En la biblioteca vive el Mono de la Tinta. Se esconde entre mis libros y acecha mis tinteros. Cuando cree que no lo veo, olisquea mis lapiceras. Se trepa a una pila de libros y, por sobre mi hombro, trata de adivinar qué escribo. Escucho su respiración acompasada, anhelante, mientras lee. Lo sospecho en puntas de pie, haciendo equilibrio, pero, cuando me doy vuelta, siempre desaparece.

Dos cosas le gustan sobremanera: La tinta y las historias.

El otro día, al caer el sol, me acerqué silenciosamente. Me escondí en las sombras, detrás de las cortinas. La noche avanzaba lenta como el río espeso de mis sueños.

Entonces, cuando ya casi se me cerraban los párpados, lo vi: se acercó canturreando una cancioncita pegadiza y destapó todos los tinteros en un bailecito alegre. Después, sentado sobre sus patas sacó una historia del tintero con sus dedos largos.

“Había una vez…”. Y la tinta, sangre del cuento, se deshizo en gotas negras sobre el piso, desmigajándose en mil historias de dragones, de caballeros, de batallas, y en la historia de un mono que bebe tinta, una tinta negra y brillante, como los ojos negros del Mono de la Tinta

Gabi Casalins, septiembre de 2013

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viernes, 8 de julio de 2022

Un cuento y un encuentro colectivo

 Hace ya varios meses convocamos a varias amigas que, como nosotras, despuntan el vicio de la pluma a escribir un cuento en postas para este espacio del Mono de la Tinta. Esta experiencia nos ha hecho comprender que para tejer palabras, no hay espacio ni tiempo que importen. ¡Gracias a todas, chicas!

Las escritoras por orden de aparición en el cuento:

Mónica Dias Leal

Gabi Casalins

Inmaculada Manzanares Ruiz

Belén de Larrañaga

Fabiana Obispo

Vicky Colantoni Posse




Papalardo Hazmeunncaso era un hombre longilíneo, de ojos grandes, soñadores. Se pasaba el día pensando en escribir un cuento. Pero, las ideas, según él, nunca crecían.

Hazmeuncaso, todas las noches ponía en funcionamiento la alarma de su despertador. A las seis de la mañana y cuando el sol comenzaba a despuntar, la campanilla del despertador sonaba: “Papá, papá, papalaaardoooohazmeuncaaaaso”.  Y así luego de higienizarse y desayunar, se sentaba en la silla del escritorio a escribir palabras con las que pudiera armar una historia. Pero... no le salía nada...

Una mañana de esas tantas, cansado de querer y no poder, decidió...preguntar a alguien realmente autorizado en dicha problemática qué hacer con su problema.

Llamó por teléfono a su estimadísima amiga, Milagrosa Charlatana, que, según todos decían, era versadísima en versos, cuenterísima de cuentos y teatrera de teatros.

Le dijo, dramático: “¡Sos la única que me puede sacar de este lío! ¡Solicito ya mismo, mismísimo tu ayuda!”

Milagrosa Charlatana respiró, respirando hondísimo, buscando calma en la calma y contestó: "Hacer un cuento es como enhebrar un collar, una palabra va detrás de otra unidas todas por el mismo hilo...

Ah, pues no parecía tan complicado... Es más, iba a intentarlo en ese preciso momento. Y ahí tenemos al bueno de Papalardo sentado en su escritorio dispuesto a unir palabras como si enhebrara un collar. Pero no le venía ninguna palabra que le pareciera interesante. "Locomotora... ¡no! ¡es muy larga... ¡Tren!... ¡No! Es muy corta..." Ninguna era buena para iniciar el collar, perdón, el cuento.

"Debe ser este lápiz, no tiene suficiente punta, tengo que afilarla". Recordaba que tenía uno en su caja de Cosas imprescindibles para empezar a escribir. Pero no, ni uno había y era imposibilísimo empezar a escribir, mejor, ni pensar a empezar a escribir, sin ese sacapuntas. Tendría que ir a comprarse uno inmediatamente. Se puso su sombrero y salió a la calle…

Cuando entró a la librería, el corazón de Hazmeuncaso dio un vuelco. De repente, sintió que la locomotora que había tratado de enhebrar más temprano le recorría las tripas. Respiro hondo, hondísimo, y, aunque lo intentó, no pudo dejar de estar apabullado. Había demasiadas cosas para elegir.

Lápices rojos de punta blanda, azules de punta amable y verdes de punta punzante. Sacapuntas con forma de auto, de hamburguesa y de dinosaurio, ¿cuál sería más eficaz? Él podía encontrar argumentos para todos. El auto por veloz, el dinosaurio por voraz y la hamburguesa... se veía deliciosa. Antes de tomar una decisión apurada y equivocarse, Hazmeuncaso decidió consultar con el vendedor:

-Buenos días, ¿podría usted decirme qué sacapuntas es más apropiado para un lápiz que tiene que enhebrar un cuento?

El vendedor lo miró con desagrado por arriba del marco de sus anteojos delgados y dijo al inquieto Hazmeuncaso:

 -Eso depende de la trama que usted quiera enhebrar. Si afila su lápiz con este Sacapuntas (le indicó con su dedo índice el del auto), tiene que estar dispuesto a viajar por rápidas rutas desconocidas... Si, en cambio, su elección es éste (allí estaba el verde dinosaurio), se transportará a tiempos en los que convivirá con mágicas y gigantes criaturas.

Hazmeuncaso hacía un gran esfuerzo, grande grandísimo, por mantener cerrada su boca...

-Y finalmente si elige éste, (y allí estaba la hamburguesa), debe estar dispuesto a saborear delicias de diferentes lugares del mundo.

El vendedor volvió a mirar por arriba del marco de sus anteojos delgados y le dijo:

- ¿Cuál lleva entonces? ¿Qué trama quiere enhebrar?

- Es que aún no sé por dónde empezar...ni me decido por dónde quiero ir...ni qué trama quiero tramar... -gemía desconsolado, desorientado y, hasta podríamos decir, apabullado. Eran muchas las opciones, los vértices, vórtices, y los costados.

- ¡Pues hombre, que no tengo todo el día y que en minutos se llenará de niños que vienen a comprar mapas y ojalillos! ¡Basta ya de cháchara y de complicarse la existencia! Deje de buscar palabras y viva las historias con un poco menos de inocencia. ¡¡Y basta!! Afuera.  Me quedé sin paciencia. – y de un empujoncito ligero, el vendedor lo sacó de detrás del mostrador, donde el soñador soñaba con encontrar sus respuestas.

