En la biblioteca vive el Mono de la Tinta. Se esconde entre mis libros y acecha mis tinteros. Cuando cree que no lo veo, olisquea mis lapiceras. Se trepa a una pila de libros y, por sobre mi hombro, trata de adivinar qué escribo. Escucho su respiración acompasada, anhelante, mientras lee. Lo sospecho en puntas de pie, haciendo equilibrio, pero, cuando me doy vuelta, siempre desaparece.

Dos cosas le gustan sobremanera: La tinta y las historias.

El otro día, al caer el sol, me acerqué silenciosamente. Me escondí en las sombras, detrás de las cortinas. La noche avanzaba lenta como el río espeso de mis sueños.

Entonces, cuando ya casi se me cerraban los párpados, lo vi: se acercó canturreando una cancioncita pegadiza y destapó todos los tinteros en un bailecito alegre. Después, sentado sobre sus patas sacó una historia del tintero con sus dedos largos.

“Había una vez…”. Y la tinta, sangre del cuento, se deshizo en gotas negras sobre el piso, desmigajándose en mil historias de dragones, de caballeros, de batallas, y en la historia de un mono que bebe tinta, una tinta negra y brillante, como los ojos negros del Mono de la Tinta…

Gabi Casalins, septiembre de 2013

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lunes, 23 de agosto de 2021

Reseña: "La oscuridad de los colores" de Martín Blasco, por Silvina Flamini


 Silvina Flamini nos acerca esta reseña que invita a la lectura de adolescentes y adultos sobre "La oscuridad de los colores" de Martín Blasco. 




LA OSCURIDAD DE LOS COLORES, Martín Blasco. Editorial Norma, 248 páginas (a partir de 13 años).

 

Esta es una novela oscura y siniestra, como lo anuncia el título, y la primera duda que surge es: ¿los colores tienen oscuridad? Pregunta inquietante que motiva al lector a sumergirse en la lectura.

Los capítulos se van alternando entre el diario personal de J.F. Andrew  y la historia de Alejandro, un periodista, a quien le encomiendan investigar la desaparición de cinco bebés durante el primer Centenario de Bs As. Esos niños reaparecen veinticinco años después en sus hogares: han sido sometidos a un plan macabro de Andrew, con fines "científicos".


Estos niños serán rebautizados (y la incógnita, develada) con nombres de colores y criados bajo distintos estímulos para demostrar a lo que es capaz de llegar el ser humano.


En la investigación, Alejandro descubrirá no solo las verdaderas identidades de los jóvenes y quiénes se esconden detrás de esta aberración, sino también algunos secretos.


Salvando las distancias argumentales, la obra puede ser leída como un intertexto de La isla del doctor Moreau, de H. G. Wells ya que en ambas hay una experimentación con el ser humano producto de los deseos más egoístas e inescrupulosos del hombre.

 

El contexto en el que se desarrolla la historia es el de fines del siglo XIX y comienzos del XX, pleno auge del positivismo, de la hipnosis y de experimentación científica; un mundo cambiante, de olas inmigratorias generadas por el estallido de la Primera Guerra Mundial. La Buenos Aires de 1910 será el telón de fondo que acompañe a los personajes en su propia búsqueda de la identidad.

 

La oscuridad de los colores es una novela llevadera, de ritmo ágil para el público juvenil o adulto que guste de lo intrincado; es diferente a otras novelas del autor y, por ello, muy atractiva. 

 

 Silvina Flamini

Nací en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, allá por el año ‘74. Estudié el Profesorado en Letras en mi ciudad y hace años que ejerzo la docencia en distintos colegios.
Colaboré en la organización de las “Jornadas de Poéticas de la literatura argentina para niños”, que se desarrollaron durante varios años en La Plata. Asisto con regularidad a jornadas, congresos, charlas sobre la LIJ, y tomo talleres para perfeccionar mi escritura. En 2019 cursé la Diplomatura en Literatura infantil para docentes, dictada por la UCALP.
He publicado dos libros de cuentos: Crónicas mininas y otros relatos  y ¿Érase una vez? Tal vez…, recientemente lanzado.
Me dedico, además, a difundir la literatura infantil y juvenil porque es algo que, verdaderamente, me apasiona.

lunes, 2 de agosto de 2021

“Gabriela Casalins: una poética de la imaginación salvaje” por Adrián Ferrero

 Nuestro colaborador Adrián Ferrero hace una semblanza de la trayectoria literaria de nuestra Gabriela Casalins. Sin obviar su amistad con ella, no cae en lo tendencioso. Nos muestra que nadie mejor que él para hablar de la conexión entre la vida y la literatura de esta escritora platense. No nos extendamos más, sólo les queda ahora leer el artículo.



     Como premisa, esto es, como primer paso en el marco de un trabajo crítico, en el presente artículo no ocultaré que mantengo una relación de amistad con su autora de ya largos años. De compartir experiencias vitales, existenciales, metafísicas, expresivas y afectivas que desde esa misma amistad franca nos mantiene en continuo intercambio fecundo. Ello no es sinónimo bajo ningún punto de vista de que este artículo carezca en el abordaje de su corpus de rigor u exigencia críticos. O acaso busque el panegírico. Más bien, muy por el contrario, se sirve de esa cercanía para reconstruir una trayectoria, la consolidación de una voz, la detección de ciertos núcleos recurrentes en su poética, un cierto modo de trabajo, el sistema de lecturas de la autora, servirme de los trayectos formativos compartidos para recuperar esos aprendizajes y ver de qué modo los hemos procesado cada uno de modo diferente. Diálogos llenos de franqueza y honestidad conducen, inexorablemente, a que la amistad no precisamente interfiera en el trabajo crítico, sino que me brinde más recursos para interrogar sus textos con idoneidad. Por otra parte, compartir la vida durante largos años permite conocer a fondo el sentido de la ética de una persona en los hechos, no ya de palabra. En la acción, en la interacción cotidiana y  en la intervención en el mundo. Asistir al modo como realiza aportes a la comunidad, cómo es su socialización y de qué modo cuida de sus afectos y de sus semejantes. En tal sentido, y aquí sí seré enfático, Gabriela Casalins escribe como vive y vive como escribe. Esto es: hay una congruencia tan absoluta entre su sentido de la libertad y su sentido de la libertad subjetiva en directa relación con la creatividad, la seriedad con la que encara el trabajo de sus propios textos o supervisa los ajenos, ofrendando su tiempo generoso para colaborar, que su responsabilidad y su compromiso resultan elocuentes. Hasta aquí entonces mi definición de Gabriela  Casalins como amiga, como ser humano completo y, ahora sí, vamos a las cosas.

