¡Qué novedad!, pensé yo”.
No importa. Ella siguió y siguió y de pronto siento un tirón de pelo que venía
de atrás. Estaba por devolver la maldad con una patada cuando oigo que Lucho me
dice:
-Andrés,
Andrés. Escuchá bien. Hoy, mientras vos estabas en el recreo jugando con los
chicos a la pelota yo me quedé en el salón y me pareció ver algo raro atrás del
pizarrón.
Estaba a
punto de contestarle cuando pasó a mi lado la señorita, nos miró con cara de “Eso
no se hace” o “Cierren esa boca” y siguió con su verso de los países. Después
pasó a los continentes. Le hice una seña a Lucho para seguirla después en el
patio. Porque si no nos mandaban a
dirección.
La clase duró una eternidad. Porque además
de los países la señorita nos contó de los océanos: Pacífico, Atlántico,
Índico, Ártico y todos los demás que no voy a nombrar para que ustedes no se
aburran como me aburrí yo en ese momento. Sonó el timbre y salimos disparados
rumbo al patio, dando zancadas como
avestruces en medio de la sabana africana.
-¿Pero de
veras viste algo raro?
-Te digo que
sí.
-¿Y qué era?
-Como una
mancha toda color roja. El pizarrón estaba flojo, se movía y temblaba como una
gelatina y pude ver que atrás, en la pared, había unas figuras.
-Tenemos que
aprovechar que este es el recreo largo para inspeccionar.
-Dale, vamos.
Y después de deliberar largo rato rumbeamos
para el salón. Espiamos para ver si había quedado algún marmota de esos que
nunca faltan: guardando los útiles, acomodando la mochila o, lo peor de lo peor
de todo, borrando el pizarrón para chuparle las medias a la maestra. No, esta
vez no había nadie. La señorita estaba tomando un té con leche en la Secretaría
porque le dolía un poco la cabeza. Yo había escuchado eso al pasar.
Cuando llegamos junto al pizarrón pudimos
comprobar que los tornillos que lo sostenían estaban flojos. Buena señal. Lucho
me ayudó y lo levantamos desde abajo para espiar. Y lo que vimos. ¡Dios mío! Ni
se imaginan. Causaba terror. Causaba espanto. Había bisontes, manos, arcos,
flechas, hombres y mujeres. Hasta fogatas había. Asustaban porque eran como
monigotes malvados, de otra época. Yo lo miré a Lucho y le dije:
-Estamos
fritos
-¿Por qué
fritos?
-Porque acá
alguien estuvo dibujando y hay mucha sangre. Fijate que todo es de color rojo y
morado. Es más que naranja. Esto me huele a crimen.
-Puede ser
una pintura de un artista-contestó Lucho, para tranquilizarme.
-O un
hechizo-arriesgué yo.
Para
calmarme, desenvolví la paleta de mi bolsillo y le di dos chupadas. Cuando me
pongo nervioso termino los chupetines en un periquete.
-Lucho-le
dije-hemos hecho un descubrimiento. Tenemos que denunciarlo a las autoridades
del colegio. No te digo a la directora, que es una bruja con pelos y todo en la
nariz, pero por lo menos a la señorita. Lucho me miró con cara de “acá no ha
pasado nada”. Se dio media vuelta y me dejó con el chupetín en la boca, sin
responder a mi preocupación.
Yo pensé: “Mejor lo dejamos para el
próximo recreo y lo charlamos antes de volver a entrar”.
Dicho y hecho. La maestra siguió hablando
de los países y los océanos y los mares. Ah, y agregó los terremotos, que a mí
me hizo pensar que sería terrible si hubiera uno ahora y empezaran a temblar
las paredes y a descolgarse los cuadros y a moverse las estatuas y lo árboles. Después
mencionó al Mar de Mármara, que a mí me sonó divertido porque era todo con “A”,
como “bárbara” o “malvada” o “cháchara” o “jacarandá”. Y entonces volvió a
sonar el timbre. Salimos y esta vez fui al grano.
