En la biblioteca vive el Mono de la Tinta. Se esconde entre mis libros y acecha mis tinteros. Cuando cree que no lo veo, olisquea mis lapiceras. Se trepa a una pila de libros y, por sobre mi hombro, trata de adivinar qué escribo. Escucho su respiración acompasada, anhelante, mientras lee. Lo sospecho en puntas de pie, haciendo equilibrio, pero, cuando me doy vuelta, siempre desaparece.

Dos cosas le gustan sobremanera: La tinta y las historias.

El otro día, al caer el sol, me acerqué silenciosamente. Me escondí en las sombras, detrás de las cortinas. La noche avanzaba lenta como el río espeso de mis sueños.

Entonces, cuando ya casi se me cerraban los párpados, lo vi: se acercó canturreando una cancioncita pegadiza y destapó todos los tinteros en un bailecito alegre. Después, sentado sobre sus patas sacó una historia del tintero con sus dedos largos.

“Había una vez…”. Y la tinta, sangre del cuento, se deshizo en gotas negras sobre el piso, desmigajándose en mil historias de dragones, de caballeros, de batallas, y en la historia de un mono que bebe tinta, una tinta negra y brillante, como los ojos negros del Mono de la Tinta…

Gabi Casalins, septiembre de 2013

lunes, 15 de junio de 2020

La mamá Calamar


Otro poema recitado por una de nuestras pequeñas colaboradoras, Adriana. Un juego con la A.
La mamá 
calamar 
Al mar va,
¡caramba!
¿a andar?
¡Ja! ¡Jamás!
¡A nadar!
¿A Madagascar?
¡Ja! ¡Jamás!
A la playa
¡nada más!

TicToc


Con la voz de Adriana, un poema divertido, un juego de palabras para los más pequeños:

Mi vecino el señor Plot
Tenía un enorme reloj
Que, siempre, hacía tictoc

Tan fuertemente sonaba
Que a todos les molestaba
El sonido por la mañana

“¡Los relojes hacen tictac!”
Dijo la señora del Dos A
“Este reloj funciona fatal”

Pero siguió con su tictoc
El molestísimo reloj
Que tenía el señor Plot

viernes, 12 de junio de 2020

Manuelita ¿dónde vas?