     Rosemary Jackson, la investigadora norteamericana, ha estudiado los alcances de la literatura fantástica o lo que ella ha dado en llamar “fantasy”, en su libro Fantasy. Literatura  y subversión (versión original en inglés de 1986) que, en un sentido amplio, comprende a todo campo de la producción literaria que transgreda las leyes de verosimilitud propias de la literatura realista. En esta categoría ingresarían naturalmente obras fantásticas en primer lugar, pero también el cuento extraño, la ciencia ficción, el gótico, entre otros géneros desde lo temático afines. En tal sentido, habría toda una serie de unidades que el fantasy y su construcción tanto desde lo semántico como desde lo formal pondría en cuestión. La unidad de personaje (adoptando formas, tipos, figuras, encarnaciones, figuraciones) que rompen con el estereotipo de la literatura realista. En efecto, se trata de una literatura que a la noción de personaje entendida en los términos más estereotípicos y tradicionales la desarticula. Existen personalidades múltiples. Los personajes cambian de identidades. Las identidades nos son fijas, estables, hay metamorfosis, entre otras variantes. Igualmente ocurre con la unidad de tiempo y la unidad de espacio, que por ejemplo en la ciencia ficción se ven fuertemente comprometidas. En estos géneros son frecuentes la discronías y las ucronías. Y, en el orden de las relaciones humanas, las distopías, entre otras formas de la transgresión también del universo social, lo que genera confusión, destrato, caos o bien violencia, tal como lo apreciamos en su dimensión de la realidad empírica, constatable. Estas son algunas notas que plantea el fantasy (no todas) muy a grandes rasgos. Por otro lado, sí diría que la hipótesis de Jackson es que el fantasy lo que sí hace es plantear (en sus palabras) “imposibles semánticos”, esto es, circunstancias, episodios, hechos, acontecimientos, relaciones, vínculos, sucesos, climas, atmósferas, que según las leyes del convencional discurso realista, más lineal, más naturalizado, más unívoco, en lo relativo al referente no solo imaginario, no tendrían cabida bajo ningún punto de vista. A la luz de estos atributos, dibujados muy a grandes trazos sí diría que la escritora de La Plata (Argentina) Gabriela Casalins (La Plata, 1961), autora de literatura para niños y para adultos, de poesía, narrativa, obras para títeres, entre toda una amplia diversidad y variedad de registros por dentro del orden de la producción literaria, en ocasiones manteniendo la unidad de sentido, es un ejemplo cabal de este tipo de literatura. De una poética que desde la representación literaria plantea una fuerte oposición a la cultura represiva imperante y dominante que impide la libertad subjetiva, el desenfreno de la imaginación, la posibilidad sensible de sentirnos comunicados mediante formas alternativas al dibujo de lo que proponen fórmulas convencionales que no aportan sustantivamente nada al panorama de la biografía de un sujeto en la sociedad contemporánea que pueda eludir la prohibición de crear, de recrear por dentro de la cultura y su, diría Freud, malestar. Pero, por sobre todo, a partir de una poderosa intervención en el orden de lo simbólico que se proyecta hacia el orden de lo material o físico, afectándolo notablemente. Y modificándolo. Gabriela Casalins publica cuentos en antologías colectivas, forma parte de un libro cuya Editora es nada menos que la Dra. en Ciencias de la Comunicación y escritora Graciela Falbo (quieran estuviera muy ligada a la literatura infantil durante una buena etapa de su vida; luego se volcó, en una singular e importante producción de la lírica). Esta antología institucional, porque fue publicada por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social dependiente de la Universidad Nacional de La Plata, social (el marco institucional dentro del cual había tenido lugar el taller de escritura del que ambos participamos junto con otros asistentes, muchos de ellos escritores), dio por resultado en 2002 el libro Cara y ceca de la escritura. Cuentos y procesos creativos. Allí de un lado del libro figuraba una selección de relatos a partir de la misma consigna impartida a todo el grupo. Y del otro, en una cara invertida, la reconstrucción de los procesos creativos a partir de los cuales habían tenido lugar.




     Llega luego un libro con el que obtiene un premio importante, el Primer Premio Internacional Hespérides con su libro Historias familiares (2005). Este punto ya nos sitúa frente a un sujeto mujer en primer lugar, diría yo, con poder de iniciativa, atento a reconstruir sus propias tramas identitarias, las de sus mayores y lega a su descendencia toda una riquísima memoria que, transmutada en relato, deviene un capital difícilmente olvidable para ella y para los suyos. También para quienes somos sus amigos o participamos de su entorno afectivo, atentos y ávidos por conocer estas historias que siempre dejan abiertos los sentidos en lugar de cerrarlos. Suelen ser fuente entrañable y, naturalmente, como no podía ser de otra manera ponen el acento en un cierto tipo de educación (y no otra). Sientan las bases de una ética hacia el semejante. Y de la construcción de la concepción de ese semejante en función fue formado este sujeto mujer de lo que es capaz de brindarle, de aportarle, de darse tanto intrafamiliarme como por fuera de ella como exogámicamente. Asimismo, de qué modo las generaciones mayores trazan un puente hacia las que están comenzando a florecer para ponerlas al tanto de dónde vienen. Y de dónde vino su madre. Sienta las bases de un pacto, también, con sus ancestros. Gabriela Casalins ya demarca, eso queda claro, un territorio sagrado. Lo hace adoptando la forma de un corpus de historias interesantes, bien escritas, con trama y argumento que cautivan (como toda su literatura, que jamás pierde de vista el interés y la atención del lector, no perder a ese lector al que aspira a conquistar con las armas de la seducción del relato bien escrito, no solo con emociones o contenidos que sean fuertes y atractivos, en libros donde pasen cosas que son apasionantes, si bien pueden ser dolorosas (como en su cuento “Desagelada”, a propósito de una chica de la calle, en plena orfandad), con emociones, que conmuevan, que movilicen pero sin efectismos, sin moralejas ni didactismos simplistas, sino por una poética, a secas. Por lo tanto, que atraen porque constituyen una tipología de discurso literario altamente atenta a estar pendiente del receptor. Una poética que no es partidaria de la codificación del discurso literario sino de su liberación hacia todas sus dimensiones creativas posibles. También es la escritura de factura trabajada, urdida cuidadosamente, la que le interesa a Casalins (sin llegar al extremo del adorno o la escritura ornamental, plagada de florituras, prácticamente vacía o falta de toda intensidad emotiva o de ideas, axiológicamente connotada sin clase alguna de valores). El libro clave de toda su producción (lo que por supuesto puede ser objetable por parte de otros especialistas) es a mi juicio Animalia (2009). Un bestiario medieval para el cual se documentó, estudió, leyó, pero también para el cual fue tremendamente original en lo relativo a sus tramas, argumentos y atribución de fisonomías a estos seres fabulosos que, una vez más, venían como proponía Rosemary Jackson a romper con una tipología de personajes y protagonistas habituales, instalados en la ficción según el sentido común, una estereotipia que nada venía a aportar a la poética (y al mundo, en un sentido mucho más amplio, agregaría yo). Casalins, en cambio, será desafiante. Organizará un conjunto de tramas que no serán concesivas con lo que la literatura propone en su normalización sino en la “subversión” (palabra de Jackson). Sus personajes adoptarán la forma que ella desea y no la que la sociedad impone. Y el universo poético de Casalins será el de personajes fabulosos en diálogo sin embargo con el universo humano. No elimina a los humanos de ese cosmos sino que integra ambas dimensiones. Criaturas fabulosas con criaturas humanas, con seres humanos. Así, introduce un contrapunto riquísimo. No hay agresión ni hay ataques  ni hay violencia. No hay antagonismo (al menos que yo recuerde en lo primordial) sino que más bien hay extrañamiento, para usar un término propio de los formalistas rusos. Pero tampoco hay una suerte de perplejidad asustadiza que conduzca ni al trauma ni al terror. Se trata de figuras claramente distintas del humano pero que no han llegado para depredarlo. Esta es la zona de la imaginación que más finamente a mi juicio Casalins desata, pone en estado de libertad subjetiva. Y de rebelión contra los límites de la ficción realista.