-Lucho. Esto
lo tenemos que denunciar. Puede ser un maleficio de alguna bruja que quiere que
nos vaya mal en los exámenes y en las pruebas de ortografía. Vos sabés lo que a
mí me cuestan las reglas de acentuación. Distinguir una palabra aguda de una
esdrújula puede ser mi perdición. También los verbos. El pretérito imperfecto de
un gerundio. Es mi perdición.
-Sí, tenés
razón. Mejor le contamos todo a la maestra.
Dicho y hecho. La encaramos antes de
entrar al aula. La maestra abrió los ojos como dos huevos fritos y fue con
nosotros hacia el pizarrón. Lo levantó lentamente. Primero con desconfianza y
después con seguridad. Y dio un grito. Un grito pelado. Un grito fuerte fuerte
como un detergente. Después se desmayó.
Vinieron las preceptoras, la directora, la
vicedirectora, el sereno, la portera, el vigilante, las tías y un doctor que
pasaba por la puerta del colegio que escuchó gritos. Todos abanicaron a la
maestra hasta que reaccionó. La maestra tenía la mirada perdida y estaba seria
como cuando viene la inspectora a ver sus clases. Tenía un susto bárbaro. Y no
era para menos. Cuando pudo reaccionar señaló el pizarrón. Como el pizarrón
estaba borrado, nadie entendía nada. Hasta que Lucho se acercó, pidió silencio
y lo levantó. Todos se quedaron helados como un cucurucho de helado de limón.
Debajo del pizarrón había toda una serie de dibujos de lo más exóticos. De
pronto, de la boca de la directora salieron unas palabras raras:
-Rupestres.
Pinturas rupestres. Pinturas rupestres.
Como se podrán imaginar, a nosotros era
como si nos hablaran en chino mandarín. Entonces hice lo que uno hace cuando no
sabe. Pregunté.
-Son unas
pinturas muy antiguas-me aclaró la directora- de cuando los hombres vivían en
las cavernas vestidos con pieles, comían carne cruda y cazaban con arco,
flechas y lanzas. Sobre todo bisontes. Vivían muchos de ellos en África.
Pintaban con tierra colorada.
-Ah-dije yo
más preocupado todavía que cuando había preguntado.
Al día siguiente salimos en todos los
diarios del país y vinieron a entrevistarnos dos periodistas de la televisión.
Nos hicieron muchas preguntas. Y nosotros, mientras chupamos nuestras paletas,
les contamos las cosas como fueron. Que todo sucedió en un recreo. Que no
sabemos nada de nada. Que sólo es cuestión de saber mirar como nosotros, desde
acá abajo y por otro poco por detrás de las cosas.
lunes, 8 de marzo de 2021
Ser o no ser, esa es la cuestión... otro libro del Del Bonete Ediciones. Una reseña de Gabi Casalins.
Les acercamos hoy conmemorando el día de la mujer, la reseña del nuevo libro de Del Bonete Ediciones, una editorial hecha por tres mujeres jóvenes de la ciudad de La Plata que trabajan por su sueño contra viento y marea. El título es "¿Es o no soy?, y se las trae. Lo reseña Gabi Casalins.
Les presentamos a la autora y su ilustradora:
Sofía Ramacciotti nació en la ciudad de
La Plata, en la primavera de 1987.
Egresó del Bachillerato de Bellas
Artes y luego se capacitó con ilustradores, escritores y artistas que le
mostraron como transitar un camino profesional en el mundo del Arte y
específicamente en la literatura infantil y juvenil.
Actualmente se desarrolla por completo
en esta área, tanto en el aspecto de la ilustración, como en la creación de
textos y proyectos integrales.
Forma parte del equipo de Del Bonete
ediciones, donde realiza tareas de edición, dirección de Arte y curaduría de
proyectos. Editorial de la cual es a su vez, una de sus fundadoras.
Sus libros publicados son: “Fábulas
Enganchadas” Editorial Uranito, “Roque y Bigote” Editorial Elevé, “Planeta
Diminuto” Editorial Malisia, “Moloso (Ser un villano no es fácil)” Editorial La
Brujita de Papel, “Lo que no sabe un oso”, Del Bonete Ediciones, “¿Es o no
soy?” Del Bonete Ediciones.