Ni tren, ni locomotora ni ocho cuartos...ni aviones, ni barcos, ni simples canoas, ni bicicletas, ni caballos...

Es que el tal Papalardo Hazmeuncaso no había vivido nada de nada en todos estos años...

Quería enhebrar palabras cuyos sabores no conocía...

¿A quién recurriría?

Compungido caminó en la soledad de sus palabras ausentes...

¿Habría algún Santo que oyera sus plegarias?

Él era muy devoto y creyente.

¡Y era Domingo de Ramos!

Y allá fue... Caminando, caminando, pasó por delante de un parque y unos niños que jugaban le distrajeron; siguió su camino y una abuela haciéndole mimitos a su nieto le hizo sonreír; luego, una pareja de novios agarrados de la mano le recordó a su primer amor; unos ancianos que se miraban con embeleso le trajeron a la memoria a sus papás...

Por fin, entró en la primera iglesia que encontró y se sentó en un banco delante de un Santo santísimo y pensó repensó y sobrepensó dónde estaría su trama tramosa. De pronto se dio cuenta, quizás fuera el santo o quizás el paseo o quizás la reflexión...

Salió de la iglesia y, sin darse cuenta, como sonámbulo, volvió a la plaza. Cerrando los ojos bien fuerte,  apretadísimo,  para ver mismísimo por dentro todos sus sueños, entendió que primero debía tener deseos; y amarrándose de todas las penas, de las pocas alegrías y de las muchas ilusiones devenidas,  comenzó a subir por la escalera del silencio y a  devanar la madeja del olvido; y recordó que al nacer, junto al soplo de vida y a su primer respiro, su madre le había vestido con aquellas prendas invisibles que son las palabras y convertido en un bello niño con un tesoro, como todos, en el alma escondido.


Y comenzó a destejerse su chaleco amarillo; y vio que la lana brillaba como el sol de la tarde y la plaza se cubrió de vuelos naranjas y de trinos azules azulados.

¿Es que nunca los había visto? Se preguntaba intrigado.

El hilo dorado de su chaleco flotó frente a sus ojos iniciando una danza inesperada.

Al hilo, que se hilaba solo frente a sus ojos, le dijo con fe de súplica, como siempre les decía a las palabras escurridizas:" ¡Hazme un caso, hilo salvador, hazme un solo caso aunque sea hoy!".

Y cerrando fuerte los ojos se dejó envolver por aquella red que se iba tejiendo a su alrededor.

"¡Es un capullo!", pensó, y se dejó ir en la tibieza del abrazo que la trama le devolvía.

Y allí, acurrucado en crisálida, musitó nuevamente su oración de fe y, por fin, permitió que las palabras salieran de su corazón como perlas preciosas que flotaron en el aire. Y vio que estaban hechas con la materia de su corazón que tanto tiempo había estado acorazado.

Entonces fue que comprendió: las palabras de una historia no son siempre ideas, o, mejor dicho, sí lo son, pero son vacías y esquivas si no pasan primero por el hogar del corazón. Y supo, que dejarlas salir a veces duele, como le duele al gusano convertirse en mariposa.

Y así, con esta revelación tan, pero tan revelada, fue que rompió su capullo y salió por el mundo a contar cuentos, mientras le sacaba punta a todas las ideas que estaban acurrucadas en su interior.

Mientras él doblaba la esquina y la dejaba ir, su primera historia voló hecha collar de perlas preciosas, preciosamente por los aires más aireados para llegar a ser leída por todos aquellos que tienen ojos y corazón abiertos para las historias, los poemas, en fin, para las palabras que nos apalabran para que creamos que en este mundo todavía ellas tienen sustancia, corazón y valor...

Al final, como le dijera su querida amiga, Milagrosa Charlatana, armar un cuento era, nada más y nada menos que enhebrar las palabras como las cuentas de un collar de dinosaurios, trenes, autos, vampiros o amapolas, lo mismo da. Todo está en sacarle punta al lápiz y destejer la propia trama del corazón para tejer una historia nueva que nos duerme en crisálida dentro del alma y está luchando por desplegar las alas, ¿no es así?

¿Entonces, qué nuevas historias estarían por hacerle caso a Papalardo Hazmeuncaso? Habrá que seguir el hilo amarillo que amarillea doblando la esquina, ¿verdad?


 


lunes, 6 de diciembre de 2021

“Admirar las maravillas: un encuentro imaginario con María Elena Walsh” Por Adrián Ferrero

  En este texto alegre y profundo Adrián Ferrero nos trae como regalo una charla imaginaria con María Elena Walsh. Si de delicias se trata, vaya este bocado dulcísimo para ustedes, queridos lectores de El mono de la Tinta

“Admirar las maravillas: un encuentro imaginario con María Elena Walsh”

Por Adrián Ferrero

 




-Buenas tardes, María Elena. Muchas gracias por recibirme en su casa-, pronuncio algo amedrentado por tanto talento guardado como en una cajita de nácar, delicada y sutil.

-Sí pasá. ¿Y si nos tuteamos?


-Sí, para mí sería un gusto. Pero usted es una figura tan enorme que diera la impresión de ser un monumento más que una mujer. Un monumento al talento, a la creatividad, a los principios éticos, a la ductilidad, a la plasticidad, a la capacidad de trabajo, a la vida aventurera.


-Eso son calumnias, diría Borges. Yo solo soy una mujer de la cultura. Eso sí, tenés razón, me he comprometido con ciertos derechos que considero importantes. Uno de ellos es el del reconocimiento mujeres para que sean respetadas. Y estén a la par del varón. Eso he intentado hacer toda la vida. Pero me ha salido solito. No lo busqué. Simplemente un día me puse curiosa. Creativa. Me dieron ganas de viajar. Conocí gente maravillosa con quienes compartir la vida. Amigos, amigas, músicos, músicas, musicólogas, como Leda Valladares, con quien durante más o menos diez años consolidamos el dúo “Leda y María”.
Y esa parte de mi vida fue decisiva. Porque si bien yo venía de la poesía, este nuevo ingrediente que me proporcionaba la música, era una herramienta novedosa. Recursos renovados para seguir interpretando primero, más tarde, cuando me convertí en compositora para adultos y niños, tomé de allí muchos ritmos, géneros, mezclé la harina con el agua, como quien dice. Un poco de sal. Por mi parte, si me lo permitís, un toque de queso sardo rallado. El queso me encanta. Es una de mis comidas favoritas. Me gustan las picadas ¿Te gustan las picadas, Adrián?