Finalmente, llegarán dos libros para niños: un díptico. Lo que Teo no dice (2014) y Lo que Teo descubre (2018). Es aquí donde la tortuga Antigua Pasolento será la protagonista que vaya al rescate de un niño (Teo) que padece la discriminación en el ámbito escolar (universo que la autora conoce a la perfección, como veremos más adelante por qué y de qué  modo), a lo que se suma la trágica inundación de nuestra ciudad de La Plata en la cual hubo incluso (como se recordará) numerosos muertos, casas devastadas y miles de libros arruinados (ya que nos estamos refiriendo a datos de la poética, sin querer por ello homologar en modo alguno pérdida de vidas humanas con pérdida de libros). Entre este universo escolar y esta tortuga poco convencional, que por ejemplo habla y entabla diálogos con el protagonista, se producirá una interacción a mi juicio interesante. La tortuga Antigua le permitirá a Teo encontrar “la maravilla” que hay dentro de él, que ya está, pero él ignora que la posee. “La maravilla” se oculta. Solo se trata de buscarla, de sacarla a la luz. La segunda novela trabaja con una trama relativa más a un afán aventurero en el que interviene la salvación de animales que corren peligro y, por otro lado, la introducción al universo de la ficción de un tortugo. Esta novela, publicada por la Editorial La Brujita de papel, de Buenos Aires, será lo que permita a Casalins salir al ruedo, salir del ghetto de la literatura platense y sumirse en el campo literario de Buenos Aires. Lo que importa un salto cualitativo sumamente importante para una autora “de provincias” (así nos denominan los porteños o bien "del interior", con despectiva contracción a desprestigiar poéticas de portento como la de Gabriela Casalins, perfectamente a la altura de cualquiera de las de Buenos Aires) que sin ser una ambiciosa seguramente se habrá sentido indudablemente gratificada y reconfortada de encontrar eco, tal como de hecho sí ocurrió, en Argentina en general, no solo en Buenos Aires o La Plata. También el Gobierno de Chile, la distinguió y su primera novela fue distribuida en colegios para la enseñanza primaria. De modo que este libro adquirió una proyección potente ya en términos internacionales. Se realizaron numerosos trabajos fundamentalmente en escuelas en torno de esta novela. Y ella misma fue agente de cambio trasladándose a esos ámbitos escolares, llevando la voz de una autora para que los niños supieran y conocieran que por detrás de la voz de las historias se agazapa un ser de carne y hueso. Alguien quien es la artífice de esos milagros que quedaban plasmados por escrito pero por detrás de los cuales había una imaginación que ponía en movimiento una creación así como un trabajo de un alto nivel reflexivo porque estaba interesada en focalizar su atención no en cualquier dimensión de la invención. Hay en Casalins una urdimbre entre preocupación por las prácticas de la enseñanza y el sistema educativo en general que se articula en su ficción y ello resulta tangible. Resulta legible, mejor. Resulta un trabajo, en definitiva, noble, porque pone en directa relación prácticas sociales con discursos literarios que los integra. Lo que en las circunstancias por las que atraviesa la educación requieren de un profundo sentido crítico pero también propositivo.

     En la etapa de su blog infantil “El Mono de la tinta” que modera junto con otras dos responsables con una alta calidad de producciones publicadas, por un lado. Por el otro, con una pluralidad de géneros literarios, mantiene una zona de la producción que permite dar a conocer, incluso, la escritura literaria de los propios niños, "El Mono de la tinta" se vuelve un ámbito de discusión de ideas, de debate, un  foro de exposición de trabajos de especialistas, de difusión de propuestas sensibles, de la inteligencia lúcida, del trabajo colectivo, de una literatura, lo sabemos, en términos generales puesta al margen, entre paréntesis del corpus de las poéticas nacionales. Esta me parece tarea encomiable por parte de “El Mono de la tinta” que difunde, promueve, interroga a un tipo de discurso literario completamente desjerarquizado que, esta vez sí, se debe manejar en ghettos: editoriales específicas, Ferias del Libro Infantiles y Juveniles, Jornadas y Congresos específicos en lugar de integrarse al gran concierto del corpus de una literatura nacional. Esta penosa circunstancia, sobre la que ya he hecho singular hincapié en numerosos trabajos preliminares, me exime de todo desarrollo que, por otra parte, para las personas interesadas en este campo de la producción (no solo como estudiosas o productoras literarias), resulta a ojos vista una obviedad porque salta a los ojos.



     Vale agregar que aproximadamente entre 2000 y 2008 participé en un colectivo de literatura con la escritura Gabriela Casalins, la escritora Adriana Coscarelli y el escritor Luis Edgardo Soule de Diagonautas, una experiencia virtual que consistió en el Primer Portal Literario de la ciudad de La Plata, en formato digital, dando a conocer desde entrevistas hasta poesía, relatos, entre otros corpus de autores y autoras de Buenos Aire y La Plata, destacados profesionales.

     ¿Y qué decir del presente histórico? Dado que mantengo una relación de amistad con la autora no me atrevería a hacer ninguna clase de declaración en el sentido de revelación acerca de lo que está escribiendo en este momento. Sí diría que se encuentra profundamente cautivada y comprometida por el universo mágico de los títeres, desde su factura material hasta la escritura de obras cortas. Lo que importa ya sumergirse en una nueva dimensión de la creación: la escénica. He tenido acceso a registros audiovisuales de dichas creaciones y me han parecido de excelencia, me han impresionado vivamente, además de resultarme profundamente conmovedoras. Remueven los entresijos del alma en el mejor sentido de la palabra. Nada queda por fuera de esta palabra tan viva como vivaz, que se mueve grácilmente por el universo de los significados sociales y del discurso estético.


