En la biblioteca vive el Mono de la Tinta. Se esconde entre mis libros y acecha mis tinteros. Cuando cree que no lo veo, olisquea mis lapiceras. Se trepa a una pila de libros y, por sobre mi hombro, trata de adivinar qué escribo. Escucho su respiración acompasada, anhelante, mientras lee. Lo sospecho en puntas de pie, haciendo equilibrio, pero, cuando me doy vuelta, siempre desaparece.

Dos cosas le gustan sobremanera: La tinta y las historias.

El otro día, al caer el sol, me acerqué silenciosamente. Me escondí en las sombras, detrás de las cortinas. La noche avanzaba lenta como el río espeso de mis sueños.

Entonces, cuando ya casi se me cerraban los párpados, lo vi: se acercó canturreando una cancioncita pegadiza y destapó todos los tinteros en un bailecito alegre. Después, sentado sobre sus patas sacó una historia del tintero con sus dedos largos.

“Había una vez…”. Y la tinta, sangre del cuento, se deshizo en gotas negras sobre el piso, desmigajándose en mil historias de dragones, de caballeros, de batallas, y en la historia de un mono que bebe tinta, una tinta negra y brillante, como los ojos negros del Mono de la Tinta

Gabi Casalins, septiembre de 2013

miércoles, 17 de junio de 2020

Miedo de Graciela Cabal


Luisina Fontecoba nos cuenta una historia de Graciela Cabal: Miedo.
Un niño tiene miedo de todo, las cosas más cotidianas son, para él, motivo de temor. Tiene miedo a los demás niños, miedo a los ruidos, miedo a los abrazos, miedo a los doctores, miedo a los jarabes,... hasta que aparece la solución. Lleno de pulgas y con mucha hambre. Oye el cuento para saber cómo se soluciona este problema, y luego, búscalo y léelo, será un doble placer.

¿Por qué y para qué escribir literatura para niños? Por Gabi Casalins

¡Lo prometido es deuda! Acá va la segunda conferencia, esta vez la de Gabi Casalins, en la Feria del libro Infantil y Juvenil del año pasado.




¿Por qué y para qué escribir literatura para niños? 