         En un patio, no sé sabe muy bien si de Pehuajó o no, empezó todo: una escoba sucia y arrumbada en un rincón, la pobrecita cabeza abajo tiene que librar, junto con un trapo del piso más sucio aún que ella, una terrible batalla contra unos ladrones que querían aprovecharse de la salida de los dueños de la casa. Por supuesto la escoba y el trapo salen vencedores y como premio, una es usada para lo que le corresponde, y el otro es lavado y puesto a secar.
A todo esto, allí, bajo la sombrita de una planta, se despierta, algo molesta por tanto jaleo, una tortuguita a la que muy poca gente no conoce ya, es, ni más ni menos, que Manuelita, la tortuga más famosa, al menos, en el área de habla española (y de otras lenguas, también).
Y Manuelita no soporta más aquel patio y aquel aburrimiento, para ella, todo eso es muy pequeño, ella necesita el mundo para vivir, porque Manuelita es una tortuga de mundo.
Y ni corta ni perezosa se lanza al viaje, se ha de topar con gente agradable y gente no tan agradable, qué decir de ese barco donde viaja, todo cargadito de pis de gato siamés para fabricar la famosísima colonia de bebés Puf. Es tanto el olor, que la pobrecita prefiere el incierto mar, y va a dar a parar a una isla chiquita, chiquita, con un obelisco en el centro y con un único habitante: un pingüino llorón, bastante despistado y algo huraño que quedó ahí, mientras que su familia lo busca. Y llega la familia, la gran familia pingüinil, haciendo tanto ruido, que Manuelita, una tortuga bastante pacífica y que no gusta de tanto barullo, opta por desaparecer.
Y son tantas las aventuras que corre, que repetirlas se nos haría bastante largo, pero vamos a destacar algunas, por ejemplo aquella vez en Mar del Plata que un duende con el pelo colorido y algo travieso, Nifúnifá, la ayuda a pasar una transitadísima avenida, pero la transporta por los aires ¡menos mal que la gente no suele ir caminando mirando hacia el cielo!
En Madrid, Manuelita conocerá a otro duende, en el mismísimo Museo del Prado, es Mozartín, un duende cabal y responsable, hasta que conoció a Nifúnifá, que le pasó parte de su travieso carácter. En el mismo museo, Manuelita entabla amistosa conversación con una de las infantas de las Meninas, una chica algo aburrida, con apuros para caminar con ese volumen de falda que lleva y que no ve ni conoce mucho más allá de lo que pasa en su cuadro.
En Suiza, son unos instrumentos musicales que están enfermitos los que tienen el honor de conocer a Manuelita, que hace labores de voluntaria de la Cruz Roja. Luego, tendrá oportunidad de oír un concierto maravilloso dado por los instrumentos, una vez sanados.
Manuelita había conocido también, en pleno Polo Sur, a otro conocido por todos: Frankestein, que buscaba esposa y que acaba con todo su enorme cuerpo en el piso.
¿Y aquel yacaré colectivo del río Paraná que se comió a dos gamberros que no dejaban a bicho vivo? Al pobre lo tienen que llevar a un centro de curación de yacarés en plena selva amazónica, porque no se podía mantener de la indigestión.
Irlanda, México, el lago Titicaca, su Pehuajó natal, la India, Japón son otros de los lugares por donde pasa Manuelita en su periplo. En Japón, una visita nos deja algo perplejos, cuando descubrimos que Manuelita lleva en su caparazón una microcámara que ha grabado todos su movimientos y que ella misma forma parte de una investigación importantísima, de la que no se va a saber mucho más tampoco, porque además de importantísima es secretísima.
Esta Manuelita no queda solo en un libro, Manuelita tiene una canción que quizás la haya hecho más famosa que el libro, y por la que sabemos que Manuelita había nacido en Pehuajó, en plena provincia de Buenos Aires, y que se había enamorado de un tortugo y que se había ido a París, nadie sabía muy bien por qué.
Algunos hasta habrán visto sus experiencias parisinas en la película La Tortuga Manuelita, cómo consigue ser modelo de alta costura y ante el descubrimiento de que la engañan, vuelve a su tierra (la película está basada en el personaje creado por María Elena Walsh, pero el libro y los dibujos son de la factoría de Manuel García Ferré).
Pero, la autora del libro, de la canción, la madre de Manuelita es, como ya hemos comentado María Elena Walsh y merece que nos detengamos un poco en su trayectoria como escritora.

jueves, 11 de junio de 2020

Agu Trot de Roald Dahl, ¿una historia de amor de nuestros tiempos?


  Agu Trot de Roald Dahl, ¿una historia de amor de nuestros tiempos? por Gabi Casalins



           Agu  Trot es la última novela de Roald Dahl. Fue editada por Puffins Books y se publicó en 1990. Iustrada por Quentin Blake, su publicación sobrevino justo en el año del fallecimiento del escritor.
A propósito de Quentin Blake,  ésta es una de sus novelas  favoritas, y en 2013, según detalla el sitio oficial del escritor, el ilustrador presentó una versión en audio narrada por él mismo.