      Entre su larga trayectoria de un pasado como docente de Lengua y literatura graduada en la Universidad Nacional de La Plata, en colegios de ese misma Universidad Nacional de La Plata u otras instituciones educativas privadas, en su trabajo como docente en institutos terciarios, Gabriela Casalins ha llevado adelante en esta ciudad de La Plata un movimiento impetuoso que ha impulsado una renovación desde la docencia, desde cargos directivos en escuelas  secundarias, desde planes de estudio de innovación, desde la investigación, desde la edición virtual y desde la producción creativa en el formato libro una promoción destacable de la cultura literaria y, con ella, enriquecido el patrimonio de nuestra ciudad de La Plata. En tal sentido, su foco ha estado puesto siempre en la lectoescritura creativa desde múltiples foros. De la educación a los talleres de escritura que ha dictado. De las charlas públicas con alumnos hasta el trabajo con docentes o su trabajo en institutos de educación por el pensamiento de naturaleza experimental. Merece a mi juicio un reconocimiento unánime y definitivo por su trabajo sostenido que ha debido ser compatible (esto sí quisiera dejarlo asentado, porque lo considero tarea noble y encomiable) con responsabilidades con una familia numerosa en lo referente a una maternidad que, me consta, ha sido de una maternidad responsable y amorosa. Todo me resulta destacable. No escribo estas líneas con motivo de una amistad, esto es, producto de un compromiso adquirido de antemano, de hecho ella no sabía que yo iba a hacerlo y fue la primera sorprendida (o, en todo caso, no solo por ello, en todo caso porque es eso lo que me ha permitido tener acceso a la cocina de su producción y a su trayectoria, a la recuperación y conocimiento de sus procesos creativos, a sus cavilaciones en un intercambio frecuente y fecundo con diferencias pero también de mucha afinidad, de mutuos consensos, de comprensión, porque si algo la caracteriza es el pluralismo y la tolerancia). Señalaría en ella un profundo sentido de la ética que se pone de manifiesto, naturalmente, por transposición natural y espontánea, como sucedía, por citar un caso paradigmático, con Liliana Bodoc, nuestro faro para todos los que escribimos con ese mismo sentido, al universo de los textos literarios de imaginación con vistas a principios humanistas. A concebir a la alteridad como semejante. Los principios le importan tanto como los comienzos de las historias. Y los conflictos la preocupan, la desasosiegan. Y los desenlaces hace lo imposible porque sean lo más descarnados posibles en ocasiones tanto como lo más dichosos posibles en otros casos. Dependerá del público, de la historia que esté narrando, de su intención al narrar (si la tiene). No pretende ni idealizar ni tampoco escandalizar ni incomodar innecesariamente al lector. Cada historia demanda una cierta clase de tratamiento, de abordaje, se señalamiento social que no siempre resulta grato ni tampoco resulta ejemplar en lo relativo a la felicidad. Es una escritora que apunta a ser, ante todo veraz, pertinente y coherente con lo que ha escrito. Una preocupada por la realidad empírica pero también atenta a la capacidad infinita por el vuelo imaginativo. Por lo tanto, experiencia vital y experiencia estética tendrán la misma argamasa. El mismo potente poder de convicción porque hay ideas, hay ideales y hay un credo. Pero en toda ella hay un principio de coherencia y afán de libertad. La imaginación furiosa, desatada es la que, por fin, gana la partida.





 

La Plata, 31 de julio de 2021

 



sábado, 27 de marzo de 2021

Girafa, por Adrián Ferrero

 Adrián Ferrero nos cuenta hoy la historia de una jirafa llamada "Girafa". ¿El nombre de este animal, se escribe con "j" o  con "g"? Si lo quieren descubrir, no tienen más que trepar por el largo cuello de este cuento y escuchar lo que tiene por decir.


 Adrián Ferrero


Girafa

Por Adrián Ferrero

Ilustra: Gabi Casalins

 

     Era larga por donde la miraran, salvo la cola, que era cortita como una lagartija.

     Era a manchas marrones y blancas y tenía un cuello tan largo que uno se podía trepar por él y después bajar como por un tobogán. Pues eso fue lo que  hizo Pericles cierta tarde. Él vivía en Nairobi, donde su padre era embajador de Argentina porque  integraba el servicio diplomático. Se trepó a la jirafa y se deslizó hasta su lomo. Luego quedó trepado, la montó, le puso un lacito en el cogote y anduvo un buen rato por la sabana.

     Lo cierto es que Pericles descubrió otra cosa. Mucho más desopilante. Ustedes se preguntarán dos cosas ¿qué quiere decir la palabra “desopilante”?  Y también se preguntarán qué fue lo otro que descubrió Pericles. Lo que descubrió Pericles fue que la jirafa giraba el cuello y podía mirarlo a la cara estando él sentado. Sentado o montado, como prefieran llamarlo. Y la palabra “desopilante” búsquenla en el diccionario.

     Dado que esta era una jirafa sin nombre (al menos que él lo supiera) se le ocurrió ponerle uno. ¿Y saben cuál se le ocurrió? “Girafa”. “Girafa de aquí”. “Girafa de allá”. Lo cierto es que la jirafa Girafa lo que no hacía era hablar, pero sí podía rotar su cuello 360 grados.

     ¿Para qué sirve semejante tontería? Se preguntarán ustedes con toda la razón del mundo.  Pero Girafa la usaba para algo FUNDAMENTAL.  La usaba para mirarse en el agua, porque era muy coqueta y vanidosa. Y aprovechaba para enterarse de ese modo si la nuca estaba limpia o sucia, sucia o limpia. Era su espejo.

      Pericles se hizo muy amigo de Girafa. Tan, tan amigos que salía a trotar por la sabana, se metían por entre los bañados, Girafa saludaba con la pezuña a los ñus pero ni bien sentía el olor de los chitas o de los leones salían disparando para la manada.

     Lo más difícil de todo para Girafa era tomar agua. Tenía que hacer todo un operativo complicadísimo. Incorporarse, abrir las patas delanteras, después bajar lentamente el cogote, el cuello hasta que por fin su hocico tocaba el agua y se ponía a beber. Para colmo de males, al tomar agua tan inclinada, costaba que el agua subiera porque todo lo que sube tiende a bajar, como es natural, siguiendo la ley de gravedad. Sus movimientos de deglución iban entonces en contra de la ley de gravedad.

     Ya comer era cosa más sencilla. Porque se acercaba a los árboles, estiraba el cuello, sacaba la lengua que se parecía a una culebra y se ponía, golosa, a masticar sus hojas favoritas, que eran las verde claro porque eran fresquitas. Mullidas como una almohada, las hojas verdes de los árboles la tentaban. Cada vez que Pericles montaba a Girafa por la sabana ella se desviaba hacia donde hubiera un grupo de árboles (por lo general cerca de donde hubiera agua) y se daba unos atracones de hojas color verde clarito que ni les cuento.