-Sí, muchísimo. Pero las como muy de vez en cuando. No tengo la costumbre de comprar o encargar para que me traigan a casa. Soy de comer más verduras, frutas. Pueden parecer comidas más insulsas. Pero intento que mi dieta sea lo más sana posible. Si bien, bueno, de vez en cuando, soy capaz de devorarme una milanesa a caballo, de esas con huevos fritos y papas fritas. Las comidas insulsas tuve que empezar a consumirlas regularmente con motivo de una operación seria que tuve de intestinos que me obligó a llevar una dieta estricta, con mucha fibra.

-Comprendo. Yo ando perfectamente de mis intestinos. Entonces me puedo dar estos lujos de comer picadas. Es graciosísimo porque cuando viene alguien a cenar compro una picada y a la gente le da vergüenza comer. Y a mí para nada. ¿Por qué a la gente le da vergüenza comer cuando va de visita a una casa? ¿temen pasar por maleducados? ¿qué más quiere el dueño de casa? Yo, en cambio, todo lo contrario. Entonces pico, y pico, y pico. Eso es una picada. Y de tanto picar parezco una avispa o un tábano. Me gusta el cantimpalo también”

-Estamos hablando de palabras mayores, María Elena. Pero yendo al motivo por el cual la visitaba, que en verdad tenía que ver con conocerla personalmente, en primer lugar. En segundo lugar, contarle algunas cosas que usted escribió, compuso o realizó y que a mí me resultan magnéticas, le quería decir que fue papá quien nos introdujo en su obra. Nos hizo escuchar las canciones como yo después se las hice escuchar a mi hija, alrededor del año 2001. Ella había nacido ese año y yo ya le ponía sus canciones. Para que se le fuera acostumbrando el oído a tanta maravilla. Porque las maravillas empiezan por entran por los oídos en forma de canción.

-Bueno, bueno. No exageres. Hay muchos compositores excelentes. También para niños. Yo porque trabajé en Argentina. Pero hay antecedentes en el mundo. Y hay músicos posteriores incluso en Argentina que son estupendos. Ya en la música para adultos, cambio bruscamente el rumbo de nuestro campo de discusión, a mí me gustan muchos los Les Luthiers.

-Yo me quedo con vos, con tus canciones y tus cuentos grabados. Me acuerdo de uno que tenía a un personaje que se llamaba Don Fresquete. Era fabuloso ese cuento. Encima yo lo escuchaba en invierno, cerca de la estufa de living, donde estaba el tocadiscos, porque la verdad es que hasta me daba frío escucharlo.

-Comprendo. Sí. Es cierto. Cuando uno es chico le impactan mucho más las cosas. Sobre todo porque tiende a vivirlas de un modo tan subjetivo, las empapa de grandeza, tiende a idealizarlas, a exagerarlas, al punto en ocasiones las deforma para bien y en ocasiones las deforma para para mal. Son cuestiones de la subjetividad infantil, de la maduración.

-Sí. Y de la personalidad. Hay gente más temerosa que otra. Hay gente más valiente (bueno, o más inconsciente, quién puede saberlo). Y hay gente muy influyente en otros. Así como hay gente que se deja influir por otros más poderosos o con más poder de determinación.

- ¿Usted se dejó influir por gente más poderosa?

- El embrujo del amor.

-Sí. Hay ocasiones en que o nos enamoramos de alguien ciegamente. O bien el mundo parece girar en torno solamente de una persona. Como un eje gravitatorio. Yo, por ejemplo, no estuve tantas veces enamorado. Quiero decir, sí, me han gustado muchas personas a veces. Pero no había reciprocidad o bien eran amores imposibles. De modo que renunciaba a ellos. Con desazón.

-Eso pasa, Adrián. Es muy frecuente. Es muy difícil enamorarse. Se tienen que dar un montón de factores que confluyan en un lugar y un momento. Los adecuados. Por ejemplo, en mis cuentos. No suele haber tantos casos de amores. Se trata más bien de situaciones o exóticas, o disparatas, o con sinsentidos (nonsense, como les dicen los ingleses) o bien absurdas. ¿Te gusta jugar con el absurdo?

-Muchísimo. Está, como todos sabemos, esa línea del teatro, como Eugene Ionesco, del teatro del absurdo. A veces Samuel Beckett, si bien Beckett no es exactamente absurdista. Pero tiene, por ejemplo, momentos o una vertiente en esa línea. Momentos de desconcierto. Y a una le parece tan sorprendente la pluma de Beckett. También leí de él “Final de partida”. Me encantó esa obra de teatro. “Esperando a Godot” también. Pero no sé. “Final de partida” tiene algo especial en mi vida.

-Veo que sos una persona culta.
-No se crea. Sé de algunos autores, porque los he estudiado. A otros por la Universidad Nacional de La Plata, donde estudié Letras, como es obvio. He sido un lector ferozmente voraz.

-Lo supuse.
-Pero yo me agarraba cada chinche. Porque no nos daban para leer literatura para niños ni juvenil. Hasta que un buen día, cierto día, mejor dicho, era de noche, lo recuerdo, yo ya había terminado la Universidad, me dije: “¿Y si escribo yo cuentos infantiles?”. En realidad, no me lo propuse deliberadamente, ahora que lo pienso. Simplemente tuvo lugar. Aconteció. Y me animé, en 1999 a escribir uno a partir de una entrevista que de una revista frívola que le hacían al actor Alfredo Alcón. A mi juicio el mejor actor argentino de todos los tiempos. Fue un lindo homenaje, dicho sea de paso. Si bien él no es el protagonista. Pero sí la anécdota que se cuenta es real. Él de chiquito le pedía a su papá que la bajara la luna. Y leí ese: “Le pedía a su papá que le bajara la luna”. Y me dije: “Esta es la mía”.

-Yo he leído mucha literatura para niños, por supuesto. He tenido la fortuna de conocer a algunas de sus autoras y autores más recientes porque se han acercado a mí para pedirme consejos. O simplemente para saludarme. Los cuentos y poemas para niños han sido fundamentales en mi vida. Me han alimentado. Le han dado vuelo a mi imaginación y mi fantasía. De allí que yo pudiera escribir tantos cuentos y novelas. A mí, de todo lo que escribí lo que más me gusta es Dailan Kifki.