Existe también un film de 2014 para la televisión de la BBC que se llama “Esio Trot”, con Dustin Hoffman y Julie Dench como reparto.
Entrando en materia, podría decirse que Agu Trot es una historia de amor, y no nos equivocaríamos. Ahondaremos en este aspecto más adelante. 
Sin embargo, como en toda novela de Dahl, ese es sólo el fragmento de hielo que sobresale del océano, mientras que “la magia” permanece sumergida para los lectores agudos. Rolad Dahl es un escritor “iceberg”, sin duda.
Fiel a su impulso lúdico, el escritor comienza  con el juego  desde el título, que no es otra cosa que la palabra “tortuga” escrita al revés. En el original en inglés, el juego propuesto es doble: la novela se llama “Esio Trot”, si leemos al revés la palabra que se nos aparece es “Tortoise”, que en dicha lengua define a la tortuga terrestre y no a la acuática, a la que se  denomina “turtle”. Doble juego en la lengua madre que nos hace adivinar desde el mero título, de qué tipo de animal se hablará y se le suma a esto la dificultad del juego lingüístico de la escritura al revés. Perdemos esta instancia en la traducción, pero la historia no deja de ser cautivante por eso, es más, creo que hoy cobra aún más vigencia por algunas cuestiones del paradigma de la relación amorosa entre el hombre y la mujer que han cambiado y mucho, en este siglo veintiuno que estamos transitando. Luego nos ocuparemos de ellas.
Al parecer, y según cuenta el mismo Roald Dahl en una conferencia ofrecida  en la Wright University en Ohio en 1978, la historia le sobrevino en una visita que realizara al departamento de una de sus hijas que vivía en Londres. Desde aquel balcón, podía observar, en el piso inferior, el balcón de una vecina que tenía como mascota a una tortuga terrestre. Esto motivó su frondosa imaginación e hizo nacer esta historia de amor. El fragmento completo de la conferencia está, junto con otros valiosos documentos y borradores de puño y letra del escritor, en el sitio oficial al que con anterioridad nos refiriéramos.
De dicha conferencia extraemos y traducimos una perla que da cuenta del proceso de la escritura de Roald Dahl en esta novela, pero que es aplicable a su narrativa completa y que habla de un hecho biográfico, cuándo apareció en su vida la escritura y de sus disparadores para la misma, el absurdo y la comicidad, cito:
(…) What is interesting about writing is that, unlike wainting or composing music, one nearly always comes to it latish in life, usually in the late twenties or thirties.
Now the only point in telling you this little story is to try to illustrate how the mind of a writer of fantasy works. It is eager all the time to embrace what is absurd and far-fetched and above all what is comic(…)".
(Traducción: “Lo interesante de la escritura es que, a diferencia de escribir o componer música, a la 
misma  casi siempre se llega algo tarde en la vida, generalmente cuando uno tiene entre veinte o treinta años.
Ahora, el único punto para contarles esta pequeña historia es tratar de ilustrar cómo funciona la mente de un escritor de fantasía. Está ansioso todo el tiempo por aceptar lo que es absurdo y descabellado y, sobre todo, lo que es cómico. ")

martes, 9 de junio de 2020

El cuentero nace, el narrador oral o cuentacuentos se hace


Se define Claudio Ledesma en su facebook como Contador profesional de historias, Cuentacuentos, Narrador Oral, Chamán Moderno y Juglar Contemporáneo.
 Representó a la Argentina en los Festivales Internacionales de Cuentacuentos de Bolivia, Cuba, Colombia, Chile, España, México, Perú y Uruguay. Es Director del Festival Internacional de Cuentacuentos “Palabra Mía” y “Cuenta Habana”. Narrador contratado por la Dirección General del Libro y Bibliotecas de la Ciudad de Buenos Aires.
Recibió en Cuba los premios "ContArte 2011" “El Cochero Azul 2014” y “Jesús del Monte 2018” por su trayectoria y difusión de la narración oral. Premios “Precursor 2015”, “Hacedor 2015”, “Pregonero 2011” y “Pregonero 2013” otorgado por la Fundación El Libro de Buenos Aires.
Ha publicado “Olga y los pájaros”, primer libro de la colección “Libros blancos, para imaginar e ilustrar”, el libro de teoría de narración oral “El arte de contar cuentos” y “Lo bueno y breve, dos veces bueno”, microficción y narración oral, todos con Sherezade Editora.
Recientemente recibió el Premio ATVC, por mejor programa de interés cultural por el programa “Cuentacuentos” que se emite por Canal 2 de Villa Gesell.
 El artículo que a continuación podemos leer pertenece a la primera clase del Postítulo Diplomatura Superior en Narración Oral Escénica (a Distancia) que en la actualidad se desarrolla en el Instituto de Educación Superior Rodolfo Walsh del Chaco.



El cuentero nace, el narrador oral o cuentacuentos se hace.

