En la biblioteca vive el Mono de la Tinta. Se esconde entre mis libros y acecha mis tinteros. Cuando cree que no lo veo, olisquea mis lapiceras. Se trepa a una pila de libros y, por sobre mi hombro, trata de adivinar qué escribo. Escucho su respiración acompasada, anhelante, mientras lee. Lo sospecho en puntas de pie, haciendo equilibrio, pero, cuando me doy vuelta, siempre desaparece.

Dos cosas le gustan sobremanera: La tinta y las historias.

El otro día, al caer el sol, me acerqué silenciosamente. Me escondí en las sombras, detrás de las cortinas. La noche avanzaba lenta como el río espeso de mis sueños.

Entonces, cuando ya casi se me cerraban los párpados, lo vi: se acercó canturreando una cancioncita pegadiza y destapó todos los tinteros en un bailecito alegre. Después, sentado sobre sus patas sacó una historia del tintero con sus dedos largos.

“Había una vez…”. Y la tinta, sangre del cuento, se deshizo en gotas negras sobre el piso, desmigajándose en mil historias de dragones, de caballeros, de batallas, y en la historia de un mono que bebe tinta, una tinta negra y brillante, como los ojos negros del Mono de la Tinta

Gabi Casalins, septiembre de 2013

jueves, 3 de abril de 2014






Hoy les traemos un cuento de Adrián Ferrero que se llama "Los errores". Lo ilustra  Sofía Ramacciotti, quien también es ilustradora de nuestro blog. Esperemos que lo disfruten.

Les contamos quién es Adrián y a qué se dedica:



Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es Profesor, Licenciado y Doctor en Letras por la UNLP. Ha publicado trabajos académicos en EEUU, Alemania, Francia, Israel, España, Brasil y Chile. Como escritor, editó los libros Verse (cuentos, 2000), Cantares (poemario, 2005) y, en carácter de Editor, Obra crítica de Gustavo Vulcano (Compilación de artículos académicos In memorian, 2005). Fue becario de su Universidad entre 2000/2006. En 2005 obtuvo un Subsidio para Jóvenes Investigadores de su Universidad. Cuentos suyos han aparecido en publicaciones académicas y antologías colectivas de EEUU y México, tanto en español como en traducción al inglés. En los años noventa integró el colectivo de arte Poesía Turkestán y entre 2000 y 2008 fue co-editor de Diagonautas, primer portal literario de La Plata. Tiene una hija muy linda e inteligente y sospechamos que muchas de las cosas para chicos que escribe las ha inspirado ella. Además, es un gran amigo.

Cuando le preguntamos si escribía para chicos, esto fue lo que nos dijo: 


" Escribo cuentos para niños desde 1999, cuando en una antigua cocina, viviendo solo, encontré en una revista de un diario una entrevista al actor Alfredo Alcón en la que decía que de chico le pedía a su papá que le bajara la luna. De ahí, en más, el cuento nació solo y se llama "Una luna para todos". A partir de ahí, ya no paré. Publiqué algunos en diarios, revistas y en páginas de INTERNET. Tengo un libro que no publiqué que se titula "Jardín de infantes, Un libro apto para todo público". Me gusta mucho escribir historias para ustedes, los más pequeños, pero en realidad los más grandes del mundo."


                                                

 Con ustedes... ¡el cuento!


LOS ERRORES


            Había sido linda su fiesta de cumpleaños. Apagó sus cinco  velitas mientras lo aplaudían y besaban sus padres, los abuelos, los primos y  Alberto y Daniel sus mejores amigos.
            Estaba orgulloso de haberles enseñado a todos lo que había aprendido. Ya reconocía casi todas las letras, leía algunas palabras, y sobre todo distinguía con facilidad la mano izquierda de la derecha. Daniel intentó imitarlo, pero se equivocó varias veces, mientras los que lo miraban se reían de su torpeza.
            Como si fuera tan difícil, pensaba, saber cuál era la mano que levantaba, mientras repetía los movimientos, primero la derecha, luego la izquierda, otra vez la derecha otra vez la…
            Sorprendido interrumpió los movimientos. No podía haberse equivocado, pero al volver a intentar levantar la derecha, veía elevarse la izquierda, y al levantar la izquierda veía elevarse la derecha.
            Repitió varias veces los movimientos sin comprender como se producían los errores.
            Decidió que no lo comentaría con nadie, y mucho menos con Daniel de quien se había burlado tanto con sus equivocaciones.
            Confundido, se dispuso a acostarse, porque ya era tarde para seguir, y no podía pasar toda la noche tratando de comprender sus increíbles errores.
            Mientras se alejaba del espejo para acostarse, no podía convencerse de que, lo que había aprendido con tanto entusiasmo, lo hubiera olvidado del todo esa noche.
           
                       


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