- ¡María Elena! ¡La primera novela completa que leí! ¡Y es suya! Estoy tan agradecido. Me introdujo en el universo de la novela. Es de 1966. Yo la leí alrededor de 1976 o 1977. Recuerdo que no podía parar de leerla. Me resultó deliciosa. Yo estaba completamente obnubilado. No podía creer la cantidad de cosas fabulosas que iban pasando. ¿Un elefante en un zaguán con un cartelito de que lo habían dejado abandonado? No hay derecho. Abandonar a un pobre elefante que ocupa mucho espacio. Y también había un personaje que decía siempre “Estamos fritos”. Yo no sé por qué pensaba en papas fritas. De todo lo frito que se puede comer, junto con los pastelitos, o las empanadas, o los buñuelos.

-A mí de las frituras,Adrián, la verdad es que me gustan las tortas fritas y las empanadas de carne bien condimentadas. ¿Qué opinás de eso?

-Sí, opino que tenés toda la razón del mundo. Es que en realidad del universo culinario lo más rico me parece que son las cosas fritas. ¡Me olvidaba de las las tortillas de papas!

-Sí, también. Por supuesto. Y todavía te estás olvidando de algo mucho más importante: las rabas o los cornalitos. El pescado frito tiene lo suyo.

-Uy, María Elena. Eso directamente es imperdonable ¿cómo iba a olvidarme de esa comida tan irresistible?”

- ¿Te gustó algún libro mío además de Dailan Kifki?

-En realidad me gusta todo. No puedo elegir. Me gustan los poemas para adultos. Me gustan las canciones para adultos. Este año escribí un artículo analizando las letras de tu cancionero para adultos. Fue un deleite. Y también un desafío. Eran poemas/canciones. Así las definió un experto.

-Es posible. Yo ponía al escribirlas el mismo cuidado que cuando escribía mis poemas. Y te confieso que hasta me servía de los mismos recursos. Las letras para mí, como bien dijo este experto, son otra forma del poema. Por eso requieren ser trabajadas, cinceladas, pulidas, urdidas con cuidado. Y cuando una las canta, las desovilla como a una media que tiene una hilacha suelta, esa hilacha no debe estar. Es por ese motivo que el perfeccionismo es importante.

-Cuando mi hija era bebé también con su madre escuchábamos todas las canciones para adultos que vos misma cantabas. Me gusta tu timbre. Tu registro de voz. Era, yo no sé de estas cosas, pero parecía algo grave.

- ¿Grave? ¿urgente? ¿preocupante? ¿Qué, te daba dolores de cabeza?
- ¡Pero no! Usted me está haciendo un chiste y yo le estoy hablando en serio. - También escribí un trabajo sobre su poesía para adultos. Nuevamente crítica literaria. En fin, estoy un poco resignado a que me salga eso, a ser crítico mal que me pese. Me gustaría escribir más cuentos. Sobre todo cuentos infantiles. Escribir cuentos es lo mejor del mundo. Uno se siente el creador de un universo. Del que teje y desteje los hilos. Pero solo si son buenos. Si a uno le salen bien. Esos redonditos como una bola de billar. De otro modo los borro y los mando a la Papelera de reciclaje.

- ¡Pero vos estás loco! ¡Se guarda todo porque uno nunca sabe qué puede salir de un cuento que ha quedado chueco! Mal cosido.

-No sé, a mí me da la impresión de que es su destino quedar chueco de por vida. Me da la impresión de que son irrecuperables. Irremediables.

- Pero no seas tan pesimista. Yo he reescrito cuentos que estaban para tirar y han quedado bastante bien. Con una buena terminación. No te diré que eran lo más inspirados. Pero por lo menos no se les veía el dobladillo. Vos me entendés qué quiero decir con “no se le ve el dobladillo”. Como a los delantales para ir al colegio de antes.

-Creo que entiendo. Algo así como que no se le ven las imperfecciones. O las costuras con las que uno los mejoró. No sé. A mí me da la impresión de que cuando un cuento llega malogrado tiene ese destino para siempre. Está confinado al olvido. Y resulta muy difícil revertirlo.

-Yo no estoy de acuerdo con esa idea. Hay que dejarlo descansar. Ahora que lo pienso ¡Es cierto! Los cuentos se cansan de que uno les ande zumbando alrededor. ¡Uy! ¡No me di cuenta de que no te había ofrecido ni siquiera un té! ¿Querés un té?

-Gracias, María Elena, así estoy bien. Pero un vaso de agua te acepto.

María Elena se retiró a la cocina, abrió la canilla del Dispenser y llenó un vaso. O por lo menos eso creí escuchar. Yo estaba en living. El Dispenser sobre la mesada de la cocina. Estaba tan fría por suerte.

-Está riquísima. Debe de ser de esos Dispensers que tienen agua fría y agua caliente en bajas o altas temperaturas.
-Exacto.

-Debe de ser fabuloso para hacer un té, por ejemplo. O un café instantáneo. En un periquete se hace el café.

-En efecto. “Estamos invitados a tomar el té”. ¿Te acordás de esa canción?

- ¿Cómo no me voy a acordar? Pero mi favorita es una muy melancólica. Yo soy de temperamento muy triste, muy melancólico, mejor. Me gustaba una que decía “Los castillos se quedaron solos. Sin princesas ni caballeros…”. Y me imaginaba construcciones, una arquitectura desolada. Sin personas. Sin ninguna clase de habitante. Y un rayo de sol que entraba por la ventana. Iluminaba una habitación en la que no había nadie. Y en un rincón se formaba una sombra.

-Sí. Pero a mí también me gusta mucho esa canción que compuse. Yo también soy melancólica. Nadie me puede creer porque escribo cuentos y compongo e interpreto canciones con mucho humor. Pero en el fondo. Muy en el fondo, en ese lugar en el que el corazón se vuelve semilla, brote, yema, canto, soy melancólica. Esa zona recóndita del alma, que nadie conoce salvo uno mismo. Porque es intransferible. Bueno, yo te puedo contar esto. Pero sentir, lo que se dice sentir, esa melancolía, solo yo misma puedo hacerlo.

-Estamos a mano entonces. Somos parecidos en algo.

-Pero también en que los dos escribimos.
-Bueno, eso es una forma de decir. A mí jamás se me pasaría por la cabeza en una charla mano a mano con usted decirle que soy escritor porque usted es superlativa.

- ¿Super qué? ¿Superman?