Rosario Triana es
una ilustradora y diseñadora de 27 años. Nació y se crió en Pinamar. Se formó
en la Universidad Nacional de La Plata y actualmente vive en su ciudad natal,
cerca del mar, donde disfruta de la naturaleza. Su proyecto de vida es ser
nómada digital, y así poder vivir viajando por el mundo. Actualmente tiene un
estudio donde desarrolla identidad gráfica, branding, ilustración y animación.
Es co-creadora de la Revista Voyager, una publicación de diseño, comics,
videojuegos.
Ser o no ser, esa es la cuestión...
Como era de esperarse, las chicas de editorial Del Bonete, vuelven a
sorprender con su último título, “Es o no soy”. ¿Por qué razón sorprenden? No es
una, sino que son varias las razones o motivos de la sorpresa. En primer término, el título es meritorio
desde el vamos, porque se publicó en plena pandemia y aislamiento en nuestro
país, durante 2020, un año inolvidable y complejo para todos y más aún para la
edición.
En segundo lugar el libro sorprende desde el formato y desde la paleta de
colores elegida. La forma es alargada, el libro es tan longilíneo como su
protagonista, de hecho hay una torre o edificio en la tapa, como si desde la
imagen ya se relatara una necesidad ascensional, compleja y espiralada para
desentrañar la historia, la cual comienza a colarse aquí, en cada ventana en siluetas negras, contra un fondo gris, en
cada ventana.
Por otra parte, alguien poco avezado en literatura infantil y juvenil de hoy,
o en el formato del libro álbum, podría decir que esta paleta está muy alejada
del supuesto gusto de los niños por las imágenes multicolores. Esta paleta se
aleja de los estereotipos y ronda los blancos, grises, rojos y negros y algún
acento de un amarillo revestido, eso sí, de significaciones metafóricas para
quien bien sabe observar. Las formas se tornan geométricas y algo rígidas con
un cometido muy claro que ya se intuye desde el epígrafe de Mark Twain, “Un yanqui en la corte del rey Arturo”, que
reza: “No puedes confiar en tus ojos cuando tu imaginación está fuera de foco”.
¿Una tranquilizadora y aparente geometría? Podría ser. O no.
También desde el título se nos convoca a la desconfianza sobre la propia
percepción. “¿Es o no soy?” propone un juego con la tercera persona del presente
Indicativo del verbo ser y después dispara hacia la primera. Todo enmarcado en los signos de interrogación
que, en la tapa tienen relieve y brillan, sobredimensionados. Entonces, desde
el título, se propone el acertijo. “A buen entendedor, pocas palabras”, como
dice el refrán. “Y bien sugerentes”, le agregaríamos desde El Mono de la Tinta.
Es una invitación a navegar por dentro de esta historia donde lo supuesto
terminará, o no, siendo realidad.
Las solapas del libro nos introducen como lectores también al ser del protagonista, el hombre del gabán rojo. El término “solapa” se resignifica porque en las mismas, son las solapas del gabán del protagonista las que están ilustradas. Así, miraremos la historia desde su interioridad, o sea, embebidos de su perspectiva pero en plena desconfianza acerca de la misma. ¿Por qué desconfianza? Básicamente porque una solapa es gris, pero la continuación en la portada nos muestra una solapa roja, integrando en esta persona dos tipos de gabanes. ¿Cuál es el verdadero, entonces? ¿Hay dos personas en una o es la misma? Y desde aquí la ambigüedad abre su juego.
Nada es excesivamente regular, desde una métrica que
aparenta regularidad, hasta planos de imagen donde un bolsillo puede ser un
lago en el que navega un ratón. Los versos de la historia, que ya se van
entronizando como un sello de la editorial, fluctúan entre aparentes regularidades de cuartetos
octosilábicos con rima ABAB y versos que se permiten desde el eneasílabo hasta
el verso alejandrino con rimas dispares y algo encaprichadas pero muy
enigmáticas y musicales, sin duda.