En resumen, diremos que la narración oral es un medio de expresión, el cual se manifiesta con “belleza” y “arte” (es decir con su propia técnica), en un instante único de creencia en la fantasía o realidad. Es una forma de comunicación que se nutre de la ficción, sin otro apoyo que la palabra, los gestos y los movimientos. El oyente forma con el narrador la otra parte de una unidad, pues él debe recrear en su imaginación el relato que le cuentan, con su propia historia, esto crea un estrecho vínculo que genera placer y se retroalimenta produciendo emociones y sentimientos.

Se logra con concentración, mirando directamente a los ojos, rompiendo esa cuarta pared que propone Konstantín Stanislavski[1] y compartiendo la historia.

En el teatro el actor muestra, en la narración oral se comparten imaginarios.

El texto no se estudia de memoria, es el cuento recreado en la imaginación del narrador y oyente, que permite improvisar, realizar comentarios y establecer un vínculo directo de comunicación.

Hay que diferenciar la técnica del narrador oral o cuentacuentos, del cuentero.

El narrador oral adquiere la técnica por haberla aprendido en forma expresa y por su propia voluntad y decisión.

Los cuenteros son los narradores espontáneos, que cuentan de forma intuitiva, muchas veces los cuenteros no saben leer o escribir, por lo tanto, su fuente no serán cuentos literarios, serán sucedidos, anécdotas, historias familiares, de aparecidos o leyendas.

El cuentero nunca elige ser cuentero, son los otros los que le dan ese espacio, ese lugar.

Piensen en su familia, en alguna tía, tío, abuela o abuelo, que en las reuniones familiares le decían, que lo cuente él o ella porque lo sabe contar.

Los otros son los que convalidan el espacio del cuentero, los que lo legitiman, él nunca decide ser cuentero. Lo hace en forma natural, espontánea y muy efectiva. Es un don innato.

El cuentero nace, el narrador oral, se hace.

A continuación, un párrafo de M. E. Maxwel, describe en su artículo “Seri rama, un cuento de hadas contado por un cuentero malayo” tomado del libro de Ana Padovani, “Contar Cuentos”, de editorial Paidos.

“Sentado en el salón de un Rajá o un jefe, el narrador de historias que probablemente es un hombre que no sabe leer ni escribir, empieza uno de los romances que forman parte de su repertorio, entonando las palabras como si estuviera leyendo un libro en voz alta. Posiblemente se ha colocado adrede, cerca de la puerta que lleva al apartamento de las mujeres y las risas o los aplausos del público masculino allá afuera resuenan detrás de las cortinas donde las mujeres de la casa estarán siguiendo la narración con gran interés. La narración continúa, tal vez, hasta bien alcanzada la noche cuando es interrumpida hasta la noche siguiente. El narrador no olvida nada, ha estado contando sus historias desde joven y heredó sus romances de su padre o de los antepasados que lo habían contado a los antepasados del público actual. Una pequeña recompensa, una bienvenida cálida y una buena cena esperan al narrador malayo donde sea que venga o vaya, caminando entre los pueblos, como Homero lo hacía entre las villas griegas”.

[1] Konstantín Stanislavski (en en ruso Константин Станиславский) (Moscú, 5 de enero de 1863 - ibidem 1938) fue un actor, director escénico y pedagogo teatral ruso, creador del método interpretativo Stanislavski y cofundador del Teatro del Arte de Moscú.

lunes, 8 de junio de 2020

“Rebelión en la granja: Los Cretinos de Roald Dahl” por Adrián Ferrero

Adrián Ferrero nos deleita con este artículo sobre una de nuestras novelas favoritas de Roald Dahl, y así, da el puntapié inicial a una serie de artículos y reseñas sobre la obra de este autor que le seguirán.