- Es una forma de decir, una hipérbole. Quiero decir que usted es la máxima. Es lo más a lo que un escritor puede aspirar. Incluso para adultos. A mí me gustan sus novelas para adultos. Novios de antaño y Fantasmas en el parque. Creo que me gusta más la primera. Tiene mucho humor. En verdad las dos tienen humor. Pero la última es más autobiográfica. Y es más seria. Es cierto que es de las más recientes que recientes que escribió. Transcurre en ese parque. Esa plaza a la que usted o alguien muy parecido a usted va a tomar sol todas las tardes. Y los perros hacen necesidades y usted y todos sus vecinos del barrio se quejan. Vos no debés tolerar los edificios de departamentos.

-Para serte franca, Adrián, vivo en uno y no los tolero. En el verano nos fuimos con una amiga a una quinta y yo me leí entero, bajo el sol de la mañana, la saga de En busca del tiempo perdido del autor francés Marcel Proust. Es larguísima. Casi perpetua. Pero en verdad fue tiempo ganado. Imaginate todo el tiempo que estuve leyendo. Pero estaba el pastito recién cortado porque venía el jardinero. El olor a césped. Estaba el sol, como te digo. Había una pileta, por si quería tomar un baño o nadar (yo nado poco, pero bien, si bien no me gusta el agua me muevo bien en ella).

- ¿Te gustó París, María Elena?

-Me pareció de oro. No de plata. Una bandeja de oro. Como si estuviera metida en una novela de Liliana Bodoc. Me gustó siempre Liliana Bodoc. Y no nos conocimos jamás personalmente. Pero la leo mucho. Es una grande. ¡Y cuánto escribió!
-Sí, la verdad que sí. Yo escribí dos encuentros imaginarios con ella, en su cabaña de El Trapiche, en la Provincia de San Luis. Pero también mucha crítica literaria. Muchísima. Ya ve. Esto de la crítica literaria en mi vida parece algo irremediable. Soy incorregible. Pero me sale solita.

- ¿Y qué te decía en esos encuentros que deben de haber sido maravillosos?
-Bueno. En realidad, mucho no puedo contar. Son dos secretos entre ella y yo. Pero te cuento que dibujaba un círculo de fuego en aire y me regalaba un libro de mar.

-Veo que te gusta el agua. El vaso de agua. Ahora el libro de agua.

-Sí, el agua el fundamental en mi escritura. Está siempre. Jamás se marcha. Es una dulce, amable compañía, presente compañía. ¿Y cuáles son sus compañías?

-Me gustan mucho los animales y las sirenas.
-Lo imaginaba. Había leído varios cuentos suyos sobre animales. Y “La sirena y el capitán”.

-Ese. Sí. Ese mismo. Es un capitán malvado porque la quiere capturar. Es un español que llega a conquistar América. Pero se rebelan los pájaros, los monos y otros animales de la selva y lo echan. No le queda otra más que salir disparando. No disparando el arcabuz. Literalmente rajando. A él y todos los conquistadores. Si habrán hecho barbaridades acá. No tienen perdón de Dios.
-Sí. Justamente Liliana Bodoc trabajó bastante con el sustrato aborigen y las culturas precolombinas para su épica fantástica.

-Sí. La he leído. Es fascinante. Me gustaría ser su amiga. ¿A vos no?

-Bueno, de tanto escribir sobre ella ya me siento un poco amigo. Pero seguro que me encontraría defectos. Como si conociera los entresijos de su alma. Como si hubiera penetrado en los secretos creativos de su vida. Hasta incluso he llegado a conocer que he alcanzado a rozar alguno de sus misterios de tan profunda que ha sido la comunicación. Yo soy bastante imperfecto. Me encuentro algunos manchones de plasticola de color en la camisa.
- ¿Y qué más querés? Es lo mejor del mundo jugar con plasticola de colores. Pintar. Dibujar. Hacer la flor redonda del país de la geometría. ¿Te acordás de ese cuento mío?

- ¡Pero cómo no me voy a acordar, si es el que más me gusta!

- ¿En serio? A mí también es el que más me gusta. Bueno, y la canción “Manuelita”.

-Tengo una amiga que escribe para niños. Sus novelas son sobre tortugas. La tortuga Antigua Pasolento. No Manuelita. Pero uno siempre encuentra ecos en los maestros ¿no te parece?

-Sí. Yo no me considero maestra de nadie. Pienso que cada cual hace su camino. A lo sumo se alimenta, se nutre de la literatura de otros u otras. Esta una especie de posta. Uno se la pasa a otro. Como en ciertos deportes.

-Sí, yo creo lo mismo. Pero hay creadores muy influyentes que nos impactan tanto pero tanto que nos quedados patitiesos.

-Sí. Ya sé. Sospecho que la tortuga de tu amiga, Antigua Pasolento, por todo lo que me contás, debe ser una creadora que se inspira en otros creadores de modo permanente. Pero en creadores que ella considera afines a sus principios.
Y…Yo la verdad es que no soy demasiado objetivo.
-Te mando solamente un mensaje para tu a amiga.
-Sí, dale María Elena.

-En primer lugar, le decís que le dé de comer pepinos a Antigua. Y a continuación le decís: Querida amiga de Adrián: Manuelita le manda saludos a Antigua Pasolento.

- María Elena. Se va a poner super contenta. Y yo le mando el mensaje que seguro si ella estuviera acá te diría vos: “Vos encontraste tu maravilla”. Eso es todo.

- ¿Eso es todo? ¡Es una barbaridad! ¡Es muchísimo para una persona encontrar su maravilla! Hay gente que no encuentra su maravilla jamás. Viven tristes y enjutos.

- Bueno, pero ella es experta en enseñar a que la encuentren con sus libros. En sus libros, en sus clases, en sus talleres, en sus charlas, en sus Zooms.

-Bueno, Adrián. Espero que un día vengas de visita con ella.

- ¡Por supuesto! Ella también encontró su maravilla. Y me dice que yo también tengo una. Salvo que no me doy cuenta. Yo sin embargo creo que todavía la estoy buscando. Prendo la linterna de noche. Abro las cortinas bien de mañana. Reviso la casa. Miro en el patio. Barro los zócalos. Hurgo en los zaguanes. Me interno en los sótanos. Miro por entre las cortinas de la cocina.

-Las maravillas no se buscan. Se encuentran, Adrián. Y jamás en los lugares que me acabás de mencionar. Por otra parte. A veces hace falta toda una vida para encontrar nuestra maravilla. O ya la tenemos delante de las narices y esa maravilla es invisible a los ojos. Porque es una virtud. No un reloj de lujo.