Así desde el soporte de la imagen y la palabra deambulamos con el hombre
del gabán rojo que es “un detective extravagante”, según está descripto en esta
historia. ¿Pero, qué busca, o mejor dicho a quién busca entre la multitud? El mensaje
es aparentemente muy claro, es un malhechor que tiene un diente de oro y lo ve
en la vereda de enfrente, detentando, provocador, un familiar bigote blanquecino. Entonces, se
lanza hacia él, como era de esperar. La imagen de un águila roja surca el cielo
metaforizando la agudeza de dicha visión certera. Depredador y presa. Queda
claro. ¿Queda claro? Lo que ve en su encuentro con el malhechor lo dejamos para
los lectores y nos detenemos en lo interesante de esta obra que permite tantos
niveles de lectura y se puede adaptar a todas las edades lectoras.
Apasionante libro para tratar el
juego entre apariencia y la realidad, el juego perceptual que puede engañarnos,
el mal dentro del bien y el bien dentro del mal, (lo elegiríamos como correlato
de Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson , por ejemplo) en escuela secundaria.
Apasionante también para escuela primaria o última sala de jardín, en
cuanto al juego de desambiguación y trabajo con la comprensión de la metáfora
visual y literaria que proponen la ilustradora- escritora Sofía Ramacciotti y
su ilustradora Rosario Triana.
Y, finalmente, lo elegiría como lector adulto dispuesto a una propuesta lúdica
e inteligente.
Esta pequeña-gran editorial de La Plata, Argentina, nos viene acostumbrando
a títulos a los que, ciertamente, desde el mero placer lector o el trabajo
aúlico, se les puede sacar el jugo no sólo desde sus temáticas que invitan a la
reflexión profunda y proponen temas actuales y temas universales que sesgan el
pensamiento humano, sino por sus gráficas que metaforizan en el mismo tono.
Joyitas de biblioteca, por lo bellos y profundos.
Si te interesa calzarte el bonete de estos títulos, los podés conseguir a
través del Instagram de la editorial: delbonete.ediciones. Nosotros, desde El Mono de la Tinta, estamos esperando los títulos por venir.
Gabi Casalins
Del Bonete Ediciones
sábado, 6 de marzo de 2021
Con la música a otra parte
La música posee una gran influencia en la literatura. Mueve las piezas de la historia y provoca en los personajes que intervienen, distintas modificaciones en el carácter y en la toma de decisiones. Dice Ronel González Sánchez: Contar historias empleando ritmos y sonoridades, al igual que trazar figuras en el suelo en las paredes de las cavernas, parece ser uno de los entretenimientos más antiguos del hombre. Música y palabra o tal vez, la musicalidad de la palabra en un maridaje constante ofrece un tejido muy interesante para los lectores.
Así nos vamos acercando a ese mundo de la imaginación en el que se tejen acciones, palabras, deseos y en algún momento, igual que una partitura musical, una gotita de silencio. En los cuentos de hadas podemos revivir los momentos de los personajes que están atados o liberados a través de la música. Fernando Palacios[1] en CUENTO Y MÚSICA: UN IDILIO PERMANENTE señala que: “Uno de los temas eternos en los cuentos clásicos es el del éxtasis mágico que poseen ciertas músicas: "El flautista de Hamelin", "La historia del soldado", "El ruiseñor", de Andersen, "El músico prodigioso" de los Hermanos Grimm, "La canción más bonita" de Bolliger…” entre otros tantos que aquí se podrían nombrar.
Vamos a centrar la mirada en la fascinación que ejerce la música en los animales y en este caso especialmente, en las ratas. Hoy nos vamos a ocupar del cuento El Flautista de Hamelin. Se dice que este cuento fue documentado por los Hermanos Grimm en 1816 con el título de “El cazador de ratas”. Su fuente original está enmarcada en una leyenda propia del lugar en la que se cuenta que en el año 1284 sufrieron una gran invasión de ratas. Los lugareños buscaron a través de modos diversos, erradicar esta plaga. Según la leyenda un flautista que pasaba por ahí, aceptó el reto ofrecido por el gobernante del lugar, -quien se comprometió a pagar el precio solicitado por el flautista- y liberó a Hamelin de este gran problema. Pero como suele suceder, aún en estos tiempos, luego de la liberación no se quiso realizar el pago prometido. Entonces, en venganza por esta traición a la buena fe, el flautista regresó y en medio de la fiesta de San Juan y San Pablo, volvió a hacer sonar su pequeña flauta y uno a uno los niños abandonaron el pueblo y fueron transportados hasta una cueva de la que no regresaron jamás. Aquí aparece la figura musical del silencio y así pasamos a presentar otra versión de esta historia que tendrá otros condimentos, en otro formato con un delicado trabajo en cuanto a imágenes y texto que nos ofrece Calibroscopio.