Por Gabi Casalins

Inauguro esta charla con un tono confesional: estas dos preguntas que encabezan como título mi alocución son preguntas que, como escritora, como docente y como mujer entre niños me han desvelado y aún me desvelan. ¿Por qué? Porque siento que quien escribe para niños se pone en riesgo. Sería algo así como si me susurrara a mí misma aquí y ante ustedes esta certeza con algo de vergüenza. Me diría a mí misma: ¿para qué meterse en camisa de once varas? ¿Para qué empujar la roca hasta la cima, como Sísifo, si muchas veces esta se desbarrancará? Todos sabemos, y de esto hablará mi amigo Adrián Ferrero aquí presente, el lugar de incomodidad que implica escribir literatura para niños. Incomodidad para la comunidad literaria e incomodidad para uno mismo como escritor. Incomodidad también  cimentada en largas esperas que pueden tardar años para lograr ser leídos por alguna editorial, incomodidad ante la consideración de algunas personas que creen que escribimos una “literatura menor, que encima se apoya en la ilustración”.
 Es que la literatura infantil es un lugar de incomodidad no sólo porque no se le ha dado el espacio que merece en la comunidad literaria, sino porque, y aquí voy a detenerme porque para mí esto es el tuétano de la cuestión y no la opinión extranjera sobre el tema, la literatura  conocida como literatura para niños es un continuo espacio de interpelación personal.
Escribir para niños es salir de una zona de confort. Como adultos, estamos inmersos en un mundo de reglas bastante estrictas, pero a la vez tranquilizadoras por conocidas y transitadas.
Los invito a hipotetizar sobre la siguiente cuestión: ¿qué tal si sus trabajos cotidianos los confrontaran continuamente con lo que han perdido ustedes de lo que fueron como niños? ¿Qué tal si sus trabajos fueran, al mismo tiempo, un continuo ejercicio de rescate y de memoria y un abrevar en un mundo cuyas reglas no conocen del todo? Piensen por un segundo qué se sentiría contrastar con la pureza más extrema y la espontaneidad casi cruel del niño que exige sinceridad, exige atención, disponibilidad, energía y conocimiento de los supuestos de un mundo que uno ha perdido y que, por lo pronto, se aleja por momentos totalmente, por momentos parcialmente, de la propia experiencia de la infancia. Y sí: escribir para niños se torna entonces un ejercicio para el alma. Siempre pienso que reflotar en cada línea lo que queda de tu niño interior y dejarlo jugar con los niños de hoy es un desgarro y es un gozo al mismo tiempo.
Quienes escribimos para niños no cultivamos un mundo en diminutivo, como muchos creen. No transitamos campos de mariposas multicolores, unicornios tornasolados, y finales siempre felices.  
Esto sería pueril, y nuestros lectores, que son tan exigentes, nos darían vuelta la cara.
En realidad, quienes escribimos literatura para niños intentamos volver a atar los nudos de un puente colgante entre dos mundos que está siempre bastante desgastado y al borde de la quiebra: el mundo sin fronteras de los niños y la otra orilla, la nuestra, esa de los adultos con sus límites y normas, con sus desprecios y sus incapacidades. Ser un adulto escribiendo para niños, es, como ya dije,  un ejercicio del alma que busca comunicarse con su paraíso perdido. Ni más ni menos.
Podría decirse, por otra parte, que la literatura para niños no existe, que existe la Literatura a secas. Yo abono esa afirmación, pero siempre pienso que quienes escribimos para niños, salimos de nuestra zona de comodidad porque, además de las cuestiones antes mencionadas, nuestra literatura no se construye para un solo interlocutor/lector.
En la Literatura en general  quien habita la otra orilla del texto es el lector adulto. En  nuestra práctica de escritura para niños están presentes dos interlocutores/lectores: por un lado el niño, y por otro, el mediador de la lectura, entendiéndose éste por aquella persona que mediatiza la lectura para el niño: la familia que lee con él, los profesores y maestros que acercan nuestros textos, las políticas educativas de promoción de la lectura en la escuela, el mundo comercial y editorial con sus exigencias. Es decir, el mundo adulto, que también nos lee.
 También entramos muchas veces en el intercambio y en el equilibrio delicado que implica cohabitar en la misma obra de arte con la expresión plástica del ilustrador. Los escritores de literatura infantil, si no somos ilustradores, estamos obligados a entrar en diálogo con otro artista que no siempre podemos elegir. No es una tarea sencilla. Pero el resultado exterior, (el libro como objeto bello que comunica en esos dos planos), y el interior (aprender a dialogar con un  artista que maneja otro código y que nos interpreta a través de sus ilustraciones) es profundamente enriquecedor y es un ejercicio creativo magnífico y desafiante.
            A esto se le suma que, del otro lado de nuestras historias, obras de teatro o poemas, el niño nos está esperando con sus requerimientos de lectura, que están supeditados al propio proceso evolutivo de su abstracción. Porque no nos olvidemos que escribimos para niños adquiriendo la capacidad de la lecto-escritura. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué un niño no puede leer solo porque está en proceso de aprendizaje o porque no cuenta con las capacidades necesarias?
Por otra parte también podríamos preguntarnos si, por estas cuestiones, los escritores de literatura infantil estamos obligados a ceñirnos a una estratificación de lo que escribimos, o sea al hecho de que existan libros categorizados por edades o trayectos madurativos. La industria editorial del libro infantil suele usarlas: todos conocemos  leyendas tales como: “a partir de…”, “de 0 a tres años”, etc.
Ni una cosa ni la otra. Creo que todo escritor debe, al menos intuir, a su lector. Nosotros sabemos que hay libros que pueden ser leídos por adultos y niños y ser disfrutados del mismo modo por unos y por otros. También sabemos durante el proceso de escritura, que nos acucia un tema, una imagen, un poema o una historia que pugna por ser. Y creo que si bien parcialmente uno tiene en cuenta todas estas cuestiones de la mediatización de la lectura, o la psicología evolutiva de los niños y adolescentes, en mi caso, al menos, prima la historia o el poema y la configuración del posible lector que me habita cuando escribo para los niños.
Sé muy bien que ellos son lectores descomunales. ¿Qué lector lee, sin saber leer, por ejemplo? Cuestión mágica, por cierto.
Otra de sus características, sobre todo en la primera infancia es la posesión de memorias de
elefante: recuerdo no poder modificar ni un punto ni una coma del mito de Perseo, versionado por Graciela Montes: “Perseo, matador de monstruos” se llamaba, pertenecía a una colección que luego editó Colihue y que por entonces salía en el diario Página 12. Mi pequeño hijo de cinco años lo recordaba fotográficamente, palabra por palabra, aun cuando no sabía leer. Tampoco me permitía cambiar las inflexiones y tonos que había usado en la lectura en voz alta, es decir mi interpretación, del texto de Montes. Es decir, ya era un lector selectivo, sin estar alfabetizado. Y no fue ni es el único Funes memorioso en mi carrera de docente y escritora.
Entonces, como verán el tironeo es grande para el escritor de literatura infantil. Uno se siente, a veces, como Tupac Amaru, al borde del descuartizamiento. ¿Nos dejamos llevar por tantas consideraciones o sólo escribimos?  He aquí el dilema. Un poco y un poco, en un equilibrio circense de cuerda floja, según me parece.
Sigamos haciendo hipótesis, pues, sobre esta cuestión de escribir para niños y ahondemos en otras preguntas posibles que cualquier escritor de la llamada LIJ podría hacerse:
¿Debería escribir lo que me dice mi editor que el público lector necesita? ¿Tengo que ser “comercial” para encontrarme algún día en esa pequeña porción de los libros para niños en que se nos arrincona en el fondo de las librerías? ¿Debo usar un lenguaje carente de poesía porque los niños de hoy no tienen buena comprensión lectora? ¿Tengo que escribir pensando qué le es útil a maestros y escuelas?