“Rebelión en la granja: Los Cretinos de Roald Dahl”
por Adrián Ferrero

     Cuando un novelista se propone dar cuenta del universo de la ética para el público infantil, puede seguir dos caminos. El simplista: contar parábolas, con una suerte de trama aleccionadora. Sabemos a qué encerronas estéticas ha conducido a la literatura infantil ese proceder. O bien, un camino mucho más creativo, además de mucho más divertido: poner en escena un mundo ficcional habitado por personajes que encarnan esos valores éticos e interactúan de un modo que no es pacífico, pero tampoco necesariamente es dramático. Sí es conveniente que existan conflictos. Y si son más de uno mejor aún. En efecto, Roald Dahl acude de modo elocuente al humor (en ocasiones al humor negro), la ironía, la hipérbole como figura retórica que rige buena parte de la economía narrativa de esta historia, una trama cautivante y un clima que tampoco resulta apacible. Menos aún el punto de vista constructivo de la obra es simplista. Porque comienza narrando la pulseada entre el señor y la señora Cretino para luego desplazarse hacia personajes aparentemente (y solo aparentemente) secundarios, como si el propio narrador se hubiera cansado de los avatares de esta dupla de adversarios que comparten dormitorio.  
     No se trata aquí de buenos contra malos. Se trata de dos personas que supuestamente deberían amarse, como toda pareja que se elige para convivir como un matrimonio, en teoría, y sin embargo hay aquí permanentes trampas o trucos maliciosos que se realizan el uno contra el otro vengativamente. Veremos cómo este rasgo luego analógicamente se trasladará a otro grupo de personajes, animales para el caso, cuyos atributos sin embargo están notablemente humanizados.
     Lo cierto es que uno y otro recíprocamente urden maldades. Para perjudicarse, no exactamente para terminar con sus vidas. Pero sí perturbarlas. Enrarecerlas. Producirle un malestar a su compañero. Por supuesto que el autor maneja perfectamente esta circunstancia con el humor, el disparate y la ocurrencia. Con el ingenio y la gracia. Lo hace también con la sabiduría que confiere el conocimiento de la psicología infantil. Me refiero a qué puede y qué no puede entender y tolerar un niño de diez años en adelante. No serán maldades siniestras. Serán jugarretas. Trampas. Malicias que van en un in crescendo porque en la medida en que uno hace caer en la trampa al otro, pero es descubierto, la represalia no se hace esperar. Y la respuesta suele agravarse para hasta ser peor que la anterior acción padecida.
     El matrimonio Cretino desde su mismo apellido como un destino lleva encima la definición de una ética, que comparte. Lo que ellos ignoran, es que esas mismas faltas terminarán por volvérseles en contra, desbaratando todos sus complots. De hecho se trata de personas sumamente insatisfechas con sus destinos. Seres indeseables, que o bien se dejan crecer la barba hasta límites exagerados y no se higienizan (buena lección para niños en etapa de crecimiento pero también buena treta para hacerlos reír) hasta denotar una fealdad producto de la propia maldad. Porque tal como lo afirma el narrador de la novela, la señora Cretino no había nacido fea por genética. Sus maldades la habían afeado hasta límites insospechados. Y como afirma el narrador: a las personas que tienen virtudes, aunque no sean estéticamente dotadas de belleza, difícilmente uno pueda atribuirles o detenerse en defectos físicos. Pero este matrimonio es literalmente horripilante. Por dentro y por fuera.
     Roald Dahl demuestra, en un gesto noble, que la mirada que echamos sobre las personas es directamente proporcional a su integridad pero no a su fisonomía. O así debería serlo. Hay personas que pueden no ser agraciadas pero sí poseer una serie de dones que les otorgan un brillo aurático cuando las miramos. Tal vez, porque también inspiran respeto. Tal vez porque el respeto es una forma de la hermosura. Estimo que Roald Dahl debe de haber sido una de tales personas, porque el 10% del precio de la venta de sus libros es donado a las fundaciones benéficas Roald Dahl, que realizan desde tareas vinculadas a la salud hasta la alfabetización de niños con necesidades. De modo que ya desde antes de abrir el libro, en su contratapa, nos encontramos con un autor coherente. 
     Pero regresemos a su argumento. Decíamos que había una serie de maldades recíprocas que se propinaban el uno al otro como represalias. Día a día iban en aumento. Desde introducir una rana de una laguna en la cama de la señora Cretino.  Ella cocinar gusanos para su marido entre los spaguetthi. Él aumentar el tamaño de su bastón cada noche y también el de la silla en la que se sienta para hacerle experimentar que ha contraído la  enfermedad del encogimiento.
     El señor y la señora Cretino, entonces, no se aman. Esta es la primera gran lección de Roald Dahl. O lo hacen de un modo que difícil cuesta entenderlo. Hay gente que convive, que se casa, pero no se ama. Este punto es fundamental en la educación de un niño. Porque rompe con los arquetipos de los cuentos de hadas en los que los príncipes adoran a las princesas y viceversa. Y rompe con los estereotipos respecto de los que cierta sociedad aspira a instalar desde las costumbres conservadoras. En especial en un país como Inglaterra. Estamos simplemente ante un hombre y una mujer mayores que conviven pero no se aman. Fruto de la costumbre, de la rutina, de una sensación de circularidad paralizante, de continuidad que los hace seguir el uno junto al otro, el señor y la señora Cretino prefieren hacerse maldades a divorciarse o, al menos, dejar de convivir. Este punto es crucial en la poética de Dahl. Pinta a la perfección la crisis del matrimonio occidental desde la literatura infantil, en particular del de clase media, que o bien por hipocresía al que o bien por costumbre o bien por conveniencia, no se está dispuesto a renunciar. Pese a que la convivencia sea un infierno. A esta pareja le resulta más cómodo proseguir unida, eligiendo maltratase. Y hacer planes para que esos maltratos sean cada vez peores. Disfrutan de ver sufrir al otro. Es más: parecieran experimentar un cierto placer, un cierto goce en mortificar a su compañero o compañera en la dinámica tan singular que los reúne.