La propuesta viene de la mano de Mariana Fernández quien propone una versión de este cuento, focalizando en el accionar del alcalde del lugar, casi un Midas que lustra, mira y admira “sus” monedas de oro. El ritmo y la cadencia de la narración nos llevan a sentir la presencia de la música que es una de las protagonistas para la resolución del primer conflicto y que a la vez, generará la confrontación de las acciones del gobernante con los habitantes de Hamelin. Hay cosas que en la vida no tienen repuesto, y es la vida misma. A través de estrofas de cuatro versos rimados, descubrimos la presencia de la magia en la que se conjuga la vida y la muerte de los personajes. Un lenguaje poético, crea y recrea nuevamente el cuento a través del uso de adjetivos que dan vida a la flauta como un “instrumento fiel”; describen al flautista como un mago y al alcalde como un miserable:
Pero en ese pueblo había un gobernante
que sólo en el oro encontraba paz,
pasaba sus tardes puliendo monedas,
celando tesoros y anhelando más.
En sintonía con el cuento, los ilustradores
Aníbal Dalla Pozza y Pablo Kersevan, nos proponen adentrarnos en una estética muy particular; recorremos
sus páginas guiados por pequeñas
ratitas, el ambiente se construye con una variedad de elementos propios de la herrería: tuercas,
tornillos, cadenas, rulemanes, caños, en un tono ferroso dan la atmósfera de un
tiempo pasado que se hace presente para que los lectores revivamos este cuento
pero en este ocasión con un final diferente. Las imágenes en algunos casos se
presentan como si fueran antiguas estampillas que van poblando las páginas y
reconstruyendo la historia de un flautista, un gobernante avaro y un
pueblo en el que “los aldeanos vivían sin penas, en prosperidad”. La tapa y la contratapa invitan a los lectores
a asomarse al mundo de la creatividad y a dejarse llevar por la imaginación:
llaves, recortes de madera, materiales con distintas texturas, imágenes de ratitas
en paracaídas. El pasado y el presente de esta historia sigue cautivando a
muchos lectores de todas las edades y hoy, se cierra con un gran mensaje: “ver
las cosas desde otro lugar nos abre las puertas para jugar”.
[1] Palacios,
Fernando (1997) www.agruparte.com/imgx/words/Revista MAP
4.pdf en REVISTA MÚSICA, ARTE Y
PROCESO.
martes, 9 de febrero de 2021
La Caja de música (Alfonso Zurro)
A veces, para sacarnos de nuestra monotonía, no necesitamos
nada más que un avioncito de papel. Eso nos ofrece La caja de música. Eso es lo
que quiere ser, un avioncito de papel. Un detonante para iniciar la reflexión y
la aventura.
Hablemos primero del contenido, luego de la forma de esta
obra que, puede leerse, pero que está pensada para ser representada.
Nino es un niño que juega con un avión de papel. El avión se
cuela por una rendija de una caja de música, donde una Muñeca espera ser
despertada, aunque ni ella lo sabe. Muñeca oye los gritos de ayuda de Nino,
algo está ocurriendo afuera. Entre la confusión logra escuchar un nombre, No
tiene cara. Ella consigue liberarse de su ensueño y de su encierro. Tiene que
encontrar a Nino para devolverle su avión. Y se inicia la aventura.
Muñeca, así sin más, sin ni siquiera nombre, se adentra en
la búsqueda. Va topándose con una serie de personajes, que no son ni buenos ni
malos, algunos, quizás, más atemorizadores que otros, pero de todos se aprende
algo.