La respuesta a tantos interrogantes, al menos en mi caso, sobrevino del contacto con los chicos. Porque todas las preguntas anteriores corresponden al mundo de “los grandes”, sin dudas.
Creo que para escribir para chicos y lograr que ellos estén interesados en lo que uno propone en los libros, es fundamental escucharlos.
Cuando se sabe escuchar a un niño, cuando se puede entablar un diálogo con él, uno puede observar de qué tipo de cuestiones están atravesados, cuáles son sus inquietudes, cuáles sus miedos, cómo miran al mundo adulto y por qué, hoy en día, les cuesta tanto leer y ni qué decir de escribir.
Es que creo que no se puede escribir para niños sin conocerlos, sin asomarse a su pureza o sin saber, por otra parte, qué tipo de intereses o terrores les ha inoculado el mundo adulto. Pero, innegablemente para eso hay que sentarse a escuchar y a recordarse, como dije al principio de esta charla.
No me caben dudas de que los grandes escritores de la Literatura infantil universal los han conocido en profundidad y los han escuchado. ¿Cómo lo sé? Es que como mediadora de lectura los he visto en acción: he visto en las   miradas de los niños y sus gritos de placer, que ellos reconocen el lenguaje de estos escritores y lo sienten como propio. Pienso en algunas reacciones frente a la literatura de Roald Dahl: manitos presionando mi brazo cuando leíamos “Las Brujas” y él los confrontaba con miedos que habitan su cotidianeidad. Complicidad, cuando este autor les muestra su mirada de interés por el mundo de la crueldad y de lo que “no se debe decir” por inconveniente, sucio o malvado. O Michael Ende y su búsqueda del ser interior hacia la superación, en novelas como “Momo” o la “Historia interminable”, hasta la maravillosa invitación al juego verbal que nos han regalado magníficas escritoras argentinas como María Elena Walsh o Adela Basch, pasando por las profundidades detectivescas de Pablo De Santis que implican un juego de estrategia para la mente infantil, o, nuestra querida Liliana Bodoc, rescatista de la magia y caminante de la tierra nuestra con su épica asombrosa. El catálogo de “los conocedores de niños”, como los llamo es interminable, como verán. Y Argentina puede preciarse de poseer un abanico en continua expansión de autores maravillosos.
Sin embargo, ser un conocedor de niños no es cosa sencilla. Son materia mutable, son lectores muy críticos y son, antes que nada, terriblemente sinceros en sus apreciaciones sobre lo que leen.
De hecho, y en el terreno de lo personal, muchas de las ideas de mis novelas provienen de niños. Han realizado una coautoría muy interesante de la que valdría la pena hablar alguna vez, largo y tendido. He tenido de ellos las devoluciones más implacables acerca de mi escritura que podría haber imaginado, y me han servido, sin dudas, para trabajar aspectos que no había tenido en cuenta.
Es que si los niños encuentran campo fértil en su interlocutor, son capaces de abrir un mundo de creatividad inexplorado  y de verdades sin tapujos.
Es innegable, por otra parte, que los niños son los reyes de la imaginación. Nadie le ha puesto coto a esta capacidad y realmente da mucha tristeza ver como el transitar por el sistema educativo la va minando y acotando, y, al llegar a la adolescencia, la mayoría refiere no ser una persona creativa. Esto duele profundamente: es como hacer todo lo posible por apagar una hoguera y luego quejarse de no tener luz ni calor. Así somos los adultos.
Por eso creo que en mis obras yo hablo de sus dichos, de sus vidas, procesos, emociones, pensamientos y preocupaciones. Es un pequeño intento por darles una voz. El proceso de escritura tiene que ver con tratar de lograr una trasposición al lenguaje literario de estas vivencias que reconozco también como mías y que son de ellos.
Porque la literatura para niños aborda casi todas las preocupaciones y alegrías que competen a cualquier ser humano: el dolor y la violencia conviven en ella con la risa y el disparate. La única diferencia es, si se quiere, técnica o de grado.
Entonces, si de técnica se trata, escribir para niños implica saber que el lenguaje es una elección importante, hasta, diría, y como me indicara hace años y tan sabiamente Graciela Falbo, una de nuestras pioneras en la LIJ de La Plata, al leer mi primera novela para niños, un trabajo de conciencia hasta con la selección de los tiempos verbales, las conexiones, la extensión de los textos.
Por ejemplo, en narrativa, el uso de períodos algo más breves, sobre todo para los niños de nuestra Argentina de hoy, no tan intrincadamente subordinados, de manera tal que logremos una prosa ágil y saltarina, que los ayude a focalizar la atención. La extensión en la lectura es hoy un problema para los niños en edad escolar tan expuestos a la inmediatez de pantallas, tablets y celulares (y no hago aquí distinción de origen social, ya que este fenómeno se ha extendido mucho).
He visitado en los últimos cuatro años, a propósito de la lectura de mis novelas, escuelas en las cuales  las maestras se quejan conmigo de la dificultad que encuentran con respecto  al problema de la comprensión lectora de los chicos de hoy. Mi pregunta es siempre la misma: ¿Leen ustedes para ellos en voz alta, de manera tal que las palabras escritas se metan en los cuerpos de sus niños y se hagan carne a través del ritmo, las inflexiones de la voz, la magia de la comunicación? ¿Cómo van a comprender si no pueden preguntar y se los obliga a una lectura solitaria? Sería como pedirle a alguien que nunca escaló un cerro,  que escalara solo el Aconcagua. Esa es la proporción.
La lectura en la escuela es un fenómeno social, no particular. No hay comprensión lectora posible para un niño si no se realiza el proceso de socializar una lectura y no se genera un ámbito propicio donde no hay miedo a preguntar, a cansarse ante un texto muy largo, a expresar el porqué de ese cansancio, a criticar lo que se lee y a escuchar las devoluciones de pares y maestros. Es decir, la lectura como ejercicio del diálogo.
Nadie aprende a leer y comprender solo. Nadie aprende a gustar de la Literatura si no se la muestran, al menos, con entusiasmo y delectación. Porque la atención es un músculo que se ejercita y es directamente proporcional a la pasión que los mediadores de lectura, ya sean, padres, ya abuelos, ya maestros, le pongan.
Como escritora de Literatura infantil y como docente, entiendo que somos los adultos los que como lazarillos debemos tomarlos de la mano y ayudarlos a entrar en este territorio donde se puedan encontrar a gusto, donde se sientan como peces en el agua. Recordemos que todas las operaciones del pensamiento se ejercitan cuando hacemos literatura con los niños.
Ojalá que la literatura sea para cada niño algo de dominio propio y público, porque fue hecha para eso. Que la Literatura sea en la vida de un niño tan importante como estar sano en su cuerpo. Porque las historias y las poesías son parte de la sanidad de nuestras almas, de la misma manera que lo es cualquier forma de arte. Sin embargo, no muchos quieren abrir la puerta para ir a jugar. ¿Por qué? Porque abrirla implica esto que he dicho antes: a veces es difícil transitar al propio niño, aquel que enterramos en el pasado. Algunas maestras me han confesado que a ellas tampoco se les leía en la escuela. Los mediadores de lectura han ido desapareciendo poco a poco, pero lentamente, estamos volviendo a ellos y recuperando este espacio fundacional de la cultura.
 Si no, uno no se explica por qué las maestras convocan a los escritores a hablar con los chicos una vez que han terminado de leer nuestros libros, básicamente es esa necesidad de tender puentes que habita en todo ser humano.
            Y si de puentes se trata, la literatura para niños se constituye en uno de los recorridos más desafiantes y bellos que un escritor puede transitar: la vuelta al hogar de la infancia donde habitan la luz y la sombra sin distingos, donde la emoción se vuelve monstruo o duerme escondida en una nuez, pequeñita y contenida. Porque todavía en ella  hay espacio para el asombro y la perplejidad o para la carcajada que se escapa, franca, cuando leemos juntos. Esa es la invitación que hacemos los escritores de literatura para niños, nuestro por qué y nuestro para qué.