sábado, 6 de junio de 2020

Aventurera por Gabi Casalins

Para todos los peques en cuarentena, vaya ente cuento amasado en mi jardín. (Maestras,papás y mamás tienen mi permiso para llevárselo, si les gusta)



Aventurera

La vaquita de San Antonio había nacido aventurera. Entre todos sus hermanos era la primera en alejarse de la pilita de huevos que mamá había dejado preparada para que comieran cuando ella no estaba.
Se alejaba solita, intentando correr con ese cuerpo de gusanito peludo con patas que tienen las vaquitas de San Antonio bebés. Recorría la corteza del tronco del árbol de ciruelas que era su casa, se trepaba por las ramas y se columpiaba en el borde afilado de las hojas. ¡Era tan feliz!
Desde el  mar verde que era el ciruelo ese otoño, ella le gritaba a sus hermanos:
-¡Vamos chicos, vengan! ¡Vamos!
-¡No, no!-decían-¡Mamá dijo que todavía no podemos!
 Y seguían jugando a la escondida entre las grietas del tronco, ahí nomás, cerca de los huevitos amarillos.
-¡Bobos!-pensaba la aventurera y saltaba en una hoja como se salta en una cama elástica.
Una mañana, la mamá los reunió a todos alrededor de la pila de huevos y les dijo:
-Mis amores tenemos que estar muy atentos: desde ahora nadie, pero nadie, puede salir de casa. Todos se me quedan juntitos y nadie se sale de la grieta de la corteza porque es peligroso.
-¿No podemos salir a caminar por el árbol?-dijo la vaquita aventurera preocupada.
-¡Ni se te ocurra! ¡Es peligroso, muy peligroso! ¡Peligrosísimo!-dijo la mamá.
-¿Pero, por qué?, ¿por qué?-insistió ella, porque si no hubiera insistido no hubiera sido una vaquita aventurera.
-Bueno-dijo la mamá con una voz extraña-, es que hay una amenaza terrible en el jardín. Hay una invasión de... ¡Arañas!
-¡Oh! ¡Uy! ¡Noooo!-gritaron las vaquitas, porque como eran vaquitas sabían muy bien que las arañas se comen  a las vaquitas de San Antonio como si fueran alfajores de chocolate.
-¿Tantas hay?-preguntó la aventurera, no muy convencida.
-¡Tantas que no me alcanzan las patas para contarlas!- dijo la mamá y añadió-: oAdemás se reproducen de tal manera que te las podés encontrar en cualquier lado, debajo de una hoja, sobre el césped, debajo de las baldosas. Lo único que podemos hacer es quedarnos en casa y esperar a que se vayan.
-¿Pero, cuánto tiempo quedarnos en casa?-preguntó la vaquita que ya se estaba poniendo muy nerviosa.
-El que sea necesario.-contestó la mamá, misteriosa.
Y desde aquel día todas las vaquitas de San Antonio de ese tronco se agolparon en su grieta  y se quedaron allí, a esperar que el peligro pasara. Y así hicieron otras familias de vaquitas. Cada una en su hoja, en su corteza, o en su rama.
Jugaban allí, comían allí, estudiaban allí cosas de vaquitas de San Antonio, en casa todo el día. La mamá no salía, se quedaba con ellas y contaba cuentos, recortaban pedacitos de hojas con sus trompas y hacían hileras de vaquitas de San Antonio unidas por las patas que colgaban como guirnaldas en aquella grieta que era su casa. La tarea les llegaba por la red del polen que viajaba en el aire, y ellas la hacían con la mamá y después la soplaban en la brisa para que le llegara a su maestra, que era otra vaquita que también estaba en su casa.
Pero, no era fácil. Y a veces, se aburrían, o se cansaban. Sobre todo no le era fácil a la vaquita aventurera. Dos o tres veces la mamá la pescó tratando de escapar, trepada  en la punta de una hoja que se inclinaba sobre la grieta de la corteza.