Cocolico, el cazador de zapatos; el Presentador del Circo,
que siempre lo es; Gador, el león domador de humanos; el sabio profesor Don
Perfecto; la Mano que anda sin cuerpo, sola por el mundo, solo con deseos de
poseer; los habitantes de Jaulajá, que rinden pleitesía a una jaula y dejan a
Muñeca hablando en jerigonza; el viejo Pirata jubilado; la diabólica pareja de
Pestiño y Pestiñaza; el hombre lobo, el Guardián, de los dominios de No tiene
cara; la última Sirena de su especie; el General que fue glorioso pero ahora
solo es una estatua con ganas de luchar; el Payaso, uno de los que están
encerrados en las botellas, y que le aclara cosas muy importantes, como que
somos nosotros los que tenemos que salir, todo está en nuestro interior.
Y, por fin, Nino. Ahora es Muñeca quien tiene que ayudar a
Nino a liberarse de ese ser que no es ajeno a nosotros mismos, el que No tiene
cara, lo dice el Payaso, está en todos y es parte nuestra. También lo reconoce
el malvado personaje, ‘Estoy en tu interior’. Nino será libre si él quiere
serlo. Igual que Muñeca es libre porque eso es lo que ella quiere. Ya lo
dijimos, el avión sólo fue el despertador. Pero, de pronto, una hoja doblada
también sirve para viajar, alcanzar las nubes y huir de los miedos que nos
impiden salir de la Caja de música.
Alfonso Zurro en el prólogo ya nos habla de los posibles
niveles de acercamiento a la obra: “tiene diversos planos de lectura, desde el
más explícito que viene dado por la acción y los sucesos dramáticos, hasta
otros que entran en terrenos más simbólicos y significativos.”
Podemos conformarnos con ver la historia de una muñeca que
sale de una caja de música o hablar de cómo afrontar la vida y de eludir los
miedos. En realidad, probablemente, habrá una Caja de música y un No tiene cara para cada lector. O pueden ser, simplemente, una caja de música y un malvado de papel. Por esto, puede estar destinado a niños (y adultos) de todas las edades.
Antes de terminar, comentemos algo de la forma. Ya dijimos
que se trataba de una obra para ser representada. Es, en efecto, una obra
teatral. Su autor nos da orientaciones de cómo organizar el escenario, la
música, el vestuario. Y, como estamos en una caja de música, nos encontramos
con movimientos musicales. La pieza está dividida en una Obertura, 15 movimientos
y una Coda final. Cada uno de ellos es
una escena y va acompañado de un adjetivo. La Obertura se inicia con un Adagio
naciente; el Primer movimiento es un Andante dulce; el Segundo, un Presto
Tempestuoso y así hasta llegar a la Coda final con un movimiento Largo volátil…
Los movimientos no son casuales, pues, indican la intensidad de lo que acontece
en ellos. De manera que la música nos va guiando en toda la aventura.
No podemos dejar de comentar las ilustraciones de Claudia Ranucci. Los dibujos reflejan los personajes representados, sin detalles
superfluos, siempre usando el rojo, el negro y el blanco, con líneas bien
marcadas, próximos a los garabatos.
Ya no nos queda mucho más, sólo subirnos en ese avión, con
Muñeca y Nino, enfrentarnos a nuestros No tiene cara y, libres, volar entre las
nubes.
Sobre el autor:
Nacido en Salamanca, ha vivido siempre vinculado a la ciudad
de Sevilla. Es profesor de teatro y dramaturgo. Aunque no es, propiamente,
autor de literatura infantil, se ha preocupado siempre de difundir el teatro
entre niños y jóvenes. Con esta obra obtuvo, en el año 2000, el Accésit al
Premio SGAE de Teatro Infantil y Juvenil.
En la página oficial encontramos sus datos biográficos, sus
principales obras y sus intereses profesionales: http://alfonsozurro.es/
miércoles, 23 de diciembre de 2020
El mono lee las Cartas de Papá Noel de J.R. Tolkien
Los hijos de J.R. Tolkien recibieron cartas del Papá Noel durante toda su infancia.
sábado, 5 de diciembre de 2020
La pedagogía de la palabra
¿Recuerdas que puedes usar las palabras como
un cuchillo? También las puedes convertir en una flor.