martes, 16 de junio de 2020

“Pensar y leer sin pedir permiso: en torno de la literatura infantil” por Adrián Ferrero


En el marco de la 29° Feria del Libro infantil y Juvenil que tuvo lugar en el Pasaje Dardo Rocha de la ciudad de La Plata, Argentina, fuimos convocados por la escritora Rosa Graciela Caretto de SADE La Plata para dar una conferencia sobre  la escritura de la Literatura infantil con nuestro amigo, Adrián Ferrero. Les compartimos hoy, la conferencia de Adrián, luego vendrá la mía. 
Gabi Casalins





“Pensar y leer sin pedir permiso: en torno de la literatura infantil” por Adrián Ferrero




     A lo largo de toda una vida de haber sido lector de literatura infantil, de haberla enseñado en la escuela primaria, de haber escrito y publicado cuentos infantiles, luego de haber trabajado sobre ella en el ámbito académico y ahora de hacerlo a través de colaboraciones con medios de prensa cultural o especializados en esa área, me he encontrado con un fenómeno recurrente. Todas las personas quienes nos hemos abocado a un estudio o cultivo más o menos sistemático de la literatura así llamada infantil nos hallamos frente a un desconcierto: por un lado un gran interés del público infantil por ella, de sus familiares en que la lean, pero de una contundente indiferencia de parte de quienes habitualmente son lectores adultos. A ello sumo una alarmante ausencia o evidentes limitaciones de marcos institucionales no solo académicos, en el contexto de los cuales realizar tareas de investigación o publicación. Igualmente el periodismo cultural no manifiesta la menor voluntad por darla a conocer ni dar a conocer sus novedades.
     Esta circunstancia trae aparejadas repercusiones, algunas graves, y a su vez con una invitación de reflexiones que les propongo transitar hoy en una charla que no aspira sino a sembrar algunas inquietudes más que impartir conocimientos o constituir una clase magistral, que por otra parte no sería capaz de dar ni menos aún estoy interesado en llevar a cabo.
     En primer lugar me gustaría decir que si bien he tenido acceso a la literatura infantil internacional de distinta etapas de la Historia sin embargo mi especialidad es la literatura argentina en un sentido amplio. Y más concretamente la de los siglos XX y XXI. En tal sentido esa especialización condicionará sustantivamente el abordaje que haga en esta charla del tema en varios sentidos. Pero vayamos a los positivos. Me interesa que meditemos en torno de nuestra propia cultura literaria. Que lo hagamos acerca de literatura  o escritura en lengua española y por parte de varones y mujeres que son creadores a quienes nos une una Historia y un patrimonio común, incluyendo este presente histórico por el que nos toca transitar. Quiero decir con esto que mi abordaje no permanecerá ajeno al pasado, al presente ni al futuro de Argentina, esto es, a las coordenadas que nos afectan o han afectado a todas las personas que se hallan aquí presentes. Se trata de autores y autoras que se enfrentan a varios conflictos. Uno de ellos es que a la circunstancia penosa de que su especificidad está altamente subestimada, también son habitantes de un país que subestima a la producción artística en general, degradando a sus creadores porque a sus ojos no constituye su oficio una profesión sino el de dedicarse a meros pasatiempos. Una suerte entonces de subestimación al cubo la que padecen. Esto precariza la situación de los creadores al tiempo que sus condiciones de trabajo y la índole de su imaginación se verá fuertemente condicionada y comprometida por esa circunstancia. Sin hacer distinciones de jerarquías entre ellos, sí me parece importante destacar que en este país ganó en 2012 el Premio HansChristian Andersen, el más importante galardón del mundo entero a la producción infantil y juvenil la autora cordobesa María Teresa Andruetto, una voz que escribe también para otras edades y no solo cultiva el género narrativo. Empiezo por este punto para romper con el lugar común y el estereotipo acerca de que nuestros creadores y creadoras no tienen prestigio mundial o no tienen talento. Otros casos ha habido, como los de Perla Suez o Guillermo Saavedra (que también escriben literatura para adultos), que han ganado la prestigiosa Beca Guggenheim, de NY. Una distinción que supone la presentación de un proyecto de libro para su escritura y con ese dinero solventar el tiempo libre necesario así como el material necesario para realizarlo. Graciela Montes obtuvo en 2018 el Premio SM Iberoamericano de literatura infantil y juvenil en México después de haberse retirado de actividad y antes aún había ganado junto con la también escritora infantil Ema Wolf, por un libro en coautoría para adultos, el Premio Internacional Alfaguara de Novela de España. Estos sumarios datos, entre otros muchos premiados y becados que no citaré para no hacer de esta charla un tedioso inventario, dan cuenta de una tendencia clara. La profesionalización de estos creadores y creadoras. Pero estamos ante autores una trayectoria y de poéticas de una complejidad realmente insoslayables en el mundo. Imaginarse pueden en el campo intelectual argentino: directamente figuras indispensables.