-¡No te podés escapar a jugar afuera! ¡Es muy peligroso!- la retó -. ¡Mirá si te quedás atrapada en una tela de araña y no te podemos rescatar!
-¡Qué bichos más malos y horribles que son las arañas! ¡Las odio! ¡Las odio!-gritó la última vez que la mamá la arrastró para adentro de la casa.
-¡No, las arañas no son malas, son arañas nada más!-dijo la mamá.
-¡Cómo que no son malas! ¡Si no podemos salir afuera por ellas! ¡Tenemos que estar cuidando que no entren telas de araña a la casa para que nadie quede atrapado y hay que sacudirse las patas a cada rato! ¡Encima vienen creciendo como locas! ¡Eso no es normal!- opinó, enojada, la aventurera.
-Lo que pasa, mi querida-respondió con paciencia de santa la mamá-, es que hay un desequilibrio y la Madre Naturaleza lo está sanando así.
-¡¿Y quién córcholis desequilibró a la Madre Naturaleza?!-preguntó la aventurera muy enojada.
La mamá la miró pensativa y después dijo:
-Creo que fue el Jardinero, tratando de controlar a las avispas, que son las que se comen a las arañas.
-¿Y ahora?-dijo la aventurera.
-Ahora, a esperar en casa a que vuelva el equilibrio.
-¡Ah!-dijo ella, y se quedó pensando.
Y, extrañamente, desde ese momento no intentó escaparse más. Poco a poco encontró la manera de entretenerse. Se le ocurrieron varias cosas pero la que más le gustó fue la de tejerse un capullo de baba transparente alrededor de su propio cuerpo. Lo enganchó en un borde de la corteza y, escondidita allí adentro, comenzó a vivir una aventura increíble: sintió que su cuerpo cambiaba al tiempo que su rabia se iba volviendo de humo. Y adentro de su capullo soñó imaginando  sus colores preferidos, soñó con la libertad y soñó con todos los paseos que había dado por el jardín, cuando todavía la naturaleza estaba en calma.
Pronto descubrió que las aventuras que vivimos no se van nunca de nuestro corazón, como tampoco se escapa la belleza que conocemos. Pronto descubrió que el adentro y el fuera tienen que existir en cada vaquita de San Antonio para poder ser partes del jardín. Y le creció en la espalda una coraza de guerrera roja, con siete manchas negras como ojos para mirar el mundo.
La mamá la vio, a través de la pared transparente del capullo y sonrió.
Paso un tiempo largo, eso sí, pero un día, la mamá les dijo a todos:
-¡Ya podemos salir! ¡La red del polen anuncia que las arañas ya se han ido!
Sí, así como habían venido, se habían ido. Cosas de Madre Naturaleza.
La vaquita aventurera se desperezó dentro del capullo y después, tomó la decisión: Con la trompa rompió la punta, y por ese agujero, no sin trabajo, salió, arrastrándose,
En la corteza quedó aquella casa de filigrana transparente y el sol la atravesó. La vaquita la miró y se miró: nada quedaba de aquel gusanito inquieto que había sido. Ahora, en el filo de la rama, ella estaba vestida de fiesta con su traje rojo y negro. Entonces, como si un milagro hubiera sucedido, desplegó su maravilla: aquella coraza de su caparazón se abrió y mostró su fantástico origami, y dos alas enormes se desplegaron. Llena de alegría se las miró  y, por fin,  salió volando. A su alrededor también volaban sus hermanas y hermanos, con alas de viento.
Y el jardín, ahora era otro y distinto,  pero también era el mismo. Lo que pasaba era que ahora, esta aventurera lo miraba desde el vuelo.