Elia Barceló en El almacén de las palabras terribles.
EDELVIVES
En estos días, como en tantos
otros, las palabras circulan, nos envuelven, algunas veces nos cobijan otra
veces nos arrojan a una realidad que no siempre es benévola con nuestra
humanidad. La literatura se ha hecho eco de esta necesidad del hombre de
transcender a través de las palabras. Gianni Rodari en su Gramática de la Fantasía, nos invita, a través de una comparación,
a meditar sobre la circularidad de la palabra. A observar que al igual que una piedra que es arrojada en el
agua genera círculos concéntricos que devienen en un movimiento espontáneo,
así también la palabra genera en nosotros otros movimientos que dan vitalidad
al alma o la cierran entre llaves para protegerse y no sufrir. El gran poeta
Vicente Huidobro en su Poética nos dice: cuida
tu palabra, el adjetivo que no da vida, mata. Tan claro como contundente.
Elia Barceló nos recuerda el
poder de la palabra a través de la comparación de la palabra con un cuchillo.
Qué fuerte, tal vez piensa el lector. Si pudiéramos comprender verdaderamente
el poder que tiene el lenguaje, la tristeza o la alegría que se genera cuando
emitimos determinados términos: flor, amor, amistad, dolor, pasión, o quizá
cuando emitimos algún insulto, creo que daríamos un gran paso hacia el
verdadero humanismo. Entender que con la palabra se construye y que con ella también
se destruye, es un hallazgo que sería importante poner en práctica.
Y es así que El
almacén de las palabras terribles, nos lleva a plantearnos en nuestra
cotidianeidad las palabras que decimos, las que omitimos o las que olvidamos
decir. Y yo me pregunto y les pregunto
¿dónde quedan esos adjetivos no dichos? ¿En qué cofre guardamos las palabras
soñadas y hasta las que aún no han sido inventadas?
Talia, Ana, Miguel, Diego, Pedro,
Fernando, Elena, Jaime, Yolanda, las enfermeras, los médicos; todos estos
personajes de la novela, tienen algo para decir: …”Dentro de la cajita plana se movían perezosamente, unos puntos
brillantes, como insectos diminutos hechos de piedras preciosas.
-¿Las ves? Ahí están. Vivas. Activas. Despiertas.
-¿Esas son palabras? –preguntó Talia,
fascinada por el movimiento y el color- ¿Tan bonitas?
-Las palabras humanas, aunque imperfectas, son siempre hermosas, Talia.
-Y ¿por qué duelen tanto?
El juego con el tiempo y el espacio se divide en dos dimensiones: aquí y allí. La vida de cada uno de los personajes se ciñe a un pasado, a un presente y un futuro. Pero para transitar hacia ese futuro, hay que ser consciente de lo dicho y de lo omitido. Hay que hacer carne las palabras emitidas y enunciar los vocablos guardados.
El discurso de lo dicho y de lo
no dicho nos recorre como seres humanos. Para algunos de los personajes de la
novela hay una segunda oportunidad: la de evaluar lo dicho e ir en busca de
palabras que construyan otra relación entre las personas que habitan su mundo;
para otros ni siquiera hay un momento de reflexión para analizar los actos que
han realizado y los dolores que han
generado: … “No sabía cómo decirlo. ¿Las palabras “se mataban”, se “borraban”,
se “desactivaban”?
-¿Quieres conocer el efecto de tus palabras?
La pregunta habías sido hecha en el mismo tono neutro que todo lo que
había dicho su guía hasta el momento, pero de algún modo, Talia tuvo la
sensación de que era una pregunta importante, de que su respuesta dependería el
resultado final.
-Sí -contestó.
Finalmente, es importante
recordar que la pedagogía de la palabra consiste en analizar y reflexionar
sobre el valor que le damos en nuestra cotidianeidad al arte de decir y al de
omitir.
A nuestros grandes y pequeños
lectores les deseamos un camino lleno de palabras de amor y hasta otro
encuentro de lecturas.