     Por una razón de naturaleza de ética profesional no puedo omitir un reconocimiento que corresponde a las escritoras María Elena Walsh, una revolucionaria, una transgresora (no solo en el terreno de la literatura así llamada infantil) y una visionaria gracias a quien la literatura así llamada infantil argentina dio un vuelco. De las pedagogías que le habían precedido logró conquistar con su prolífica producción que abarcó también canciones, obras de teatro, espectáculos y films un giro sin precedentes en este campo. Liliana Bodoc, una de las pérdidas más lamentadas en la Historia de la literatura argentina de todos los tiempos, acontecida en 2018, deja un corpus de deslumbrante brillo de naturaleza francamente sobresaliente. Y evocarla como merece, como ese ser humano humilde y extraordinario que fue. Que impartió una lección ejemplar de lo que debía ser una persona consagrada a la invención literaria: bondad, belleza, integridad, congruencia total y completa entre lo que se piensa, lo se escribe y lo que se actúa. Aquí me detengo en lo relativo a nombres propios. Pero vamos a las cosas.
     El punto que a mí me viene desvelando desde hace ya muchos años de estudio es el de la detección de por qué la así llamada literatura infantil resulta ser un tipo de  discurso tan subestimado por la comunidad lectora adulta que directamente omite o desconoce su corpus así como pone a un lado a sus autores y autoras. La pregunta es entonces ¿por qué? ¿qué no tiene o qué tiene la literatura infantil que hace que se la aparte o se la sustraiga a la hora de la consideración de ese corpus nacional?
     Ustedes saben que de lo que he leído de los griegos sobre todo en la Universidad y antes en el Colegio Nacional “Rafael Hernández” de la UNLP he aprendido que es muy escaso lo que sabemos y poco llegaremos a saber al irnos a la tumba tanto acerca de la vida como acerca del conocimiento. De modo que no esperen de mí una respuesta infalible. Mencionaré sí algunas hipótesis que vienen a mi mente como posibles argumentos que puedan llegar supuestamente a comprender pero no a justificar semejante disparate. Porque ante todo esta situación tan arbitraria me resulta precisamente eso, injusta, además de denotar una gran ignorancia acerca del corpus de la así llamada literatura infantil por parte de buena parte de quienes son personas lectoras.
     Yo sistemáticamente me he resistido a aceptar esta distinción y acudo al modo en que se refería a ella el gran teatrista argentino consagrado a este campo artístico ya fallecido, un grande, Hugo Midón: la “literatura apta para todo público”. En efecto, no considero que exista una literatura infantil sino una literatura a secas. Existe un cierto campo o corpus literario que por sus características comunicativas tiende a ser accesible a todas las edades. Pero toda historia para adultos fácilmente puede devenir historia para público infantil si adopta la forma comunicativa oportuna. Y para eso no hacen falta demasiados esfuerzos: sí sentido del respeto hacia la infancia y conocimiento de su espíritu, además de ciertas mediaciones. Si bien sabemos que un cambio radical ha tenido lugar en los últimos años debido a impetuosas modificaciones en la socialización y en la tecnología que se proyectó de inmediato a la esfera de lo privado.   
      Porque hay un punto incuestionable. Es cierto que hay determinados rasgos propios de la así llamada literatura para adultos que al público infantil lo harían bostezar o ni siquiera abrir ciertos libros. Pero con un adulto al lado, con ciertas acotaciones, aclaraciones, o bien una buena oralización o transposición de esa historia a un lenguaje comunicativo oportuno que a un público infantil cognitivamente le resulte accesible, la cuestión se soluciona de inmediato. Esta es mi premisa entonces. La literatura infantil no existe como especie esencializada. Existe la literatura ilimitadamente que requiere, en determinadas circunstancias, de la intervención y el seguimiento, la compañía y la contigüidad de familiares y docentes.