-Bueno, María Elena. Será cuestión de escucharlas a las dos. A usted y a mi amiga. A través de la tortuga Manuelita y de la tortuga Antigua Pasolento. A ver si por fin mi maravilla se hace ver. Por lo pronto, disfruto muchísimo de ver las de los demás.

-Eso me encanta. Es muy bueno conmoverse con las maravillas de otros. Y admirarlas ni te digo. Y disfrutarlas mucho más. Admirar las maravillas de otros a mi juicio es un sentimiento de grandeza. Ahora que lo pienso. Tal vez esa sea tu maravilla. Admirar la maravilla de otras personas sin envidias.

Le doy un beso en la mejilla porque hemos intercambiado las palabras primordiales. Ni una de más. Ni una de menos. Me acompaña hasta la puerta, que no hace ruido. Los pasos son silenciosos porque hay una alfombra toda verde en su casa. Pero, aunque no hubiera una alfombra, estoy seguro de que ella tampoco haría ruido. María Elena no es ruidosa. Ni para hablar ni para moverse.

     Y me despido. Con todas las esperanzas que me acaba de aconsejar. Con toda esta otra maravilla de nuestro encuentro, no dejará de resultarme sorprendente por el resto de mi vida.  



 

 

 

domingo, 4 de julio de 2021

Bobby de Mélanie Baillairgé

Bobby es un osezno con apariencia de un dibujo de trazos simples, infantiles, pero es mucho más. Es un niño con los miedos de los niños, pero también con los miedos de los adultos, porque un agujero debajo de una cama con un cocrodrilo, perdón, con un cocodrilo en el fondo puede hacer referencia a cualquier otro temor.

Bobby nos presenta a sí mismo cada vez que inicia un nuevo relato (todos comienzan con una palabra ‘YO’), porque es así como fija su ser, es una forma de autoafirmarse y de que el niño lector u oyente también se autoafirme, porque este osito deja abierta la pregunta para que su interlocutor, tú mismo, conteste. La interacción es muy importante cuando nos comunicamos, especialmente cuando el otro es un bebé.

“Yo soy un osezno ¿y tú?, yo tengo garras en los dedos ¿y tú?” Ni qué decir tiene que también Bobby cuenta con nariz, boca, ojos, rabito, ombligo…

Una vez que cada cual sabe quién es, entonces, hay que presentar a la familia: Papá, mamá, el pececito Kiki y sus muñecos. Hay que hablar del agujero negro que se encuentra bajo su cama, al que teme, pero del que siempre sale. No se olvida de su baño, de sus aventuras bajo el agua con Kiki, a pesar de que no le gusta el agua, porque ¿a qué niño le gusta bañarse así a la primera? Tampoco es que le guste mucho ir a la guardería, no es nada agradable encontrarse con cosas que no son suyas, aunque luego, no está mal del todo. En cambio, el parque es especial, puede vivirse en él grandes aventuras, persiguiendo hormigas hasta sus escondites y descubriendo secretos debajo de las piedras.

Más allá de la historia, quizás no, quizás deberíamos decir que formando parte de la historia están las ilustraciones. Ya hablamos al principio que son dibujos simples, podríamos decir infantiles. Trazos rápidos en negro y con un único color, el naranja. Todo lo que ama Bobby, incluso él mismo, es naranja en un mundo en blanco y negro.

La autora de este libro álbum es Mélanie Baillairgé. Artista canadiense, diseñadora gráfica, dibujante, ilustradora, escultora. Bobby, sin embargo, no fue creado por encargo ni por requerimiento editorial, fue engendrado por el simple placer de hacerlo, y se nota.

Lo podemos disfrutar, en español, en la editorial Kraken.

Es el momento de terminar la reseña, porque Bobby ya está, de nuevo, bostezando.



sábado, 6 de marzo de 2021

Con la música a otra parte

 


La  música posee una gran influencia en la literatura. Mueve las piezas de la historia y provoca en los personajes que intervienen, distintas modificaciones en el carácter y en la toma de decisiones. Dice Ronel González Sánchez: Contar historias empleando ritmos y sonoridades, al igual que trazar figuras en el suelo en las paredes de las cavernas, parece ser uno de los entretenimientos  más antiguos del hombre. Música y palabra o tal vez,  la musicalidad de la palabra en un maridaje constante ofrece un tejido muy interesante para los lectores.

Así nos vamos acercando a ese mundo de la imaginación en el que se tejen acciones, palabras, deseos y en algún momento, igual que una partitura musical, una gotita de silencio. En los cuentos de hadas podemos revivir los momentos de los personajes que están atados o liberados a través de la música. Fernando Palacios[1] en CUENTO Y MÚSICA: UN IDILIO PERMANENTE señala que: “Uno de los temas eternos en los cuentos clásicos es el del éxtasis mágico que poseen ciertas músicas: "El flautista de Hamelin", "La historia del soldado", "El ruiseñor", de Andersen, "El músico prodigioso" de los Hermanos Grimm, "La  canción más bonita" de Bolliger…” entre otros tantos que aquí se podrían nombrar.

Vamos a centrar la mirada en la fascinación que ejerce la música en los animales y en este caso especialmente, en las ratas. Hoy nos vamos a ocupar del cuento El Flautista de Hamelin. Se dice que este cuento fue documentado por los Hermanos Grimm en 1816 con el título de “El cazador de ratas”. Su fuente original está enmarcada en una leyenda propia del lugar en la que se cuenta que en el año 1284 sufrieron una gran invasión de ratas. Los lugareños buscaron a través de modos diversos, erradicar esta plaga. Según la leyenda un flautista que pasaba por ahí, aceptó el reto ofrecido por el gobernante del lugar, -quien se comprometió a pagar el precio solicitado por el flautista- y liberó a Hamelin de este gran problema. Pero como suele suceder, aún en estos tiempos, luego de la liberación no se quiso realizar el pago prometido. Entonces, en venganza por esta traición a la buena fe, el flautista regresó  y en medio de la fiesta de San Juan y San Pablo, volvió a hacer sonar su pequeña flauta y uno a uno los niños abandonaron el pueblo y fueron transportados hasta una cueva de la que no regresaron jamás. Aquí aparece la figura musical del silencio y así pasamos a presentar otra versión de esta historia que tendrá otros condimentos, en otro formato con un delicado trabajo en cuanto a imágenes y texto que nos ofrece Calibroscopio.