     La otra ventaja que tenía Girafa al poder girar todo su cuello era que cuando algún deprededor andaba más o menos cerca ella daba todo un giro con el cuello y lograba detectar de inmediato a la amenaza. Avisaba rápidamente al gran Jefe de la manada, un jirafo  que se llamaba Jitanjáforo y él las reunía a todas las jirafas, empezando por las jirafas más pequeñas hasta que toda la manada estuviera unida. Recién ahí emprendían la retirada rumbo a otras tierras más tranquilas, lejos de los agresores.

     Las jirafas, no sé si lo recordarán, tienen dos cuernitos diminutos. Nadie sabe ni supo nunca muy bien para qué sirven, salvo para adornar un poco esas cabezas que de otro modo quedarían lisitas como un bollo de pan. Esos cuernitos vienen a poner un poco de belleza, como si fueran adornos que las jirafas tienen y para que les luzcan en medio de la parte superior de la cabeza.

     Pero un día, sí, un buen día, Girafa se enojó mucho con otra jirafa porque había empujado de una patada a una jirafita porque quería comer primero. Era una jirafa egoísta con todas las letras. Entonces Girafa se enojó tanto, pero tanto que le pegó cuatro cornadas. Y una patada que la hizo mover la cola por un buen rato. Ustedes me dirán “¿Pero si los cuerno de las jirafas no tienen punta, qué daño se pueden hacer unas a otras?”. Yo creo que sí se pueden hacer daño. Y mucho. Un daño que no es exactamente el físico sino un daño que tiene que ver con romper los lazos que las unían como manada y ahora las convertía en enemigas. En enemigas hasta que alguna decidiera hacer las paces, cosa que efectivamente sucedió. Porque Girafa, una tarde, se le acercó a Soledad, la jirafa malvada, y le dijo que lo que había hecho no se hacía.  Pero que tampoco lo que ella hacía. De modo que apartar a una cría para comer uno primero y atacar a otra jirafa, no estaban bien ninguna de las dos cosas.

     ¿Y saben lo que pasó un día en que se desató un viento huracanado en medio de la sabana? Resulta que la tierra volaba descontroladamente, formando remolinos. Entonces Girafa, como no quería perderse nada y verlo todo, se puso a girar la cabeza para todos lados como un trompo. Le faltaban solamente los colores. Así fue que vio a las corridas de los ñus, el modo como se enroscaban las serpientes, la manera en que los leones se reunían en círculo parapetándose para evitar que el viento hiciera volarse a las crías y hasta pudo ver cómo los flamencos se apichonaban detrás de un grupo de árboles para que no se los llevara volando (a ellos que eran los que solían volar) el ventarrón terrible que azotaba a la sabana.

     Girafa pudo ver todo eso pero antes llevó al trotecito a Pericles montado sobre su lomo a su hogar en la Embajada de Argentina en Kenia.  “Kenia, Kenia cara de reina”, pensó Girafa cuando vio el cartelito de la embajada bien pintado con letras mayúsculas sobre la pared de la entrada del edificio (porque Girafa sabía leer, era una jirafa culta, nadie sabe muy bien cómo había aprendido tantas cosas, pero la cosa es que las sabía).

     Se agachó, Pericles descendió de su lomo y le dio un besito en la frente. Les confieso que Pericles le sintió mal aliento porque claro, Girafa no comía menta en la llanura. Tampoco, como los humanos, tenía posibilidades ni el hábito de lavárselos. Entonces lo que tenía era un terrible mal aliento. Cuando Pericles quedó sano y salvo de la terrible tormenta, Girafa regresó junto a los suyos. Probablemente por un largo rato. Probablemente por todo un día. Probablemente para siempre y no volvió a ver a Pericles.  ¿Se habría marchado el padre de Pericles, el Embajador de Kenia rumbo a otro país de África? ¿Rumbo a Argelia, su país de origen? ¿O habrían regresado a Argentina? Eso. Eso si les parece bien, lo dejamos para otro cuento. Y ahora nos vamos a cepillarle los dientes a Girafa ¿Les parece bien? Así le damos una mano con el mal aliento.  


miércoles, 14 de octubre de 2020

“Gustavo Roldán: evitar caer en las celadas” por Adrián Ferrero

 Hoy, un artículo de Adrián Ferrero en panorámica sobre la obra de Gustavo Roldán y su red de valores.



“Gustavo Roldán: evitar caer en las celadas”

por Adrián Ferrero

 


     Gustavo Roldán  (Argentina, 1935-2012) amó el monte chaqueño, su flora y su fauna. Le gustó poner a conversar a los animales que lo habitaban, con la escenografía del río Bermejo, de aguas marrones, los árboles y arbustos de ese paisaje. En sus historias y poemas, indefectiblemente regresa, con inteligencia y sin lugares comunes, a esta toponimia, encontrando el modo de narrar mediante infinitas variantes, renovadoras siempre, este paisaje tan argentino como olvidado por la literatura de nuestro país. En efecto, una literatura como la argentina gobernada por la centralización de su producción pero también de su representación geográfica, por lo general urbana, la de Roldán viene a señalar un contrapunto. Resulta interesante verificar cómo alguien de pluma vigorosa, es capaz de restituir significado cultural a espacios aparentemente marginales respecto de lo que pareciera ser el de la hegemonía de nuestro país como productor de ficciones infantiles, circunstancia feliz que permite poner a los más pequeños en contacto con zonas de la considerada periferia. Desde esa supuesta periferia, al igual que Héctor Tizón, pero sin residir en ella, sino desde una evocación imaginaria que él evoca sobre todo desde Buenos Aires, una transposición imaginaria y una ética del sujeto, Roldán construye su poética. También su poética constituye la prueba más contundente de que desde la imaginación del así llamado interior del país pueden surgir poéticas potentes, con sentido de arraigo, pero también de universalismo. Y nada complacientes con el sistema en vigencia, invitado a los niños a ejercer el pensamiento crítico.

     Estuvo casado con la también escritora infantil Laura Devetach. Tuvieron la iniciativa de realizar proyectos literarios en coautoría, como Las aventuras de Pinocho, una versión libremente inspirada en el clásico de Carlo Collodi. Su hija es también escritora, con quien escribieron libros juntos. Y su hijo, ilustrador, puso imágenes a varias de sus creaciones, al igual que a las de su madre. Una familia signada por el arte, pero que al mismo tiempo supo compartirlo y potenciarlo.




     Se graduó como Lic. en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba, al igual que su mujer. Se desempeñó como director de colecciones editoriales para niños, coordinó talleres de escritura, trabajó como periodista para revistas y fue carpintero profesional durante épocas aciagas del país. Pero también lo hizo como aficionado. Porque sostenía que un hombre debe ser, y, además de saber usar la cabeza, saber usar las manos.