    
Pero regreso al por qué. Mi hipótesis, que ya he expuesto y publicado en un artículo, es que hay una mirada del adulto de recelo hacia la literatura así llamada infantil con motivo de que si lee ese campo de la producción literaria esa práctica de inmediato lo volvería o pueril, o lo desautorizaría frente a sus pares o bien directamente experimenta la idea inconcebible de que haría una regresión automática de carácter denigrante de su condición de adulto a la de niño o niña. Algunas personas, como a mí, nos resulta un ejercicio apasionante que así sea porque nos conectamos con la posibilidad de tener acceso al universo infantil no como una involución sino como una riqueza irreemplazable. Volver a una edad en la que el juego, el desparpajo, el absurdo, la falta más completa de tabúes, de prejuicios, de límites a la imaginación creativa, de preconceptos y la llegada, a cambio, de un universo de una libertad subjetiva total y vital, es definitivamente cautivante así como fascinante.  ¿Es una regresión o es el mejor regalo que nos podemos hacer y hasta permitir volver a jugar y a hacer las cosas sin pedir permisos? Hay en la literatura infantil una ausencia de límites y de subversión de las normas impuestas por la sociedad a los sujetos de cultura que la posibilidad de transitar por esas producciones literarias nos restituye. En efecto, la literatura infantil es el reino del infinito. Toda la literatura lo es a decir verdad y probablemente todo el arte lo sea. Porque nos permite franquear cualquier clase de circunscripciones o fronteras. Podemos desde ser perros hasta caminar con las manos o bien ser una roca que habla.  Podemos vivir en una familia de vampiros siendo un vampiro más o bien habitar el vientre de una ballena. En fin, no prosigo pero creo que ustedes entienden perfectamente adónde quiero llegar. Y esto que sucede en toda la literatura, en la literatura apta para todo público se potencia más aún por varios motivos. Conviene avivar la atención del público lector para que no abandone el libro. No hay recursos ni procedimientos prohibidos (dentro del orden de lo respetuoso). Y podemos jugar y dar rienda suelta a la imaginación del modo más salvaje. Es por eso, no me caben dudas, que Graciela Montes llamó a cierto lenguaje literario, “la frontera indómita”. Es ese territorio opuesto a aquel en el que nos movemos en la vida cotidiana. Lleno de tabúes, prohibiciones, límites, solemnidad, hipocresía, violencia, malos tratos, falsas apariencias, protocolos, muchas mentiras y convengamos que bastante burocracia. Cosas que han sido una construcción cultural de carácter aberrante, porque ha hecho de la cultura una fuente de sufrimiento hasta límites intolerables, un verdadero infierno y desdicha, en primer lugar para los niños y niñas, que son las personas más vulnerables.
     También hay un punto que adolece de la más completa desinformación. Y es que la literatura infantil carece de excelencia y que nada nuevo ni nada innovador puede esperarse de ella. Y eso no es cierto. La hay que es de una radical originalidad y ha introducido innovaciones de carácter sin precedentes en el corpus nacional. Se trata de poéticas que de hecho los estudiosos de la literatura y otros escritores incluso, no se suelen tomar en serio en la mayoría de los casos. Los estudios académicos sobre literatura apta para todo público son de tradición relativamente recientes y llega aquí el otro gran problema que advierto y que me resulta una verdadera calamidad. En efecto, se produce un ghetto en el cual se habla de la LIJ (Literatura Infantil y Juvenil), poniéndosela aparte, confinándola a secciones en librerías, espacios culturales, actividades, premios específicos, Ferias nacionales e internacionales, concursos, congresos, jornadas y simposios, charlas, editoriales o colecciones específicas. Circunstancia que me resulta totalmente nociva para pensar cualquier manifestación del arte en general y de la literatura en particular. Como si no pudiéramos mezclar, por ejemplo, la producción así llamada infantil de Silvina Ocampo o Sara Gallardo, por ejemplo, otras dos precursoras, con el resto de su producción para el así llamado público adulto. Este ghetto se traduce en ciertas prácticas sociales, rituales, tradiciones que se han codificado y están a la vista. Pero, sobre todo, introduce uno de los peores males de la así llamada literatura infantil y juvenil: su exclusión, su marginalidad y la imposibilidad que sería deseable de poder circular junto al resto de los discursos literarios en el corpus inclusivo de la literatura argentina.
      Y no nos justifiquemos diciendo, nuevamente pongo el acento en este punto, en ausencia de jerarquía o excelencia ni en sus creadores y creadoras, ni en sus investigadores ni en sus estudiosos ni en sus divulgadores. Se trata de un lastimoso círculo vicioso, una trampa cultural, más precisamente, de la cual no se saldrá hasta tanto no se cobre consciencia del nivel de jerarquía incuestionable de nuestros autores de literatura apta  para todo público, de la valentía que han tenido en tiempos oscuros de este país. Y se los comience a invitar a las mismas mesas redondas que a los autores así llamados para adultos como lo que son: sus colegas. De que la literatura es el campo en el que los límites, precisamente, están llamados a ser borrosos, difusos, indómitos, peligrosos, salvajes, indetenibles, subversivos, radicales, transgresores y que todo eso lo tiene la literatura así llamada infantil en grado a mi juicio incluso mayor (me hago responsable de esta afirmación) que la literatura así llamada para adultos.  Es más exigente porque requiere capturar atenciones fugaces y dispersas, porque si los niños tienen una virtud por sobre todas las cosas es su más completa y absoluta sinceridad en todo lo que hacen, dicen y piensan. Y porque hasta se animarán, en cuanto nos descuidemos, a agarrar un libro del mismísimo Jorge Luis Borges y ponérselo a leer.  Sin pedir el menor tipo de permiso. Muchas gracias.