 La propuesta viene de la mano de Mariana Fernández quien propone una versión de este cuento, focalizando en el accionar del alcalde del lugar, casi un Midas que lustra, mira y admira “sus” monedas de oro. El ritmo y la cadencia de la narración nos llevan a sentir la presencia de la música que es una de las protagonistas para la resolución del primer conflicto y que a la vez, generará la confrontación de las acciones del gobernante con los habitantes de Hamelin. Hay cosas que en la vida no tienen repuesto, y es la vida misma.  A través de estrofas de cuatro versos rimados, descubrimos la presencia de la magia en la que se conjuga la vida y la muerte de los personajes.  Un lenguaje poético,  crea y recrea nuevamente el cuento a través del uso de adjetivos que dan vida a la flauta como un  “instrumento fiel”;  describen al flautista como un mago y al alcalde como un miserable:

Pero en ese pueblo había un gobernante

que sólo en el oro encontraba paz,

pasaba sus tardes puliendo monedas,

celando tesoros y anhelando más.

 

En sintonía con el cuento, los ilustradores Aníbal Dalla Pozza y Pablo Kersevan, nos proponen adentrarnos en una  estética muy particular;  recorremos  sus páginas guiados por  pequeñas ratitas, el ambiente se construye con una variedad  de elementos propios de la herrería: tuercas, tornillos, cadenas, rulemanes, caños, en un tono ferroso dan la atmósfera de un tiempo pasado que se hace presente para que los lectores revivamos este cuento pero en este ocasión con un final diferente. Las imágenes en algunos casos se presentan como si fueran antiguas estampillas que van poblando las páginas y reconstruyendo la historia de un flautista, un gobernante avaro y un pueblo  en el que “los aldeanos vivían sin penas, en prosperidad”.  La tapa y la contratapa invitan a los lectores a asomarse al mundo de la creatividad y a dejarse llevar por la imaginación: llaves, recortes de madera, materiales con distintas texturas, imágenes de ratitas en paracaídas. El pasado y el presente de esta historia sigue cautivando a muchos lectores de todas las edades y hoy, se cierra con un gran mensaje: “ver las cosas desde otro lugar nos abre las puertas para jugar”.



 Agradecemos especialmente a Cecilia Haug por su asesoramiento en cuanto las versiones musicales que se han escrito para revivir este cuento.

 



[1] Palacios, Fernando (1997) www.agruparte.com/imgx/words/Revista MAP 4.pdf en REVISTA MÚSICA, ARTE Y PROCESO.

sábado, 29 de agosto de 2020

La mochila, por Gabi Casalins y Valentín Cassano

Les comparto este cuento que se llama "la Mochila". Lo escribí hace ya tiempo, por 2014. Integra un libro de cuentos inédito con historias muy misteriosas. Invité a Valentín Cassano, un adolescente de 16 años a leerlo y recrearlo en una ilustración. El resultado fue magnífico porque Valen es un gran dibujante con una imaginación fantástica: me encantó su versión gráfica de esta historia.

¿Cómo dicen? ¿Que no se puede ser artista a tan temprana edad? Mmmmm, miren esta ilustración y después me cuentan.


Valentín Cassano está por cumplir 17 años,  y va al Colegio Sagrado Corazón de La Plata, ciudad en la que nació.

Desde muy pequeño es fanático de Tim Burton  y también le gusta de Lewis Caroll y su Alicia en el país de las maravillas. Ha leído a Edgar Allan Poe y siempre se muestra interesado en una estética que se relacione con el tipo de atmósfera que recrea este autor en su obra. 

Cuando era chiquito, su tía Flor Cassano, que es ilustradora y también editora, lo inició en el maravilloso arte de expresarse dibujando. Él lo siguió haciendo y ahora escribe y dibuja sus propias historias que suelen tener el formato de la narración en verso y "piensa en imágenes". ¿Se avecina un cineasta?

El trabajo que mostramos en este blog ha sido realizado con bolígrafo negro sobre hoja blanca. 


LA MOCHILA

                                                                                               Por Gabi Casalins


Me pasó el viernes pasado cuando me bajaba del 

transporte escolar. Al principio me asusté mucho, 

pero ya me estoy acostumbrando.

 No se ve, pero ahí está.  A la tarde le dije a mamá que me diera ese portafolio viejo de papá para ir a la escuela. Ya no puedo usar mochila.

-¿Y tu mochila nueva?- me dijo-¿Ya no la usás? ¡Con lo que jorobaste para que te la compráramos!

-Yyyyy- le dije yo, y me miré la punta del zapato.

-Que, ¿ya cambiaste otra vez de Super-héroe y el Hombre Araña no te gusta más?

-Yyyyyyy…-volvía decir yo y retorcí una hojita de la maceta de la begonia amada de mamá para distraerla.

-¡Nene, largá esa begonia! ¡Cuántas veces te dije que las plantas son seres vivos y que hay que respetarlos! ¡Habrase visto! 

Y bla, bla, bla, siguió explicando lo de las plantas sensibles, que es su tema favorito. Así logré que se olvidara de la mochila. Porque cuando mamá se pone preguntona, seguro que me saca la verdad. Y lo que yo menos quería era decirle la verdad. Es demasiado terrible para una madre.

Es lógico, ahora no puedo usar mochila. No pesa nada, pero es como tener un viento atado en la espalda. Y tampoco quiero que se enoje. Ahí sí que estoy frito.

El lío es a la noche. En la cama. Yo quiero dormir pero él no. Le encanta salir por los pasillos de la casa y gritar  “¡Uuuuuuuuuuuuuhhhhhhh!”. Yo salgo atrás de él, pero nunca lo alcanzo porque se hace humo.

Ya despertó dos veces a mi hermanita Abril. Por suerte no habla todavía. Mi mamá le puso el chupete y listo. Yo tomé la decisión de cerrar el cuarto con llave. Es lo más seguro. Las cadenas se las escondí en el ropero, atrás del canasto de los juguetes. Capaz que así soluciono lo de los chirridos.

Y bueno, a veces la cosa también tiene sus ventajas. Sabe mucha historia y me contesta en la oreja todas las preguntas que hace la Seño. Ya me saqué dos diez en la Revolución de Mayo y el Congreso de Tucumán.

 De Matemáticas, ni medio.  Se aburre y se pone molesto en esa hora y mancha los pupitres de los chicos explotándoles las biromes o les cambia los útiles de una a otra cartuchera. ¡Se arman unos líos!