     Obtuvo destacadas distinciones. Entre otras, El Premio Concurso Internacional de Cuentos para Niños, El Premio Periquillo (México, 1979), Lista de Honor de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de Argentina, 1991), Tercer Premio Nacional de Literatura, Tercer Premio Bibliotecas de Literatura, Lista de Honor de ALIJA (1994), Premio Konex en dos ocasiones (Diploma al Mérito, en 1994  y Diploma al mérito, 2004), Segundo Premio Nacional de Literatura, Premio Fondo Nacional de las Artes. Algunos títulos son: Prohibido el elefante, El monte era una fiesta, El diablo en la botella, El último dragón, Cuentos de Pedro Urdemales y Carnavales eran los de antes, Poesía a la carta, El vuelo del sapo (libro interesante porque retoma otras ficciones previas) entre muchos otros.





     Pese a que en sus ficciones predominan los animales del Alto Chaco, acude en ocasiones a otros como recurso desde el plano de la fábula, recuperando la fauna de otras zonas geográficas del mundo. El elefante, por ejemplo, es un animal que suele regresar a sus cuentos como una presencia que tanto por su tamaño como por su fortaleza (también su memoria), contrasta con la de los animales del monte, por  lo general no tan robustos además de vivir en libertad. Eso por un lado. Por el otro, es el animal que suele estar cautivo y ser esclavo en zoológicos y circos, temas a los que la literatura de Roldán, entre otros, es particularmente sensible. En efecto, alerta a la esclavitud, la libertad, la rebelión, el poder indiscriminado, la insurgencia frente a la prepotencia y lo depredatorio de los hombres sobre la naturaleza, habitualmente en términos destructivos, resulta incluso hasta espontáneo atraer hacia la órbita de su ficción a otros personajes que también suelen ser víctimas de abusos por parte del hombre. En especial a su libre circulación por el mundo, a quienes hacen objeto de maltratos, a llevarlos de su territorio originario a otro que no guarda relación alguna con aquél. Los elefantes suelen afortunadamente escaparse del cautiverio y retozar por el monte, que pese a no ser precisamente la sabana, consiste en un espacio abierto que la naturaleza ofrece en el que retozar y hasta criar a sus vástagos.

    


Roldán realizó una investigación de campo fundamental y de punta, entre las tribus del Alto Chaco, como los matacos, los guaraníes y los tobas, recopilando y luego transcribiendo en un libro, Los cuentos que cuentan los indios (1999), sus cuentos y leyendas. Un libro que permitió preservar un patrimonio que la voz de la conquista, primero, y luego la de la intervención en el desierto durante el siglo XIX habían pretendido silenciar. Acallar la voz de los pueblos originarios supone también eliminar una parte fundamental de la memoria de nuestro país, particularmente en sus zonas más menos atendidas. La cultura en Argentina pareciera ser sinónimo del prestigio de la cultura europea. O a lo sumo del resto de los países desarrollados. Pues Gustavo Roldán no se deja avasallar por esa premisa agresiva. Y recopila, adapta, reescriba una serie de materiales sumamente valiosos a los finales de preservar esa Historia sin una voz vigente de modo generalizado y que ha sido también desautorizada. Este trabajo supuso operaciones complejas de varios tipos. En primer lugar desplazamientos por un espacio que si bien él conocía porque era su zona nativa estaba en directa relación con las fuentes de las que se serviría para elaborar su libro, motivo por el cual suponía ciertas complicaciones en las búsquedas. En segundo lugar, identificar y seleccionar los materiales tanto escritos (fijados como versiones establecidas) como orales a partir de los cuales primero recogía y con los que luego debía reelaborar las distintas historias del el libro. En tercer lugar en el caso de las orales, organizar un material disperso, que del código oral debía pasar al código escrito (la mayoría de las veces), imponiendo una serie de intervenciones sobre esos relatos para estabilizarlos y plasmarlos en versiones definitivas con un cierto sentido de fiabilidad que brindaran garantía de veracidad en relación con los originarios. Por último, en el trabajo de escritura propiamente dicho, como podrá imaginarse el lector, surgen infinidad de dilemas éticos para un autor ¿ser fiel a una trama lo más transparente posible o trabajar literariamente las historias para volverlas más atractivas para el público infantil? ¿adaptarlas para determinadas edades y, en tal caso, de qué modo hacerlo de pareja manera? ¿cómo ser justo con las distintas voces que participan del relato, dado que son más de una, pese a que exista un narrador omnisciente o un narrador protagonista? ¿cómo reconstruir las voces de los personas narradas al haber sido referidos los cuentos por un narrador oral otorgándoles matices? Ya vemos, disyuntivas, cavilaciones, dicotomías, en virtud de una serie posiciones también respecto de la operación compleja que se estaba llevando adelante. Y, por el otro, en virtud de un mandato de lealtad hacia esas tribus exterminadas.  Estas decisiones no han de haber sido fáciles de tomar, de resolver ni de sortear para un hombre comprometido con su país y su cultura prehispánica como Gustavo Roldán pese a su pericia y su experiencia en el oficio. También frente a sus convicciones. Dilemas éticos y estéticos que van de la mano para construir una poética justa, equilibrada pero también legítima que defienda una tradición acallada. Motivo por el cual resulta doblemente importante que esa voz sea legítima y sea escuchada con atención sin dogmatismo. Roldán no se propone ni hacer un panfleto ni jugar con un localismo simplista y pernicioso. Sino más bien, dar cuenta, en toda su riqueza y variedad, de un patrimonio manifestado en versiones acerca de historias vinculadas al nacimiento del mundo pero también a experiencias de sus habitantes, tanto animales como humanos, durante la etapa en que el país estaba habitado por los pueblos originarios, portadores de otra cosmogonía, otra lengua, otro universo de valores. Y si bien Roldán no es un antropólogo, sí sabe escuchar con oído atento, como buen narrador. Sí tiene una buena escucha. Y sí sabe realizar operaciones de transposición del código oral al escrito. Pero Gustavo Roldán tampoco transcribe, reproduce, sino que revuelve la elaboración de su poética sin traicionar a la cultura aborigen ni a sus fuentes. Roldán entonces desanda el camino de las historias. Si los aborígenes las habían creado y circulaban oralmente, regresaban ahora siendo respetuoso de su índole a nuevos receptores que también tenían el derecho y hasta el deber de conocer ese legado.

     Respecto de su poética hay algunas constantes y recurrencias que no tienen que ver solamente con el tipo de personajes que elige. Es cierto que el elenco de protagonistas de sus historias marca el sesgo que en cierta manera tendrán. Responderán a una toponimia, a un universo no necesariamente temporal (sus ficciones tienden a estar más condicionadas por lo espacial que por factores cronológicos) pero sí a determinados principios éticos que atraviesan toda la poética de Roldán transversalmente como un sugestivo leitmotiv. Ello vuelve su poética como un material ficcional cuya experiencia de lectura resulta material de primera necesidad para que los pequeños lectores se formen también en un determinado universo de valores axiológicamente saludable.