lunes, 15 de junio de 2020

Las Bebetecas



Duérmete niño, niño
Que viene el coco
Y se lleva a los niños
Que duermen poco.
La gestación de la palabra
El poeta chileno Pablo Neruda, nos recuerda una y otra vea “todo está en la palabra”. Cuánto más si vamos a hablar de esa primera infancia y la relación con los libros. Alguna voz podría amonestarnos diciendo:  ¿primera infancia y libros?...  ¡Pero si es que los bebés no saben leer!.
Hoy en día somos conscientes de la importancia del  encuentro entre el libro y el lector. Y ya no importa si quien se asoma a la lectura es un niño, joven o adulto. Pero hasta hace no mucho tiempo,  pensar en que ese lector podía ser un bebé  era una idea absolutamente fuera de  lo que se puede denominar “sentido común”.
Según distintas investigaciones el término “bebeteca” fue incorporado al vocabulario del mundo de los libros y mediadores de lectura en 1987 a través de la voz de Georges Curie. Término que se hizo oír en la  5ta. Conferencia Europea de Lectura por medio de Mercé  Escardó i Bais, fundadora y directora de Can Butjosa  (Biblioteca Infantil y Juvenil) de Parets del Vallès y de la primera Bebeteca en 1990: Hay tanto que no sabemos el sutil y profundo misterio que se esconde detrás de cada palabra, de cada gesto, de cada silencio[1][i]
Y aquí estamos comenzando tejer palabras como cuentos, nanas, bebes, padres, madres, mediadores y libros, en un espacio “extraterritorial” en un tiempo detenido: el momento en el que el lector se encuentra con la historia. 
Yolanda Reyes en La biblioteca para los que no saben leer: acceso a libros y lecturas en la primera infancia[2], cuenta sus primeras experiencias en torno a generar un lugar que posibilitara el encuentro entre la literatura y los niños. Espantapájaros es su gran creación en Colombia: un lugar que dio lugar a un encuentro singular: los bebes, los libros y los mediadores de lectura.

La mamá Calamar


Otro poema recitado por una de nuestras pequeñas colaboradoras, Adriana. Un juego con la A.
La mamá 
calamar 
Al mar va,
¡caramba!
¿a andar?
¡Ja! ¡Jamás!
¡A nadar!
¿A Madagascar?
¡Ja! ¡Jamás!
A la playa
¡nada más!

TicToc


Con la voz de Adriana, un poema divertido, un juego de palabras para los más pequeños:

Mi vecino el señor Plot
Tenía un enorme reloj
Que, siempre, hacía tictoc

Tan fuertemente sonaba
Que a todos les molestaba
El sonido por la mañana

“¡Los relojes hacen tictac!”
Dijo la señora del Dos A
“Este reloj funciona fatal”

Pero siguió con su tictoc
El molestísimo reloj
Que tenía el señor Plot

viernes, 12 de junio de 2020

Manuelita ¿dónde vas?


         En un patio, no sé sabe muy bien si de Pehuajó o no, empezó todouna escoba sucia y arrumbada en un rincón, la pobrecita cabeza abajo tiene que librar, junto con un trapo del piso más sucio aún que ella, una terrible batalla contra unos ladrones que querían aprovecharse de la salida de los dueños de la casa. Por supuesto la escoba y el trapo salen vencedores y como premio, una es usada para lo que le corresponde, y el otro es lavado y puesto a secar.
A todo esto, allí, bajo la sombrita de una planta, se despierta, algo molesta por tanto jaleo, una tortuguita a la que muy poca gente no conoce ya, es, ni más ni menos, que Manuelita, la tortuga más famosa, al menos, en el área de habla española (y de otras lenguas, también).
Manuelita no soporta más aquel patio y aquel aburrimiento, para ella, todo eso es muy pequeño, ella necesita el mundo para vivir, porque Manuelita es una tortuga de mundo.
Y ni corta ni perezosa se lanza al viaje, se ha de topar con gente agradable y gente no tan agradable, qué decir de ese barco donde viaja, todo cargadito de pis de gato siamés para fabricar la famosísima colonia de bebés Puf. Es tanto el olor, que la pobrecita prefiere el incierto mar, y va a dar a parar a una isla chiquita, chiquita, con un obelisco en el centro y con un único habitante: un pingüino llorón, bastante despistado y algo huraño que quedó ahí, mientras que su familia lo busca. Y llega la familia, la gran familia pingüinil, haciendo tanto ruido, que Manuelita, una tortuga bastante pacífica y que no gusta de tanto barullo, opta por desaparecer.
Y son tantas las aventuras que corre, que repetirlas se nos haría bastante largo, pero vamos a destacar algunas, por ejemplo aquella vez en Mar del Plata que un duende con el pelo colorido y algo travieso, Nifúnifá, la ayuda a pasar una transitadísima avenida, pero la transporta por los aires ¡menos mal que la gente no suele ir caminando mirando hacia el cielo!
En Madrid, Manuelita conocerá a otro duende, en el mismísimo Museo del Prado, es Mozartín, un duende cabal y responsable, hasta que conoció a Nifúnifá, que le pasó parte de su travieso carácter. En el mismo museo, Manuelita entabla amistosa conversación con una de las infantas de las Meninas, una chica algo aburrida, con apuros para caminar con ese volumen de falda que lleva y que no ve ni conoce mucho más allá de lo que pasa en su cuadro.
En Suiza, son unos instrumentos musicales que están enfermitos los que tienen el honor de conocer a Manuelita, que hace labores de voluntaria de la Cruz Roja. Luego, tendrá oportunidad de oír un concierto maravilloso dado por los instrumentos, una vez sanados.
Manuelita había conocido también, en pleno Polo Sur, a otro conocido por todos: Frankestein, que buscaba esposa y que acaba con todo su enorme cuerpo en el piso.
¿Y aquel yacaré colectivo del río Paraná que se comió a dos gamberros que no dejaban a bicho vivo? Al pobre lo tienen que llevar a un centro de curación de yacarés en plena selva amazónica, porque no se podía mantener de la indigestión.
Irlanda, México, el lago Titicaca, su Pehuajó natal, la India, Japón son otros de los lugares por donde pasa Manuelita en su periplo. En Japón, una visita nos deja algo perplejos, cuando descubrimos que Manuelita lleva en su caparazón una microcámara que ha grabado todos su movimientos y que ella misma forma parte de una investigación importantísima, de la que no se va a saber mucho más tampoco, porque además de importantísima es secretísima.
Esta Manuelita no queda solo en un libro, Manuelita tiene una canción que quizás la haya hecho más famosa que el libro, y por la que sabemos que Manuelita había nacido en Pehuajó, en plena provincia de Buenos Aires, y que se había enamorado de un tortugo y que se había ido a París, nadie sabía muy bien por qué.
Algunos hasta habrán visto sus experiencias parisinas en la película La Tortuga Manuelita, cómo consigue ser modelo de alta costura y ante el descubrimiento de que la engañan, vuelve a su tierra (la película está basada en el personaje creado por María Elena Walsh, pero el libro y los dibujos son de la factoría de Manuel García Ferré).
Pero, la autora del libro, de la canción, la madre de Manuelita es, como ya hemos comentado María Elena Walsh y merece que nos detengamos un poco en su trayectoria como escritora.