Gabi Casalins



jueves, 4 de junio de 2020

Hay un tiburón en mi bañera, por Silvina Flamini



Hay un tiburón en mi bañera 
Por Silvina Flamini



Berta no quiere bañarse. ¡No quiere y no quiere! El padre insiste pero ella se niega, mientras abre bien grande la boca:
 —¡Hay un tiburón en la bañera! 
—¿Un qué? ¿Un tiburón? Un tiburón no entra en la bañera, Berta, es enorme —explica el padre para tranquilizar a la jovencita.
 —Papá, te digo que hay un tiburón, yo lo vi.
 —A ver, amorcito, ¿cómo es el tiburón? 
—Como todos los tiburones: tiene nariz larga y puntiaguda como la tuya, dientes filosos como los de Tobi y una aleta gris que se asoma por la rejilla. Yo lo vi. 
—Me parece que hay alguien que quiere evitar el jabón, eso es lo que yo estoy viendo—replica el hombre, con una ligera sonrisa en su boca. 
—¡Nooo, por favor, no quiero bañarme! —implora la niña. 
El padre de Berta, contra todos los pronósticos, abre la llave de agua caliente, comienza a llenar la bañadera, le agrega un poco de jabón para que haga espuma, vuelca algunos juguetes y luego introduce a la resistente criatura, a la vez que esquiva algunas patadas voladoras. 
Mientras papá la enjabona, Berta mira fijamente el desagüe de la bañadera (que ahora tiene tapón), no deja de mirarlo. Espera que, en cualquier momento, suceda lo inevitable: el tapón se descorra y… El padre interrumpe sus pensamientos:
 —¿Viste, corazón, que no hay nada dentro? —y le da un beso en la frente húmeda y jabonosa. Berta sonríe y se relaja, ya no hay peligro. Quizás papi tenga razón y todo sea producto de sus fantasías. Cuando el baño termina, el padre suelta el tapón, envuelve a la niña con una enorme toalla y se la lleva en brazos. A sus espaldas, un remolino de agua turbia disimula una nariz larga y puntiaguda, unos dientes filosos y una aleta gris que asoman por la rejilla.





Silvina Flamini
Nací en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, allá por el año ‘74. Estudié el Profesorado en Letras en mi ciudad y hace años que ejerzo la docencia en distintos colegios.
Colaboré en la organización de las “Jornadas de Poéticas de la literatura argentina para niños”, que se desarrollaron durante varios años en La Plata. Asisto con regularidad a jornadas, congresos, charlas sobre la LIJ, y tomo talleres para perfeccionar mi escritura. En 2019 cursé la Diplomatura en Literatura infantil para docentes, dictada por la UCALP.
He publicado dos libros de cuentos: Crónicas mininas y otros relatos  y ¿Érase una vez? Tal vez…, recientemente lanzado.
Me dedico, además, a difundir la literatura infantil y juvenil porque es algo que, verdaderamente, me apasiona.