    


En efecto, hay personajes mentirosos, fabuladores, como el sapo en Cada cual se divierte como puede  o en El vuelo del sapo, libros en el que el tal sapo narra inverosímiles aventuras, fabulaciones o bien avatares, inventos o bien conquistas en cuyo tramposo relato el resto de los animales, de modo crédulo, cae creyéndoselas y pidiendo detalles que él descaradamente, y dando rienda suelta a una imaginación prodigiosa, concibe como explicaciones a su farsa. Salvo la lechuza, que encarna la figura  histórica en la literatura del saber, la sabiduría, la inteligencia y lo desenmascara. Pero eso no suele bastar. Esta figura del mentiroso que encarna el sapo, también del pícaro será un cierto tipo de personalidad a la cual Roldán estará particularmente atento. Hay personajes que están habituados a una falta a la ética. Corresponde entonces no creer todo lo que se nos cuenta porque podemos estar ante sujetos tramposos.

     En otros casos Roldán gusta de poner en cuestión el sentido común que hace que la mayoría de los niños e incluso de la gente caiga en la trampa de creer versiones del mundo, del universo o explicaciones acerca de su forma o de su funcionamiento que no son, una vez más, veraces, pero sí son verosímiles para una consciencia poco lúcida, poco informada, poco experimentada o poco despabilada. Con ingenuidad, o por confusión, estos personajes caen o bien en la trampa de otros animales ladinos, o bien simplemente en su propia tontería que les impide distinguir dónde está la verdad, dónde están los hechos constatables. Esos  espacios ideológicos en los que acecha la celada y la falta de escrúpulos. Pero, sobre todo, el improcedente engaño.

     Se puede apreciar en Roldán entonces un sistema de versiones deformantes según el cual el universo parece patas arriba según algunas de ellas y según otras, en cambio, regresan al orden a la verdad. Están quienes mienten y quienes ponen las cosas en su sitio. Hay veces en que quienes orquestan estas confusiones no necesariamente lo hacen con malicia sino simplemente por divertimento o para burlarse del resto de sus congéneres. Pero el efecto que logran es el de sacar partido de la ignorancia ajena.

     Otro punto importante de su universo narrativo es el del poder. Quiénes lo detentan, quiénes lo digitan, por qué se arrogan ese derecho en lugar de aceptar que son como todos sus semejantes y no sus superiores. En tal sentido, Roldán brinda una lección de civilidad democrática, según la cual la igualdad entre semejantes impide instalarse al autoritarismo o bien a la prepotencia. No obstante, en ocasiones la fuerza se impone por sobre el inteligencia, porque esa inteligencia viene acompañada de valores intransigentes con el mal. De modo que no está dispuesta a hacer trampas. También sobre la justicia  o las leyes, lo que introduce conflictos que deben ser resueltos más o menos exitosamente.

      Una vertiente entre humorística y aleccionadora la constituyen ciertos animales pequeños que se muestran desobedientes respecto de sus mayores. Por ejemplo, las pequeñas pulgas que aspiran a treparse a un  árbol y sus madres se los prohíben. Mediante estrategias taimadas se treparán al lomo de un gato, a quien un perro persigue. El gato se refugiará en lo alto de un árbol y en ese momento la pequeña  pulga tendrá un panorama de conjunto desde las alturas acerca de cómo se ve el mundo. Este es otro punto importante en Roldán: ver el mundo con precisión. No de modos deformantes.

     Si la ficción de Roldán pone en escena el poder y el dominio como esquema verticalista frente a las víctimas, no lo hace de modo patético, sino siempre desde el humor y la ternura, pero indudablemente con poder de determinación y con firmeza. Hay convicción en su literatura. A mi juicio subyace a su ficción la idea de que es misión del escritor instalar en la mente infantil desde edades tempranas un cierto sentido de la rebelión frente a todos los mandatos que a lo largo de la vida deberá obedecer sin plantearse más tarde o más temprano si son producto de su propia identidad y de su genuina elección o de un capricho social ajeno a sus convicciones sin argumentos atendibles. De modo que este afán de libertad subjetiva que promueve desde una emoción ligada a la realización del sujeto infantil, será un hito en su educación, como lo es en la de un adulto que también se acerque a su producción literaria prestando especial atención a estas claves que señalo. Roldán no hace propaganda. Pero deja en claro una posición firme respecto de asuntos graves de la condición humana, especialmente en lo relativo a las relaciones relativas a la injusticia y el poder. Lo hace desde el humor y desde la ocurrencia. Pero la conclusión a la que arriba es esa. De esta manera, el público infantil sí podrá gozar en su literatura de una ficción imaginativa y llena de divertimento pero con sentido de apertura hacia problemáticas éticas. Roldán, sin llamar a una posición ni intransigente ni belicosa sí le llama la atención al público infantil para que esté alerta acerca de la importancia de una vida independiente, producto de la libertad, de la curiosidad entusiasta y la solidaridad hacia el semejante por lo general más en desventaja. También a poner a prueba toda cosa que se le dice o se le dicta, a cuestionar certezas, paradigmas y puntos de vista unívocos. Acerca de todo lo heredado se reflexiona. La ficción de Gustavo Roldán no tolera la mentira. Regresar al monte es regresar a ese Edén en el que las relaciones humanas se dan en términos transparentes y limpios.


El Impenetrable, ese Monte del Chaco, semejante a la credulidad de la cual parece imposible desprenderse en este mundo lleno de tontería, es salvada por Roldán en una pirueta maestra con conocimiento y con honestidad.

     Precisamente esta mecanismo se pone de manifiesto de modo constante pero también elocuente con los pícaros, los mentirosos y, como vimos, los fabuladores. Logran narrar una versión de la realidad tanto relativa al pasado como al presente, persuasiva, retóricamente convincente, tanto que explique como que consolide una mirada sobre un episodio o acontecimiento que tuvo lugar o está teniendo lugar. Roldán sugiere ser cautos. Protegernos de los inmorales que aspiran a sacar provecho de nosotros y de nuestra buena fe. No todo tiempo ni todo mundo tienden al bien. Explicaciones que no explican nada. Narradores que exageran tanto que violan el principio de verdad, como dije. En fin, relatos deformantes como espejos deformantes del semejante al que son capaces también de usar. Roldán apuesta a una realidad más simple y más sana que la que se construye con esos espejismos.