jueves, 11 de junio de 2020

Agu Trot de Roald Dahl, ¿una historia de amor de nuestros tiempos?


  Agu Trot de Roald Dahl, ¿una historia de amor de nuestros tiempos? por Gabi Casalins



           Agu  Trot es la última novela de Roald Dahl. Fue editada por Puffins Books y se publicó en 1990. Iustrada por Quentin Blake, su publicación sobrevino justo en el año del fallecimiento del escritor.
A propósito de Quentin Blake,  ésta es una de sus novelas  favoritas, y en 2013, según detalla el sitio oficial del escritor, el ilustrador presentó una versión en audio narrada por él mismo.


Existe también un film de 2014 para la televisión de la BBC que se llama “Esio Trot”, con Dustin Hoffman y Julie Dench como reparto.
Entrando en materia, podría decirse que Agu Trot es una historia de amor, y no nos equivocaríamos. Ahondaremos en este aspecto más adelante. 
Sin embargo, como en toda novela de Dahl, ese es sólo el fragmento de hielo que sobresale del océano, mientras que “la magia” permanece sumergida para los lectores agudos. Rolad Dahl es un escritor “iceberg”, sin duda.
Fiel a su impulso lúdico, el escritor comienza  con el juego  desde el título, que no es otra cosa que la palabra “tortuga” escrita al revés. En el original en inglés, el juego propuesto es doble: la novela se llama “Esio Trot”, si leemos al revés la palabra que se nos aparece es “Tortoise”, que en dicha lengua define a la tortuga terrestre y no a la acuática, a la que se  denomina “turtle”. Doble juego en la lengua madre que nos hace adivinar desde el mero título, de qué tipo de animal se hablará y se le suma a esto la dificultad del juego lingüístico de la escritura al revés. Perdemos esta instancia en la traducción, pero la historia no deja de ser cautivante por eso, es más, creo que hoy cobra aún más vigencia por algunas cuestiones del paradigma de la relación amorosa entre el hombre y la mujer que han cambiado y mucho, en este siglo veintiuno que estamos transitando. Luego nos ocuparemos de ellas.
Al parecer, y según cuenta el mismo Roald Dahl en una conferencia ofrecida  en la Wright University en Ohio en 1978, la historia le sobrevino en una visita que realizara al departamento de una de sus hijas que vivía en Londres. Desde aquel balcón, podía observar, en el piso inferior, el balcón de una vecina que tenía como mascota a una tortuga terrestre. Esto motivó su frondosa imaginación e hizo nacer esta historia de amor. El fragmento completo de la conferencia está, junto con otros valiosos documentos y borradores de puño y letra del escritor, en el sitio oficial al que con anterioridad nos refiriéramos.
De dicha conferencia extraemos y traducimos una perla que da cuenta del proceso de la escritura de Roald Dahl en esta novela, pero que es aplicable a su narrativa completa y que habla de un hecho biográfico, cuándo apareció en su vida la escritura y de sus disparadores para la misma, el absurdo y la comicidad, cito:
(…) What is interesting about writing is that, unlike wainting or composing music, one nearly always comes to it latish in life, usually in the late twenties or thirties.
Now the only point in telling you this little story is to try to illustrate how the mind of a writer of fantasy works. It is eager all the time to embrace what is absurd and far-fetched and above all what is comic(…)".
(Traducción: “Lo interesante de la escritura es que, a diferencia de escribir o componer música, a la 
misma  casi siempre se llega algo tarde en la vida, generalmente cuando uno tiene entre veinte o treinta años.
Ahora, el único punto para contarles esta pequeña historia es tratar de ilustrar cómo funciona la mente de un escritor de fantasía. Está ansioso todo el tiempo por aceptar lo que es absurdo y descabellado y, sobre todo, lo que es cómico. ")