Yo trato de retenerlo en mi espalda, pero se me escapa seguido. Parece que le encanta la escuela. Le vuelca el balde a la portera o le empaña los vidrios con su aliento helado cuando recién los terminó de limpiar, la pobre. Ella se vuelve loca con el trapito, dale que dale para sacar la mancha.

Espero que nadie se dé cuenta. Sobre todo mis amigos de básquet. Pero me temo que mi abuelo Cosme sospecha algo, porque el otro día me dijo en la mitad del partido de truco que estábamos jugando:

-Ojo Nico, no es bueno andar con el miedo colgado de la espalda.

Yo pienso que ya se me va a pasar. Cierro fuerte los ojos, agarro el portafolio viejo de papi y me voy para la escuela sin mochila.


Y ahora los invitamos a ustedes: 

¿Quién se anima a mandarnos un dibujo del miedo que guarda en su mochila?

Háganlo a este correo electrónico y publicaremos sus dibujos:

elmonodelatinta2013@gmail.com


martes, 25 de agosto de 2020

Lissette Mayer nos cuenta "El sol, la luna, el agua" en Kamishibai

 Les presentamos a Lissette Mayer y a su Kamishibai mágico. ¡Disfruten de la cadencia de su voz y de la belleza de esta narración!



Lisette Mayer. Antropóloga y narradora. Chilena de origen, vive en Argentina hace 20 años. Se ha especializado como narradora de cuentos en kamishibai llevando a la audiencia infantil cuentos tradicionales, leyendas e historias que retratan la diversidad cultural de nuestro planeta. Ha participado de diferentes eventos culturales en la zona de Traslasierra -donde vive actualmente- como ferias del libro, espectáculos en teatros y centros culturales y actividades en escuelas rurales.

Kamishibai -“teatro de papel” en japonés- es una manera de contar historias de tradición oral que se originó en los templos budistas de Japón durante el siglo XII. Los monjes utilizaban pergaminos en los que combinaban imágenes y texto para contar historias a las audiencias.

A principios de 1920 el Kamishibai resurgió como manera tradicional de contar cuentos a través de los Gaito Kamishibaya, narradores que viajaban en bicicleta de pueblo en pueblo llevando el teatro de papel para el deleite de los más pequeños y procurarse, de ese modo, la venta de golosinas.

 

Hoy en día esta tradición se revitaliza en diversos rincones del planeta portando su magia sencilla y profunda. A través del butai –teatro de madera- se exhiben láminas ilustradas que acompañan la narración de cuentos tradicionales de distintas culturas.

 




El video que presentamos forma parte de “Programa Cultura”, iniciativa de la Secretaría de Cultura de la Provincia de Sal Luis, creado para difundir contenidos culturales audiovisuales en tiempos de cuarentena.

 



¡Gracias Lissette por compartir esta preciosa historia con El Mono de la Tinta!

martes, 4 de agosto de 2020

Dicen que dicen...




A mis amigas escritoras:
Gabi e Inma.

¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo venimos enseñando?” 
                                                                                       José Saramago, “La flor más grande del mundo”. 


Las palabras que esbozo aquí, solo son una humilde introducción al  cuento que quiero compartir con ustedes que han recibido un don preciado que es, el de poder componer historias para niños. Ese regalo, me ha sido vedado por el destino. No obstante, sí recorro y comparto las historias contadas por otros, sufro las mismas desventuras de los personajes y cuando cierro el libro, tengo la misma desazón e incertidumbre por acceder a otro título que me haga vibrar como en la lectura anterior. En fin, estamos en el mundo de las palabras, en el universo de las imágenes que se generan a partir del sonido del vocablo dicho y ya estamos ahí, y caemos rendidos a los pies de alguna promesa que nos embarque en un mar infinito, y que por un rato, por unos minutos seamos los arquitectos de ese cuento, que se cierra con un final en el que hemos puesto el cuerpo y la mente al servicio de un narrador que hace las veces de un hacedor de esa historia.
Solo me resta compartir y acompañar el camino de literatura a través de la lectura. Como dice el Maestro Jorge Luis Borges: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído".
Aquí me animo a compartir La flor más grande, un cuento del escritor José Saramago. Una gran lección de literatura y de vidaEste cuento se inicia bajo la excusa del premio nobel de literatura sobre la imposibilidad de escribir un cuento para niños. Y así sin querer o queriendo, el cuento se va tejiendo, la figura del niño se agranda porque su destino es grande. Es parte de la historia y como tal se convierte en el héroe, en el que ofrece vida frente a un páramo, a una tierra seca y muerte; sus pies descalzos y ensangrentados de tanto subir y bajar la montaña en busca de agua para su flor, para dar vida a la vida, son el símbolo de este renacimiento.
Qué más se puede decir de este modelo de escritura y de escritor. Solo cerrar los ojos y dejarse llevar por esta historia que dicen que es para niños, yo, lo dudo, porque ya no soy una niña y me encantó:


“En el cuento que quise escribir, pero que no escribí, hay una aldea. (Ahora comienzan a aparecer algunas palabras difíciles, pero, quien no las sepa, que consulte en un diccionario o que le pregunte al profesor.)
Que no se preocupen los que no conciben historias fuera de las ciudades, ni siquiera las infantiles; a mí niño héroe sus aventuras le esperan fuera del tranquilo lugar donde viven los padres, supongo que también una hermana, tal vez algún abuelo, y una parentela contusa de la que no hay noticia.
Nada más empezar la primera página, sale el niño por el fondo del huerto va, de árbol en árbol, como un jilguero, baja hasta el río y luego sigue su curso, entretenido en aquel perezoso juego que el tiempo alto, ancho y profundo de la infancia a todos nos ha permitido...
Hasta que de pronto llegó al límite del campo que se atrevía a recorrer solo. Desde allí en adelante comenzaba el planeta Marte, efecto literario del que el niño no tiene responsabilidad pero que la libertad del autor considera conveniente para redondear la frase. Desde allí en adelante, para nuestro niño, hay sólo una pregunta sin literatura: «¿Voy o no voy?» Y fue.”

Para continuar leyendo esta bella historia los invitamos a visitar esta página: https://issuu.com/auditoriotenerife/docs/ost_guiadidactica_laflormasgrandede en la que encontrarán el cuento completo. Nos vemos en otro cuento.

Como esta historia tiene principio pero no tiene un final, los invitamos a disfrutar del video de La Flor más grande del mundo, compuesto y dirigido por Emilio Aragón.

https://www.youtube.com/watch?v=axHXMbkSSGk