     Cumple un rol importante en la ficción de Roldán el diálogo con la música. Hay un cuento dedicado a la cantautora argentina Teresa Parodi, se cita una de sus canciones como intertexto explícito y como paratexto se le dedica uno de los cuentos. Se habla del chamamé y se la invoca como una de las voces populares cuyo rescate le interesa traer a sus ficciones como un modelo de la canción popular. Otro músico al que alude es al francés Georges Brassens. Precisamente a este punto quería llegar. Si existe en la literatura infantil una ficción que remite a intertextos del universo de la alta cultura o bien de la cultura oficial, la ficción de Roldán, en cambio, se concentra en la cultura popular, en la cultura rural, desde sus personajes mismos, la espacialidad, el tipo de lenguaje que emplea, las historias cuya elaboración no tienen que ver con citas o intertextos ajenos al espacio dentro del cual ha transcurrido su infancia, sino la cultura dentro de la cual él sigue viviendo pese a haberse marchado. Roldán lleva el Monte Chaqueño encima. En efecto, prácticamente uno tiene la sensación de que esas siestas en que Roldán se trepaba a los árboles descalzo, en que aprendió a andar a caballo de pequeño, iba al río Bermejo de aguas opacas o bien durante las cuales observaba en detalle la fauna y la flora del lugar en el que vivía, siguen presentes en él, de modo intacto. Enhorabuena. Esas experiencias primordiales de las cuales nos hemos rodeado durante la etapa de nuestra crianza, durante la conformación de nuestra subjetividad, pero más aún, en las que nos hemos formado como sujetos de cultura, escuchando relatos orales, en Gustavo Roldán evidentemente tuvieron lugar en estrecho contacto con el medio ambiente. De allí que por extensión y no de modo impostado que sus personajes sean los del Monte Chaqueño. Roldán imagina a partir de lo que vio y, mejor, vivió. Esto es: imagina a partir de un referente nítido. E imagina a través de lo que conoce de los hombres con la mirada de los animales del monte. El monte chaqueño es la infancia anhelada pero a la que, desde la mirada del adulto, se la tamiza. Se le añaden componentes en los cuales el sujeto está en condiciones de pensar el mundo desde perspectivas más complejas sin perder esa Arcadia originaria, de la que he hablado en otro artículo, de naturaleza tan anhelada. Y en ese Paraíso perdido que es el Monte Chaqueño, también la nostalgia de Roldán empapa a sus criaturas. Ninguna se quiere marchar de esa toponimia. Sino permanecer en ese que consideran su hogar. Roldán encarna en animales sus historias y no en seres humanos porque seguramente siente que impresionarán más al alma infantil por su carácter de seres que viven pero no hablan. Aquí sí tienen voz, como los aborígenes, siguiendo casi una premisa ecológica.

     No existe en la literatura de Roldán una presencia dominante del ser humano como protagonista de sus ficciones, como lo vengo sugiriendo. Por algo será. Son los animales, personificados, naturalmente, sobre los que se transponen virtudes o defectos humanos. Como si Roldán metaforizara en esos animales los rasgos de carácter y una ética del sujeto que se desprenderá, según los casos, de figuras virtuosas o llenas de tramposos trucos para engañar o traicionar a sus congéneres. Doy por descontado que la deslealtad es uno de los peores defectos que Roldán contempla en el mundo como una acción de naturaleza inadmisible e intolerable.

     Hay como siempre en la ficción prototipos. El zorro suele ser el animal astuto, lleno de trucos, mañas y trampas con las cuales logra capturar a sus víctimas. El elefante encarna la fuerza bruta pero que al mismo tiempo no es agresivo, si bien es el memorioso por excelencia, como dije. El piojo, la pulga y el bicho colorado suelen ser pese a su tamaño los más curiosos y los que se formulan las preguntas más difíciles. Las pulgas las que se proponen los objetivos más audaces incluso violando la ley materna. Y en esta dialéctica entre tramposos y confiados, entre pícaros y honestos, nuevamente la ética del sujeto se pone de manifiesto. Existe ese eterno enfrentamiento entre quienes tienen escrúpulos y quienes, dispuestos mediante cualquier recurso a cumplir con sus objetivos, tienden trampas. No obstante, muchas veces los cazadores resultarán cazados o se perderán en intrincados laberintos de mentiras de las cuales no sabrán cómo salir, y los terminarán por perjudicar. Y los inmorales castigados porque quedarán puestos en evidencia. En otros casos, en los finales, el que ha sido hábil triunfa sobre el crédulo. No hay tampoco idealizaciones en la poética de Roldán como no hay estereotipos ni existe una previsible historia en la que todo será repetido indefinidamente. Cada historia depara sorpresas así como cada historia depara temas nuevos. Cada historia trae consigo nuevas propuestas. Esas constantes a las que aludí no suponen monotonía sino fidelidad a una poética compacta, íntegra y coherente. Un corpus de pareja calidad que no desentona en momento alguno.

     Los diálogos son cruciales en la poética de Roldán, lo que permiten reconstruir un habla propia de la zona de la cual él es oriundo mediante la escritura. Una construcción discursiva que remeda esa otra pero que como un eco nos trae esa escucha tan necesaria en un cuento en el que los intercambios entre personajes (que nos hacen reflexionar acerca de los intercambios entre humanos) en el marco de la acción los caracterizan además de modo sesgado para dar cuenta de un sociolecto, el modo de habla de un grupo o colectivo.

     Son importantes en los cuentos de Gustavo Roldán los acápites o epígrafes. Señalan o refuerzan el sentido de la historia que se va a narrar a continuación, y son desde autores para adultos, como William Faulkner, hasta proverbios africanos.

     Y como para cerrar, diría que la poética de Gustavo Roldán viene a desordenar para poner las cosas en su sitio. Desordena versiones que se terminan por  derrumbar como mentirosas. Desordena el poder que queda puesto en evidencia en su arbitrariedad y por lo tanto neutralizado en su costado  más malévolo y malicioso. Y, por último, desordena la realidad para que, mediante una nueva organización de las acciones y de las  creencias, más justas y equitativas, el mundo recupere la cordura que ha perdido o bien frente a la estupidez (como cita Roldán de una frase de Bioy Casares) o bien frente a la malicia o la maldad que parecieran haberse apoderado de modo dominante de mundo. Maldad que por supuesto está siempre cerca de la picardía, tendiendo hacia el mismo universo de valores, de principios éticos violados y de comportamientos improcedentes.

     Ficción orientada a la ética del sujeto entonces, para alertarlo acerca de posibles engaños y, huelga decir, para evitar un candor que pueda perjudicarlo para volverlo desdichado o sufrir heridas que podrían ser evitables. Roldán se apresura a avisar a los más pequeños que tienen que tener los cinco sentidos puestos en la realidad y los pies sobre la tierra, para que la intervención de las almas que aspiran a perjudicarlos, sean detectada a tiempo. Siempre habrá personajes que mediante tretas malsanas procurarán sacar ventaja de su prójimo. Revisar todo aquello que se les ha enseñado sin haberlo sometido a su propia experiencia. Gustavo Roldán acierta al plantear una literatura infantil que esté atenta a que se diga la verdad y se la cumpla. A su transgresión y al modo de sancionarse o repararla. Para que la felicidad perdure. Indefinidamente.